viernes, 5 de diciembre de 2014

NATURALEZA DE NUESTRO PRINCIPIO PENSANTE

LA CLAVE DE LA TEOSOFÍA

EXPOSICIÓN CLARA EN FORMA DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS DE LA ÉTICA, CIENCIA Y FILOSOFÍA
PARA CUYO ESTUDIO HA SIDO FUNDADA LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

Dedicada por H. P. B.
a todos sus discípulos
para que aprendan y puedan enseñar a su vez.

(Parte 40)

NATURALEZA DE NUESTRO PRINCIPIO PENSANTE DEL MISTERIO DEL EGO
Advierto en la cita que del Catecismo Buddhista hacíais anteriormente, una discrepancia que desearía me explicaseis. Dice aquél que los skandhas. –incluso la memoria– cambian con cada nueva encarnación; y, sin embargo, se nos asegura que el reflejo de las vidas pasadas, que según nos dicen están enteramente integradas por los skandhas, “debe sobrevivir”. En este momento no veo claramente qué es lo que sobrevive, y deseo saberlo. ¿Qué es? ¿Es tan sólo aquel “reflejo”, son esos skandhas, o es siempre el mismo Ego, el Manas?
Acabo de explicar que el principio que reencarna, a lo que llamamos el hombre divino, es indestructible a través de la vida del ciclo: indestructible como entidad que piensa, y hasta como forma etérea. El “reflejo” no es más que el recuerdo espiritualizado, durante el período devachánico, de la ex personalidad del señor A o de la señora B, conque se identifica el Ego mismo durante aquel período. Como este período devachánico no es más que la continuación, por decirlo así, de la vida terrestre; el apogeo en serie continua de los pocos momentos felices de la pasada existencia, el Ego ha de identificarse, él mismo, con la conciencia personal de esa vida, si es que de ésta ha de quedar algo.

Esto significa que el Ego, a pesar de su naturaleza divina, pasa cada período entre dos encarnaciones en un estado de obscuración mental o de extravío pasajero.

Podéis apreciarlo como queráis. Creyendo, como creemos, que fuera de la ÚNICA Realidad, todo lo demás no es más que una ilusión transitoria, incluso el Universo, no lo consideramos como extravío, sino como una consecuencia o desarrollo muy natural de la vida terrestre. ¿Qué es la vida? Un conjunto de experiencias variadísimas, de ideas, emociones y opiniones que se modifican y cambian diariamente. Durante nuestra juventud nos entusiasmamos, generalmente, por un ideal, por algún héroe o heroína que tratamos de imitar y resucitar; unos cuantos años después, cuando la frescura de nuestros sentimientos se ha desvanecido, somos los primeros en reírnos de nuestras fantasías. Y sin embargo hubo un día en que habíamos identificado tan por completo nuestra propia personalidad con la del ideal de nuestra imaginación, sobre todo si se trataba de un ser viviente, que la primera se había sumido y perdido enteramente en la última. ¿Puede decirse de un hombre de 50 años que es el mismo ser que cuando tenía 20? El hombre interno es el mismo, pero la personalidad externa viviente está transformada y cambiada por completo. ¿Llamaríais también extravíos a estos cambios de la mente humana?
¿Cómo los llamaríais vosotros? Y especialmente, ¿cómo explicaríais la permanencia del uno y la mutabilidad de la otra?

Tenemos nuestra doctrina, y para nosotros no ofrece dificultad. La clave está en la doble conciencia de nuestra mente, y también en la doble naturaleza del “principio” mental. Hay una conciencia espiritual, la mente manásica iluminada por la luz de Buddhi, que percibe subjetivamente las abstracciones; y hay una conciencia sensible (la luz manásica inferior), inseparable de nuestro cerebro y los sentidos físicos; y dependiendo a la vez igualmente de ellos, debe, como es natural, desvanecerse y morir al fin, cuando desaparecen el cerebro y los sentidos físicos. Sólo la primera clase de conciencia, cuya raíz nace en la eternidad, es la que sobrevive y vive eternamente, y la que puede, por consiguiente, considerarse inmortal. Todo lo demás son ilusiones pasajeras.
¿Qué entendéis realmente por ilusión en este caso?
Está bien descrito en el estudio sobre el “El Yo Supremo” de que hablábamos hace un momento. Su autor se expresa en los siguientes términos:
“La teoría que examinamos ahora (el cambio de ideas entre el Yo Superior y el yo inferior) se armoniza perfectamente con el concepto de que este mundo en que vivimos es un mundo fenomenal de ilusión, siendo, por otra parte, los planos espirituales de la Naturaleza el mundo monumental o plano de la realidad. Esa región de la Naturaleza en que, por decirlo así, el alma permanente está arraigada, es más real que ésta, en la que sus efímeras flores aparecen por breve espacio de tiempo para marchitarse y morir, mientras recobra la planta nueva energía para dar vida a otra flor. Suponiendo que sólo las flores fuesen perceptibles a los sentidos ordinarios, y que existiesen las raíces en un estado de la Naturaleza intangible e invisible para nosotros, los filósofos que en un mundo semejante adivinasen que existían cosas llamadas raíces en otro plano de existencia, podrían decir de las flores: “Éstas no son las plantas verdaderas; no tienen importancia relativamente; son puros fenómenos ilusorios del momento”.
Esto es lo que quiero decir. El mundo en que brotan las flores transitorias de las vidas personales no es el mundo real permanente, sino aquel en que encontramos la raíz de la conciencia, esa raíz que se halla fuera de toda ilusión y vive en la eternidad.
¿Qué entendéis por la “raíz que vive en la eternidad”?
Me refiero a la entidad inteligente, al Ego que encarna, sea que lo consideremos como un ángel, un espíritu o una fuerza. De todo cuanto conocemos por medio de nuestras percepciones sensibles, sólo lo que nace directamente de aquella raíz invisible superior, o está ligado a la misma, puede participar de su vida inmortal. De ahí que todo pensamiento, idea y aspiración elevados de la personalidad, procedentes de esa raíz y alimentados por ella, ha de convertirse en permanente. En cuanto a la conciencia física, siendo ésta una condición del principio sensible, pero inferior (Kâma–Rûpa o instinto animal, iluminado por el reflejo manásico inferior o Alma humana), debe desaparecer. Lo que manifiesta actividad mientras el cuerpo duerme o está paralizado es la conciencia superior, y nuestra memoria registra sólo de un modo débil e incorrecto, por obrar automáticamente, esas experiencias que a menudo ni siquiera ligeramente quedan impresas en ella.
Pero ¿cómo se explica que Manas, a pesar de que le llamáis Nous, un “Dios”, sea tan débil durante sus encarnaciones, que sea vencido y prisionero de su cuerpo?

Podría contestaros con la misma pregunta y deciros: “¿Cómo es que aquel a quien consideráis como el “Dios de los Dioses” y el único Dios viviente es tan débil que permite al mal (o al Diablo), que pueda vencerlo así como a todas sus criaturas, tanto mientras está en el Cielo como cuando estaba encarnado en la Tierra?” Seguramente me contestaréis que “eso es un misterio, y nos está prohibido indagar los misterios de Dios”. Como a nosotros no nos lo prohíbe nuestra filosofía religiosa, contesto a vuestra pregunta que, excepto en el caso de bajar un dios a la Tierra como Avatar, todo principio divino ha de verse sujeto y paralizado por la turbulenta materia animal. La heterogeneidad siempre vencerá a la homogeneidad sobre este plano de ilusiones; y cuanto más se aproxima una esencia a la homogeneidad primordial que es su principio base, más difícil le es imponerse en la tierra.
Los poderes espirituales y divinos se hallan, dormidos, en todo ser humano; y cuanto más amplia sea su visión espiritual, más poderoso será su Dios interno. Pero pocos son los hombres capaces de sentir a ese Dios. Generalmente, en nuestro pensamiento señalamos límites a la deidad, efecto de nuestros primeros conceptos acerca de la misma, arraigados en nosotros desde la niñez. Por esas razones os resulta tan difícil comprender nuestra filosofía.
¿Y es acaso ese Ego nuestro, nuestro Dios?
De ningún modo. “Un Dios” no es la deidad universal, sino sólo un resplandor del Océano único del Fuego Divino. Nuestro Dios interno o “nuestro Padre en Secreto” es lo que llamamos el “Yo Supremo”, Âtma. El Ego nuestro que se encarna fue un Dios en su origen, como lo fueron todas las emanaciones primitivas del Principio Uno Desconocido.
Pero desde su “caída en la materia”, teniéndose que encarnar a través del ciclo, desde su principio a su fin, ya no es un Dios libre y feliz, sino un pobre peregrino que va a recuperar aquello que ha perdido. Puedo contestaros más detalladamente repitiéndoos lo que se dijo acerca del HOMBRE INTERNO en Isis sin Velo (volumen II, pág. 593, ed. inglesa):
“Desde la más remota antigüedad, la humanidad en conjunto ha estado siempre convencida de la existencia de una entidad personal espiritual dentro del hombre físico. Esta entidad interna era más o menos divina según su proximidad a la corona… Cuanto más íntima es la unión, más apacible y puro es el destino del hombre, menos peligrosas las condiciones externas. Esta creencia no es fanática, ni supersticiosa, sino un sentimiento instintivo, constante, de la proximidad de otro mundo espiritual e invisible, que, aunque subjetivo para los sentidos del hombre exterior, es perfectamente objetivo para el Ego interno. Se creía, además, que existen condiciones externas e internas que afectan a la determinación de nuestra voluntad sobre nuestros actos. Se rechazaba el fatalismo, porque el fatalismo implica la conducta ciega de un poder más ciego aún. Pero se creía en el destino o Karma que el hombre, semejante a la araña, teje hilo por hilo desde que nace hasta que muere, y ese destino está guiado por aquella presencia que algunos llaman el ángel de la guarda, o por nuestro hombre astral interno más íntimo, que demasiado a menudo es el genio del mal para el hombre de carne (o la personalidad). Ambos guían al Hombre, pero uno de los dos ha de prevalecer; y desde el principio mismo de la invisible lucha, la severa e implacable ley de compensación (y retribución) interviene y continúa su curso, siguiendo con fidelidad las fluctuaciones (del conflicto). Concluida la última trama, queda el hombre envuelto en la red que se ha tejido, y entonces se halla enteramente bajo el imperio de ese destino forjado por él mismo. Entonces el destino lo fija, cual concha inerte a la roca inmóvil, o bien lo arrastra como una pluma en el torbellino producido por sus propias acciones.”
Tal es el destino del Hombre, el verdadero Ego, no el Autómata, la CÁSCARA a la que prestan este nombre. De él depende llegar a convertirse en un vencedor de la materia.


martes, 2 de diciembre de 2014

PALABRAS DEFINIDAS PARA COSAS DETERMINADAS


LA CLAVE DE LA TEOSOFÍA

EXPOSICIÓN CLARA EN FORMA DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS DE LA ÉTICA, CIENCIA Y FILOSOFÍA
PARA CUYO ESTUDIO HA SIDO FUNDADA LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

Dedicada por H. P. B.
a todos sus discípulos
para que aprendan y puedan enseñar a su vez.

(Parte 39)

PALABRAS DEFINIDAS PARA COSAS DETERMINADAS
¿No creéis que la confusión de ideas que reina en nuestra mente acerca de las respectivas funciones de los “principios” consiste en que no existen términos fijos y definidos para indicar cada “principio”?
Tal ha sido también mi pensamiento. La confusión ha nacido de que hemos expuesto y discutido esos “principios” empleando sus nombres sánscritos, en vez de inventar inmediatamente sus equivalentes en inglés, para uso de los teósofos. Hemos de tratar de remediar ahora esta falta.
Haréis bien, porque podrá evitarse mayor confusión en adelante. Hasta ahora, me parece que no se encuentran dos escritores teosóficos que estén de acuerdo en dar a un mismo “principio” el mismo nombre.

La confusión, sin embargo, es más aparente que real. He oído a algunos teósofos expresar su sorpresa al hablar de esos “principios” y criticar varios escritos que tratan de los mismos; pero, cuando se los examina detenidamente, el único error que se encuentra es el de emplear la palabra “alma” para comprender tres principios, sin especificar las diferencias. El primero, y sin duda alguna el más claro de nuestros escritores teosóficos, el señor A. P. Sinnett, ha escrito admirablemente algunos pasajes acerca del “Yo Supremo” (Transacciones de la London Lodge de la Sociedad Teosófica, núm. 7, octubre, 1885.), y también ha sido su verdadero pensamiento mal interpretado por algunos, por emplear la palabra “alma” en sentido general. Sin embargo, he aquí algunos trozos que os demostrarán cuán claro y comprensible es todo cuanto escribe sobre este punto:
“El alma humana, una vez lanzada en las corrientes de la evolución como individualidad humana (El “ Ego que se reencarna” o alma humana, como él lo llamaba (el Cuerpo Causal para los vedantinos).), atraviesa por períodos alternados de existencia física y de existencia relativamente espiritual. Pasa desde un plano o condición de la naturaleza a otro, bajo la dirección de sus afinidades kármicas. Viviendo en sus encarnaciones la vida que su Karma le tiene de antemano preparada; modificando su progreso dentro de los límites de las circunstancias, y desarrollando nuevo Karma por medio del uso o abuso de sus oportunidades, vuelve a la existencia espiritual (Devachán), después de cada vida física, pasando por la región intermedia de Kâma–loka, para el descanso y absorción gradual en su esencia, como progreso cósmico de la experiencia de la vida adquirida “sobre la Tierra” o durante la existencia física. Este punto de vista habrá sugerido además muchas inferencias colaterales a cualquiera que haya pensado en este asunto; como por ejemplo, que la transferencia de este progreso de la conciencia, desde el Kâma–loka al período Devachánico, habrá de ser necesariamente gradual (La duración de esta “ transferencia “ depende, sin embargo, del grado de espiritualidad de la ex personalidad del ego desencarnado. Para aquellos cuyas vidas fueron muy espirituales, esa transferencia, aunque gradual, es muy rápida. La duración es mayor tratándose de los que están inclinados a la materia.); que, en realidad, ninguna línea de demarcación separa la variedad de las condiciones espirituales; quehasta los planos espirituales físicos no están tan absolutamente separados uno del otro como pretenden las teorías materialistas, pues lo demuestran las facultades psíquicas de los seres vivientes; que todos los estados de la Naturaleza nos rodean simultáneamente y apelan a facultades perceptivas distintas, y así sucesivamente… Claro está que, durante la existencia física, las personas que poseen facultades psíquicas siguen en relación con los planos de la conciencia superfísica, y aunque muchas pueden carecer de tales facultades, todos somos capaces, como lo demuestran los fenómenos del sueño y especialmente los del sonambulismo o mesmerismo, de entrar en ciertas condiciones de conciencia con las que nada tienen que ver los cinco sentidos físicos. Nosotros, las almas que están en nosotros, no flotamos, por decirlo así, a la ventura sobre el Océano de la materia. Conservamos un interés, o derechos bien marcados, en la costa de la cual nos hemos alejado por algún tiempo; el proceso de la encarnación, por lo tanto, no se describe con toda exactitud cuando hablamos de una existencia alternada sobre los planos físicos y espirituales, y representamos de este modo al alma como una entidad completa que pasa toda ella de un estado de existencia a otro. Las definiciones más correctas del procedimiento representarían probablemente. La encarnación como teniendo lugar en este plano físico de la Naturaleza, por efecto de un efluvio que emana del alma. El reino espiritual siempre sería la verdadera morada del alma, la cual no lo abandonaría jamás por completo; y aquella parte no materializable del alma, que vive permanentemente en el plano espiritual, puede quizá llamarse correctamente el Yo Supremo.”

Este “Yo Supremo” es Âtma, y por supuesto, como dice el señor Sinnett, no es “materializable”. Diré más aún: jamás puede ser en circunstancia alguna “objetivo”, ni
siquiera para la percepción espiritual más elevada. Porque Âtma o el “Yo Supremo”, es en realidad Brahma, el ABSOLUTO, e indistinguible de éste. En los momentos de Samâdhi, la más elevada conciencia espiritual del Iniciado se absorbe por completo en la esenciaÚNICA, que es Âtma, y, por consiguiente formando uno solo con el todo, nada objetivo puede haber para ella. Algunos de nuestros teósofos han tomado la costumbre de emplear
las palabras “Self”, “Yo” y “Ego” como sinónimos, y de asociar el término “SeIf” con el Ego más elevado individual o con el yo personal del h ombre, cuando nunca debiera aplicarse ese término, excepto refiriéndose al Self (Yo) Único y Universal. De ahí la confusión. Hablando de Manas (el “Cuerpo Causal”), podemos llamarlo, cuando lo relacionamos con el resplandor Búddhico, el “Ego Superior”; jamás el “Self o Yo Supremo”. Porque Buddhi mismo, el “alma espiritual”, no es el SELF, sino tan sólo el vehículo del SELF. Todos los demás Selfes (Yoes), como el Self o “Yo Individual” y el Self o Yo “personal”, jamás debieron pronunciarse o escribirse sin sus adjetivos calificativos y característicos.
En ese excelente escrito sobre el “Yo Supremo” se aplica este término al SEXTO principio o Buddhi (en unión, por supuesto, con Manas, ya que sin esa unión no habría principio o elemento pensante en el alma espiritual); y esto ha dado lugar a errores. El declarar que “no adquiere un niño su sexto principio –o que no se convierte en un ser moralmente responsable capaz de engendrar Karma– hasta la edad de siete años”, prueba lo que se quiso decir con la expresión “Higher Self” (Yo Supremo). El distinguido autor queda, por lo tanto, perfectamente justificado cuando explica que después que lo que él llama YoSupremo ha encarnado en el ser humano y ha saturado la personalidad (en los seres más refinados) con su conciencia, “pueden las personas  dotadas de facultades psíquicas percibir ese Yo Supremo de vez en cuando, por medio de sus sentidos interno más exquisitos”.
Pero también están “justificados” los que no lo comprenden porque limitan el término Yo Supremo al Principio Divino Universal. Porque cuando, sin estar bien preparados para esta confusión de términos metafísicos, leemos  (“Confusión de términos metafísicos” se aplica aquí únicamente al cambio de equivalentes, traducidos de las expresiones Orientales; hasta hoy día jamás han existido semejantes términos en inglés, por lo que cada teósofo ha tenido que crear sus propios términos para expresar su idea. Ya es tiempo, por lo tanto, de fijar una nomenclatura definitiva.) que mientras “el Yo Supremo se manifiesta por completo en el plano físico, continúa siendo un Ego espiritual consciente en el correspondiente plano de la Naturaleza, nos inclinamos a ver en el Yo Supremo” de esa frase a “Âtma”; y a “Manas”, o mejor dicho, a Buddhi–Manas, en el citado “Ego espiritual”. En consecuencia, podemos tachar de incorrecto todo ello.
Para evitar en adelante esos errores, mi idea es traducir literalmente los equivalentes de los términos ocultos orientales, y proponer que se empleen en lo sucesivo.

El Yo Supremo
es Âtma, el rayo inseparable del YO UNO y Universal. Es el Dios que está por encima más bien que dentro de nosotros. ¡Feliz el hombre que logra saturar de él su Ego Interno!

              El Ego Espiritual divino

es El alma Espiritual o Buddhi, íntimamente unida con Manas, el principio de la mente, sin el cual no es Ego alguno, sino puramente el Vehículo Âtmico.


 El Ego Interno o Yo Superior

es Manas, el “quinto” principio, así llamado independientemente de Buddhi. El Principio de la Mente solo es el Ego Espiritual cuando se ha hecho uno con Buddhi; y no se le supone a ningún materialista semejante Ego, por grandes que sean sus capacidades intelectuales. Es la Individualidad permanente o “Ego que se reencarna.”


El Ego Inferior o Yo Personal
es El hombre físico en unión con su yo inferior, es decir, los instintos animales, las pasiones, los deseos, etc. Es llamado la “falsa personalidad”, y se compone del Manas inferior, combinado con Kâma–Rûpa, que obra por medio del cuerpo físico y su fantasma o doble.

El “principio” restante, Pranâ o la “Vida”, es, estrictamente hablando, la fuerza radiante o energía de Âtma –considerado como la Vida Universal y YO ÚNICO–, su aspecto inferior, o mejor dicho, en sus efectos, más físico, porque, en su aspecto manifestado, Pranâ o la Vida compenetra el ser entero del Universo objetivo; y es llamado “ principio” sólo porque es un factor indispensable, y el deus ex machina del hombre viviente.
Esta división tan simplificada en sus combinaciones, creo responderá mejor a la idea; la otra es demasiado metafísica.
Si tanto los profanos como los teósofos quisiesen aceptarla, resultaría, ciertamente, mucho más fácil de comprender.




LO QUE SIGNIFICA EN REALIDAD EL ANIQUILAMIENTO

LA CLAVE DE LA TEOSOFÍA

EXPOSICIÓN CLARA EN FORMA DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS DE LA ÉTICA, CIENCIA Y FILOSOFÍA
PARA CUYO ESTUDIO HA SIDO FUNDADA LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

Dedicada por H. P. B.
a todos sus discípulos
para que aprendan y puedan enseñar a su vez.

(Parte 38)

LO QUE SIGNIFICA EN REALIDAD EL
ANIQUILAMIENTO
He oído a algunos Teósofos hablar de un hilo dorado, en el cual están enhebradas sus vidas. ¿Qué quieren decir con esto?

Dicen los libros sagrados hindúes que lo que está sujeto a la encarnación periódica es el Sutrâtmâ, que significa literalmente el “Alma Hilo”. Es un sinónimo del Ego que se reencarna (Manas unido a Buddhi), que absorbe los recuerdos manásicos de todas nuestras vidas anteriores. Se lo llama así porque del mismo modo que las perlas en un hilo, así están ensartadas en aquel hilo las largas series de vidas humanas. En algunos Upanishad, esos renacimientos repetidos son comparados a la vida de un mortal, que oscila periódicamente entre el sueño y la vigilia.
Debo decir que no me parece esto muy claro, y voy a explicaros por qué. Para el hombre que se despierta, comienza otro día; mas ese hombre es en cuerpo y alma el mismo que el día anterior;  mientras que en cada encarnación tiene lugar un cambio completo, no sólo en la envoltura externa, sexo y personalidad, sino en las capacidades mentales y  psíquicas. No me parece muy correcta la comparación. El hombre que se despierta, recuerda claramente lo que hizo la víspera, la antevíspera y hasta meses y años antes. Pero ninguno de nosotros guarda el menor recuerdo de una vida anterior o de cualquier hecho o acontecimiento relacionado con ella… Puedo olvidar por la mañana lo que he soñado durante la noche; pero, sin embargo, sé que he dormido y tengo la seguridad de que he vivido mientras dormía. ¿Pero qué recuerdo puedo tener de mi encarnación pasada, hasta el momento de la muerte? ¿Cómo conciliáis esto?
Algunas personas se acuerdan durante la vida de sus pasadas encarnaciones; pero estas personas son Buddhas e Iniciados. Es lo que los yoguis llaman sammasambuddha, o conocimiento de las series enteras de las propias encarnaciones pasadas.

Pero ¿cómo podremos nosotros, el común de los mortales, que no hemos alcanzado el sammasambuddha, comprender ese caso?

Estudiándolo y tratando de comprender más exactamente el carácter del sueño y las tres clases del mismo. Tanto para el hombre como para el animal, el sueño es una ley general e inmutable; pero existen distintas clases de sueño, y ensueños y visiones aún más diferenciadas.
Esto nos aparta de nuestro presente objeto. Volvamos al materialista, que aunque no niega los sueños, porque difícilmente podría hacerlo, rechaza, sin embargo, la inmortalidad en general y la
supervivencia de su propia individualidad.

Y tiene razón el materialista, aunque sin darse cuenta de ello. Para aquel que no tiene la percepción interna, la fe en la inmortalidad de su alma, jamás podrá ésta convertirse en Buddhi–Taijasa. Seguirá siendo Manas simplemente y para Manas solo no hay inmortalidad posible. Para poder vivir conscientemente en el mundo futuro ha de creer uno primeramente en aquella vida durante la existencia terrestre. Toda la filosofía relativa a la conciencia e inmortalidad post mortem del alma está basada en esos dos aforismos de la Ciencia Secreta. Siempre es pagado el Ego según sus merecimientos. Empieza para él, después de la disolución del cuerpo un período de completa conciencia, un estado de caóticos ensueños o un sueño enteramente libre de ensueños, semejante al aniquilamiento; y éstas son las tres clases del sueño. Si  hallan nuestros fisiólogos la causa de los ensueños y de las visiones en la preparación inconsciente de los mismos durante la vigilia, ¿por qué no se habría de admitir lo mismo respecto a los ensueños post mortem? Lo repito: la muerte es un sueño. Después de la muerte empieza a tener lugar ante los ojos espirituales del alma una representación correspondiente al programa aprendido y que con mucha frecuencia ha sido compuesto por nosotros mismos: la realización práctica de las creencias correctas o de las ilusiones que fueron creadas por nosotros. El Metodista será Metodista; el Musulmán será Musulmán, por algún tiempo al menos, en un paraíso de insensatos,  creado según el gusto de cada cual. Tales son los frutos post mortem del árbol de la vida. Nuestra creencia o incredulidad del hecho de la inmortalidad consciente es incapaz, naturalmente, de ejercer influencia alguna sobre la realidad incondicionada del hecho en sí, puesto que existe; pero la creencia o incredulidad en aquella inmortalidad como propiedad de entidades independientes o separadas no puede dejar de prestar color a aquel hecho, en su aplicación a cada una de esas entidades.
¿Empezáis ahora a entenderlo?
Creo que sí. Rechazando el materialista todo aquello que no puede serle probado por medio de sus cinco sentidos, o por el razonamiento científico, basado exclusivamente en los datos que le pueden proporcionar esos sentidos, a pesar de su insuficiencia, y no admitiendo manifestación espiritual alguna, acepta la vida como la única existencia consciente. Por lo tanto, su vida futura corresponderá a sus creencias. Perderá su Ego personal y se sumergirá en un sueño vacío, hasta un nuevo despertar. ¿No es esto?
Casi. Tened presente la doctrina verdaderamente universal de las dos clases de existencia consciente: la terrestre y la espiritual. Por el hecho de ser esta última habitada por la Mónada eterna, inmutable e inmortal, debe considerarse como real; mientras que el Ego que encarna se reviste de vestiduras enteramente diferentes de aquellas que en sus encarnaciones anteriores llevara, y en las que, a excepción de su prototipo espiritual, todo está sometido a un cambio tan radical, que no deja rastro alguno.

¿Cómo es esto? ¿Puede perecer mi “Yo” consciente terrestre no sólo por un  tiempo limitado, como la conciencia del materialista, sino tan completamente, que no quede rastro alguno del mismo?

Según nos enseña la doctrina, debe perecer por completo excepto el principio que, habiéndose unido a la Mónada, se ha convertido en esencia espiritual, pura e indestructible, no formando con ella más que uno en la Eternidad. Pero tratándose de un materialista absoluto, en cuyo “yo” personal jamás se ha reflejado Buddhi alguno, ¿cómo ha de llevar este último siquiera una partícula de aquella personalidad terrestre a la Eternidad?
El “yo” espiritual es inmortal, mas sólo puede conducir a la Eternidad aquella parte del yo actual que se ha hecho digna de la inmortalidad, esto es, sólo el aroma de la flor tronchada por la muerte.
Corriente. ¿Pero y la flor o el “yo” terrestre?
La flor, como todas las flores pasadas y futuras que han brotado y brotarán en la rama madre (el Sutrâtmâ), hijas todas de un mismo tronco o Buddhi se convertirá en polvo. Vuestro presente “Yo” no es, como sabéis, el cuerpo que está en este momento delante de mí, ni aun lo que yo llamaría Manas–Sutratma, sino Sutratma–Buddhi.
Pero esto de ninguna manera me explica por qué llamáis inmortal, infinita y real a la vida que sucede a la muerte, y mero fantasma o ilusión a la vida terrestre, puesto que hasta esa vida post mortem es limitada, aunque sean sus límites mucho más amplios que los de la vida terrestre.

Sin duda. El Ego espiritual del hombre se mueve en la eternidad como un péndulo, entre las horas del nacimiento y de la muerte. Pero si bien esas horas marcan los pe- ríodos de la vida terrestre y de la vida espiritual, son limitadas en su duración, y el número mismo de aquellos períodos en la Eternidad, entre el sueño y el despertar, la ilusión y la realidad, tiene su principio y su fin, por otra parte, el peregrino espiritual es eterno. Así que las horas de su vida post mortem, en nuestro concepto, son la única realidad, cuando, desencarnado, se encuentre frente a frente con la verdad y no con las apariencias falaces de sus existencias transitorias terrestres (durante el período de peregrinación que llamamos “el ciclo de renacimientos”). Tales intervalos, a pesar de su limitación, no impiden al Ego continuar perfeccionándose siempre, aunque gradual y lentamente, sin desviarse del camino que conduce a su última transformación, en que el Ego, habiendo alcanzado su objetivo, se convierte en un ser divino. Estos intervalos y etapas ayudan a conseguir el resultado final, en vez de retardarlo; y sin ellos jamás podría el Ego divino alcanzar su meta. Ya me he servido antes de un ejemplo familiar, al comparar el Ego a la individualidad de un actor y sus numerosas y distintas encarnaciones, a los papeles que representa. ¿Consideraríais esos papeles o los trajes apropiados a los mismos como formando la individualidad del actor? El Ego, del mismo modo que el actor, está obligado, durante el ciclo de necesidad, a representar, hasta llegar al umbral de Paranirvâna, muchos papeles que pueden disgustarlo ymolestarlo. Pero así como la abeja recoge la miel de cada flor, dejando lo demás para alimento de los gusanos de la tierra, de igual modo obra nuestra individualidad espiritual, ya la llamemos Sutrâtmâ o Ego. Recogiendo de cada personalidad terrestre, en que Karma lo obliga a reencarnarse, sólo el néctar de las cualidades espirituales, y la propia conciencia, forma de todas ellas un todo, y surge de su crisálida como Dhyân Chohan glorificado. Tanto peor para aquellas personalidades terrestres de las que nada haya podido recoger.
Semejantes personalidades no pueden, de seguro, sobrevivir conscientemente a su existencia terrestre.
Según se desprende de lo que decís, para la personalidad terrestre es condicional la inmortalidad. ¿No es la inmortalidad por sí misma incondicional?

De ningún modo. Mas no puede la inmortalidad alcanzar a lo no existente: para todo lo que existe como SAT, o emana de SAT, la inmortalidad y la Eternidad son absolutas. La materia es el polo opuesto del espíritu, y, sin embargo, ambos no forman más que uno. La esencia de todo esto, es decir, el Espíritu, la Fuerza y la Materia, o sea los tres en uno, no tiene fin, como tampoco tiene principio; pero la forma adquirida por esta triple unidad durante sus encarnaciones, su exterioridad, no es, seguramente, más que la ilusión de nuestras concepciones personales. Llamamos solamente realidad, por lo tanto, al Nirvana y a la vida Universal, relegando la vida terrestre, incluso su terrena personalidad, y hasta su existencia   devachánica, al fantasmagórico reino de la ilusión.
¿Por qué, entonces, llamar en este caso realidad al sueño e ilusión al estado de vigilia?
Es simplemente una comparación, con el objeto de facilitar la comprensión del asunto, y, desde el punto de vista de los conceptos terrestres, es muy correcta.
No puedo comprender aún; pues si está basada la vida futura en la justicia y la retribución merecida por todos nuestros sufrimientos terrestres, ¿cómo es que al tratarse de los materialistas, entre los cuales se cuentan muchos hombres realmente honrados y caritativos, no ha de quedar nada de su personalidad, excepto el residuo o desecho de la flor  marchita?
Jamás se ha dicho cosa semejante. Ningún materialista, por incrédulo que sea, puede morir para siempre, en la plenitud de su individualidad espiritual. Lo que se ha dicho es que, en el caso de un materialista, la conciencia puede desaparecer completa o parcialmente, de manera que no sobrevivan restos conscientes de su personalidad.


¡Pero esto es el aniquilamiento!
De ningún modo. Puede uno, durante un largo viaje en ferrocarril, quedarse profundamente dormido y dejar pasar varias estaciones, sin el más ligero recuerdo o conciencia de ello; despertar luego en otra estación y  continuar el viaje, pasando por innumerables puntos de paradas, hasta llegar por fin a su término. Os he hablado de tres clases de sueño: el sueño sin ensueños, el caótico y el sueño tan real que al hombre dormido le parecen sus ensueños realidades completas. Si creéis en el último, ¿por qué no podéis creer en el primero? Según la creencia que haya tenido el hombre respecto a la vida futura, y lo que de la misma haya esperado, será lo que le aguarda. Aquel que no haya esperado vida futura alguna, hallará un vacío absoluto, semejante al aniquilamiento, en el intervalo que media entre los dos renacimientos. Éste es, precisamente el cumplimiento del programa de que hablamos; programa trazado por los mismos materialistas. Mas, como decís muy bien, existen varias clases de materialistas. Un hombre egoísta y perverso, que jamás haya vertido una lágrima por nadie, sino por sí mismo, uniendo a su incredulidad una indiferencia completa por el mundo entero, debe, a las puertas de la muerte, perder para siempre su personalidad. Careciendo esa personalidad de lazos de simpatía que la unieran al mundo que la rodeaba, y sin nada, por tanto, que dar al Sutrâtmâ, resulta que toda relación entre ambos queda rota con el último suspiro. No existiendo Devachán alguno para un materialista de esta especie, se reencarnará el Sutrâtmâ casi inmediatamente. Pero los materialistas que, a excepción de su incredulidad, en nada hayan faltado, sólo dejarán pasar una estación durante su sueño, y vendrá el tiempo en que el ex materialista se reconocerá a sí mismo en la Eternidad, y en que se arrepentirá quizás de haber perdido un solo día, una sola estación de la vida eterna.
¿No sería, sin embargo, más correcto decir que la muerte es el nacimiento a una nueva vida o un nuevo regreso a la eternidad?

Podéis decirlo así, si os agrada. Tened en cuenta, solamente, que los nacimientos difieren; y que hay nacimientos de seres que mueren al nacer y son fracasos de la Naturaleza. Además, en vuestras ideas fijas occidentales sobre la vida material, las palabras “ser” y “viviente” son enteramente inaplicables al puro estado subjetivo de la existencia post mortem. Precisamente porque los filósofos, excepto algunos pocos no leídos por la mayoría de las personas, se ven ellos mismos desconcertados para poder trazar un cuadro claro y formal de ello, y precisamente porque vuestras ideas occidentales acerca de la vida y de la muerte se han hecho tan estrechas y mezquinas, es por lo que os veis conducidos al materialismo craso, por una parte, y por otra al concepto más material aún de la otra vida, formulado por los espiritistas en su “País de estío” (Summer–land), donde las almas de los hombres comen, beben, se casan y viven en un paraíso tan sensual como el de Mahoma, y aun menos filosófico. Tampoco son mejores la generalidad de los conceptos de los Cristianos sin cultura, sino más materiales aún si cabe; pues con sus ángeles incompletos, sus trompetas de metal, sus arpas doradas y su fuego material del infierno, se parece el cielo Cristiano a una escena de magia en una pantomima de Navidad. La causa de la dificultad que encontráis en comprender estas ideas consiste en esos conceptos mezquinos.
Justamente porque la vida del alma desencarnada, aunque posee toda la lucidez de lo real, como sucede en ciertos sueños, carece de toda forma, rosera objetiva de la vida terrestre, es por lo que la han comparado los filósofos orientales a las visiones durante el sueño.