domingo, 21 de septiembre de 2014

LOS CUERPOS ASTRALES o DOPPELGANGERS (1ra. Parte)

LOS CUERPOS ASTRALES o
DOPPELGANGERS
(1ra. Parte)

PREG. Existe una gran confusión en las opiniones de la gente sobre los distintos tipos de apariciones, fantasmas, espectros o espíritus. ¿No deberíamos explicar de una vez para siempre el significado de estos términos? Usted dice que hay varios tipos de dobles. ¿Cuáles son?

RESP. Nuestra Filosofía Oculta nos enseña que hay tres clases de dobles, utilizando esta palabra en su sentido más amplio.
Primero el hombre posee un doble, acertadamente llamado sombra, alrededor del cual se construye el cuerpo físico del feto, el futuro hombre. La imaginación de la madre, o un accidente que afecte al niño, afectarán también al cuerpo astral. El cuerpo físico y el astral existen antes de que la mente se ponga en acción y antes de que despierte Âtma. Esto ocurre cuando el niño tiene siete años, y con ello llega la responsabilidad inherente a un ser sensible y consciente.
Este doble nace con el hombre, muere con él y nunca puede separarse mucho del cuerpo durante la vida; y aunque sobrevive a éste, se desintegra a un ritmo parecido al del cuerpo.
Esto es lo que, bajo determinadas condiciones atmosféricas, se ha visto algunas veces sobre las tumbas como la figura luminosa del hombre fallecido. En su aspecto físico corresponde, durante la vida, al “doble vital”, del hombre, y después de la muerte, únicamente a los gases emitidos por el cuerpo en proceso de putrefacción. Pero por lo que se refiere a su origen y esencia, es algo más que eso. Este doble es lo que hemos convenido en denominar Linga–Sharîra(este nombre fue sustituido posteriormente por cuerpo astral, para darle un significado mas exacto), pero que yo propondría llamar, para ser más expresivos, “cuerpo plástico” o “proteico”.

PREG. –¿Por qué proteico o plástico?

RESP. Proteico porque puede asumir todas las formas; por ejemplo la de los “brujos pastores”, a quienes el rumor popular acusa, quizás no exento de alguna razón, de ser “hombres–lobo” y “médiums de salón” cuyos cuerpos plásticos hacen el papel de abuelas materializadas y “John Kings”. Si fuese de otra manera, ¿por qué la costumbre invariable de los “queridos difuntos” de sobresalir del médium poco más que la longitud de un brazo, tanto si está en trance como si no? No niego de ninguna manera influencias exteriores en este tipo de fenómenos. Pero sí afirmo que las interferencias exteriores son raras, y que la forma materializada es siempre la del cuerpo astral o proteico del médium.

PREG. – ¿Cómo se crea ese cuerpo astral?

RESP. No es creado; como ya le dije, crece con el hombre y existe en estado rudimentario aun antes del nacimiento del niño.

PREG. – ¿Cuál es el segundo doble?

RESP. El segundo doble es el “cuerpo mental”, o mejor dicho “cuerpo de sueño”, conocido entre los ocultistas como Mâyâvi–rûpa o “cuerpo de ilusión”. Esta imagen es en vida el vehículo tanto del pensamiento como de las pasiones y deseos animales, extraídos simultáneamente del manas inferior (mente terrestre) y de Kâma (el elemento de deseo).
Es dual en su potencialidad, y después de la muerte forma lo que en Oriente se llama Bhût o Kâma–Rûpa, también conocido como “espectro”.

PREG. – ¿Y el tercer doble?

RESP. El tercer doble es el verdadero “Yo”, llamado en Oriente con un nombre que significa “cuerpo causal”, pero que en las escuelas transhimaláyicas es denominado siempre “cuerpo kármico”, lo cual es lo mismo. Pues Karma –o acción– es la causa que produce los incesantes renacimientos o reencarnaciones. No es la Mónada, ni es Manas propiamente dicho; pero sí está, de alguna manera, indisolublemente unido –y compuesto de ambos– a la Mónada y a Manas en el Devachán.

PREG. –¿Hay entonces tres dobles?

RESP. Si se considera a la Trinidad cristiana y a otras Trinidades como “tres Dioses”, entonces hay tres dobles.
Pero en realidad sólo hay uno bajo tres aspectos o fases:
-la parte más material que desaparece con el cuerpo;
-la intermedia que sobrevive como entidad a la vez independiente y temporal en la región de las sombras;
-y la tercera, inmortal durante el Manvantara (Es un período de manifestación del Universo, opuesto al Pralaya (reposo o disolución). Este término se aplica a varios ciclos, especialmente a un Día de Brahmâ, es decir, 4.320.000.000 de años solares; pero también al reinado de un Manú: 306.720.000 años. Literalmente significa “período entre dos Manús”. Puede consultar esto en el libro: El Glosario Teosófico), a menos que el Nirvana le ponga antes fin.

PREG. Pero, ¿se nos podrá preguntar sobre la diferencia que existe entre el Mâyâvi y el Kâmâ–rûpa, o como usted propone llamarlos: el “cuerpo de sueño” y el “espectro”?

RESP. Desde luego que sí, y responderemos, además de lo expuesto,
que el “poder de pensamiento”, o aspecto del Mâyâvi o “cuerpo de ilusión”, se fusiona después de la muerte enteramente en el cuerpo causal, el conciente y el Yo pensante.

Los elementos animales, o el poder de deseo del “cuerpo de sueño”, absorbiendo después de la muerte todo lo que éste ha acumulado (por medio de su insaciable deseo de “vivir”) durante la vida (esto es, toda la vitalidad astral, así como todas las impresiones de sus actos y pensamientos materiales mientras vivía en posesión del cuerpo), forman el “espectro” o Kâma–Rûpa. Todo filósofo esoterista sabe que después de la muerte el Manas superior y la Mónada se unen y pasan al Devachan, mientras que los residuos del manas inferior o mente animal van a formar el “espectro”. Este tiene vida propia pero casi ninguna conciencia, excepto cuando es atraído en la corriente de poder de un médium.

PREG. ¿Es eso todo lo que se puede decir sobre el tema?

RESP. De momento ya hemos hablado suficiente de metafísica. Ocupémonos del doble en su etapa terrenal. ¿Qué le interesaría saber?

PREG. En todos los países del mundo se cree, de un modo u otro, en el doble o doppelgänger. Su forma más simple es la aparición del fantasma de un hombre a su amigo más querido en el momento después de fallecer o en el instante mismo de la muerte. ¿Es esta aparición el Mâyâvi–rûpa?

RESP. Sí, pues es producto del pensamiento del moribundo.

PREG. – ¿Es inconsciente?

RESP. Es inconsciente hasta el punto de que el moribundo generalmente lo produce sin saberlo, y ni siquiera es conciente de que aparezca así. A continuación exponemos lo que sucede. Si él, en el momento de la muerte, piensa intensamente en la persona que ansiosamente quiere ver o que más ama, se le aparecerá a ésta.
El pensamiento se hace objetivo, y el doble o la sombra del hombre no es más que una fiel reproducción de él mismo, como una imagen reflejada en un espejo: lo que el hombre hace, aun mentalmente, es lo que repite el doble.

Es por esto que los fantasmas suelen ser vistos en tales casos con la ropa que vestían en ese momento particular, y la imagen reproduce incluso la expresión del rostro del difunto. Si se viera el doble de un hombre tomando un baño, parecería estar inmerso en agua; así, cuando un hombre que ha perecido ahogado se le aparece a su amigo, se verá su imagen chorreando agua.
La causa de la aparición puede ser también inversa. La persona moribunda puede no estar pensando en absoluto en la persona a la que se le aparece su imagen, sino que es esta última quien puede ser susceptible de que esto ocurra.
O quizás porque su simpatía o su odio hacia el individuo cuyo fantasma ha sido así evocado es muy intenso física y psíquicamente. Y en este caso ha sido creada la aparición por el pensamiento y depende de la intensidad del mismo.

Lo que sucede es esto. Llamemos al hombre que está a punto de morir “A”, y al que ve el doble, “B”. Debido al amor, al odio, o al miedo, tiene este último tan profundamente impresa la imagen de “A” en su memoria psíquica, que se establece una verdadera atracción o repulsión magnética entre los dos, tanto si uno de los dos lo sabe y lo siente, como si no. Cuando “A” muere, el sexto sentido o la inteligencia espiritual psíquica del hombre interno en “B” se da cuenta del cambio sufrido por “A”, y en el acto informa a los sentidos físicos, proyectando ante sus ojos la forma de “A” tal como era en el momento de ese gran cambio.

Lo mismo sucede cuando el moribundo anhela ver a alguien: su pensamiento telegrafía a su amigo, conciente o inconscientemente, mediante el cable de la simpatía, y se hace objetivo. Esto es lo que la «Spookical» Research Society llamaría pomposamente –pero sin embargo de manera confusa– “impacto telepático”.


(tomado del libro: Estudios Ocultistas)

jueves, 18 de septiembre de 2014

LA COMPASION, BASE DE LA FELICIDAD HUMANA.

LA COMPASION,
BASE DE LA FELICIDAD HUMANA.

Aunque resulte difícil de justificar, todo ser humano posee un sentido innato del yo, así como el deseo connatural de alcanzar la felicidad y superar el sufrimiento. En otras palabras, la vida del hombre está regida por el derecho natural de conseguir la mayor felicidad posible y, en consecuencia, el derecho natural de vencer el sufrimiento.
La historia de la humanidad se ha desarrollado sobre las bases de este sentimiento. De hecho, este sentimiento no está limitado ni es exclusivo a los seres humanos; desde el punto de vista del budismo, incluso el más pequeño de los insectos lo posee y, en función de sus capacidades, trata de alcanzar cierto grado de felicidad y evitar situaciones adversas.
Sin embargo, entre los seres humanos y las otras especies animales hay una diferencia de grado: la inteligencia humana. En efecto, gracias a esta estamos mucho más avanzados y poseemos una mayor capacidad. Solo nosotros podemos pensar el futuro y proyectarnos en el, solo nuestra memoria es lo suficientemente poderosa para retroceder en el pasado. Más aun, tenemos tradiciones orales y escritas que nos permiten rememorar acontecimientos ocurridos hace siglos e incluso, gracias a los métodos científicos actuales, millones de años atrás.
No cabe duda de que nuestro intelecto nos convierte en seres muy inteligentes, pero a la vez, y precisamente debido a ello, en los seres que albergan más dudas, recelos y temores. La sensación de miedo esta mucho más desarrollada en los humanos que en otros animales. Además, la mayoría de los conflictos familiares, por no mencionar los conflictos dentro de las comunidades y entre naciones, así como los conflictos internos de cada individuo, emergen como consecuencia de las diferentes ideas y puntos de vista que nuestra inteligencia nos proporciona. Así pues, desafortunadamente la inteligencia puede ser la causa de los estados de infelicidad mental y, por tanto, una de las fuentes de la miseria humana, aunque a su vez es la única herramienta útil para superar estos conflictos y diferencias.
Desde esta perspectiva, es innegable que los seres humanos somos la especie animal que más problemas genera. Si la vida humana se extinguiera el planeta estaría a salvo. A decir verdad, millones de peces, gallinas y otros animales disfrutarían de cierta clase de liberación.
Sin embargo, es importante utilizar la inteligencia de forma constructiva. Esta es la clave. Si utilizáramos su capacidad adecuadamente, perjudicaríamos menos a nuestra propia especie y al    resto del planeta y, por supuesto, seriamos mucho más felices. Utilizar nuestra inteligencia correcta o incorrectamente está en nuestras manos. Pero, como podemos aprender a usarla constructivamente?  En primer lugar, reconociendo nuestra naturaleza y albergando la determinación de que todavía hay una posibilidad real de transformar el corazón humano.
En base a estos presupuestos iniciales, hablaré hoy de como el ser humano puede encontrar la felicidad como individuo, ya que, en mi opinión, este es la clave de la totalidad. A pesar de los cambios que puedan advertirse en una comunidad, la iniciativa debe proceder del individuo. Si este puede convertirse en una buena persona, tranquila y pacífica, su cambio generará automáticamente una atmosfera positiva en quienes le rodean. Cuando los padres son afectuosos y apacibles, los hijos tienden a manifestar la misma actitud y a desarrollar el mismo tipo de comportamiento.
Dado que nuestra actitud como seres humanos a menudo se ve afectada por factores externos, eliminar los problemas que nos rodean constituye una cuestión primordial. El entorno, es decir la situación que nos rodea, es un factor muy importante para alcanzar un estado de ánimo favorable y feliz. Sin embargo, el elemento fundamental, y que complementa al anterior, es nuestra propia disposición o actitud mental.
La situación ambiental puede no ser favorable, puede incluso ser hostil, pero si nuestra actitud mental es la correcta, no afectará nuestra paz interior. Por el contrario, si nuestra disposición mental no es la adecuada, a pesar de estar rodeados por nuestros mejores amigos y contar con las mejores facilidades, nunca seremos felices. Esta es la razón por la que la actitud mental es más importante que las condiciones externas. Sin embargo, la mayoría de la gente parece más preocupada por las condiciones externas que por su propia disposición mental. En este sentido, mi propuesta es que deberíamos prestar mas atención a nuestras cualidades interiores.
En efecto, aunque hay un gran número de cualidades que pueden proporcionarnos la paz mental, desde mi humilde experiencia creo que las más importantes son la compasión y el afecto humanos, es decir, el sentido connatural a nuestra especie de ser humanitarios.
Permítanme explicar a que me refiero con la palabra «compasión». En general, nuestro concepto de compasión o amor engloba los sentimientos de intimidad que tenemos respecto a nuestros amigos y personas amadas. Sin embargo, en ocasiones el significado de «compasión» se confunde con el de «piedad». Nada más lejos de la realidad. Cualquier sentimiento de amor o de compasión que entrañe menospreciar al otro, sentir lástima por él, no es genuina compasión. Para que sea autentica, la compasión tiene que basarse en el respeto por el otro y en la convicción de que los demás tienen el mismo derecho de ser felices y superar el sufrimiento que nosotros. Solo si somos capaces de advertir el sufrimiento de los demás podremos desarrollar un autentico sentido de la compasión.
Respecto a la proximidad o intimidad que sentimos hacia nuestros amigos, normalmente confundimos el apego por la compasión hacia los demás. El sentimiento de compasión genuino debería ser imparcial y ecuánime. Si solo nos sentimos unidos a nuestros amigos y no a nuestros enemigos, o al resto de personas que no conocemos personalmente y nos son indiferentes, nuestra compasión es solo parcial y subjetiva.
Como he mencionado, la compasión genuina se basa en el reconocimiento de que los demás tienen el mismo derecho que nosotros a la felicidad y, por consiguiente, nuestros enemigos, en tanto que seres humanos, también. Así pues, ese sentimiento de preocupación, de compasión, debemos sentirlo por todo el mundo, independientemente de si la actitud de la persona hacia nosotros es hostil o amigable.
Esta clase de compasión conlleva el sentido de la responsabilidad. Cuando desarrollamos este tipo de motivación, la confianza en nosotros mismos aumenta y nuestros temores disminuyen, lo que favorece nuestra determinación. Si desde el principio estamos decididos a llevar a cabo una tarea difícil, aunque no lo consigamos en un primer, segundo o tercer intento, no debemos cejar en el empeño. Este tipo de actitud optimista y determinada es la clave del éxito.
La compasión también nos proporciona fuerza interior. Cuando se experimenta dicho sentimiento se abre en nosotros una puerta interior a través de la cual podemos comunicarnos, fácil y sinceramente, con el resto de los seres humanos, e incluso con otros seres sensibles. Sin embargo, si sentimos odio y rencor hacia los demás, el sentimiento será mutuo y, en consecuencia, el temor y las sospechas levantarán un muro que dificultará la comunicación con los demás. La soledad y el aislamiento invadirán nuestro espíritu y, aunque no todos los miembros de nuestra comunidad experimenten sentimientos negativos hacia nosotros, seremos juzgados negativamente a consecuencia de nuestros propios sentimientos.
Si albergamos sentimientos negativos hacia los demás y a pesar de ello esperamos que nos traten amigablemente, estamos siendo muy ilógicos. Si lo que deseamos es que nuestro entorno sea más cordial, debemos ser los primeros en asentar las bases para conseguirlo. Independientemente de si la respuesta de los demás es positiva o negativa, nosotros hemos de sembrar la semilla de la simpatía. Si después de hacerlo la respuesta que recibimos sigue siendo negativa, tenemos pleno derecho a actuar en consecuencia.
Personalmente, siempre trato de sembrar simpatía entre las personas. Cuando conozco a alguien no necesito presentaciones previas, ya que la persona en cuestión es otro ser humano. Quizá en un futuro próximo los avances tecnológicos puedan hacerme confundir un robot con un ser humano, pero hasta la fecha nunca me ha ocurrido. Cuando contemplo una amplia sonrisa y unos ojos que me miran, reconozco que dicha persona es un ser humano. En este sentido, salvo por el color de la piel, tanto emocional como físicamente somos iguales. Que los occidentales tengan el cabello rubio, azul o blanco no tiene importancia. Lo importante es que a nivel emocional somos exactamente iguales. Albergando dicha convicción, cuando conozco a una persona sé que me hallo frente a un hermano y me acerco a él espontáneamente. En la mayoría de los casos, la respuesta de la otra persona es mimética y se convierte en un amigo. He de reconocer que a veces me equivoco, pero dado el caso tengo plena libertad de reaccionar de acuerdo con las circunstancias.
Por consiguiente, deberíamos acercarnos a los demás abiertamente, siendo conscientes de que toda persona es un ser humano como nosotros.
La compasión crea una atmosfera positiva y, en consecuencia, nos sentimos satisfechos y tranquilos. Donde vive una persona compasiva siempre se respira una atmosfera agradable. Incluso los perros y pájaros se acercan a la persona sin titubear. Hace casi cincuenta años solía tener pájaros en el palacio de verano Norbulingka, en Lhasa. Entre ellos había un pequeño loro. Por aquel tiempo tenía un ayudante entrado en años de apariencia poco agradable (la expresión de su mirada era adusta y severa) que alimentaba diariamente al loro con frutos secos. Puede resultar extraño, pero aquel pequeño pájaro intuía la presencia de mi ayudante con solo escuchar sus pasos o su voz. La manera amigable con que mi ayudante lo cuidaba surtía en el loro efectos asombrosos. Aunque en alguna ocasión alimenté al loro personalmente, nunca se comportaba de igual manera conmigo, así que decidí pincharle con un palo para comprobar cómo reaccionaba. Como era de esperar, el resultado del experimento fue negativo.
La moraleja de esta historia es muy sencilla: si deseamos tener un amigo verdadero, primero debemos hacer que la atmosfera que nos rodea sea positiva. A fin de cuentas, somos animales sociales y, en consecuencia, la amistad es muy importante. Pero, como lograr que los demás esbocen una sonrisa? Si nos mostramos imperturbables y desconfiados, nos resultara muy difícil. Es posible que la gente nos obsequie con una sonrisa artificial si tenemos poder y dinero, pero no debemos olvidar que una sonrisa genuina solo procede de la compasión.
Asi pues, la pregunta es cómo desarrollar la compasión. Podemos desarrollar una compasión objetiva? Mi respuesta es definitivamente afirmativa. En mi opinión la naturaleza humana es sensible y compasiva, aunque la mayoría de la gente piense que su principal característica es la agresividad. Analicemos este aspecto.
En el mismo instante de la concepción, y cuando el feto se halla en el útero materno, uno de los factores más positivos para su desarrollo es el estado mental compasivo y sereno de nuestra madre. La agitación mental de la madre es perjudicial para el feto. Y esto es solo el comienzo de la vida! Incluso el estado mental de los padres es de suma importancia durante la concepción. Si un niño es concebido a consecuencia de una violación, será un bebe no deseado. La concepción tiene que ser el fruto del amor verdadero y el respeto mutuo, no de la pasión desenfrenada. No es suficiente con tener una aventura amorosa, la pareja debería conocerse y respetarse mutuamente. Esta es la base de un matrimonio feliz. Es más, el matrimonio en si mismo debería ser de por vida, o por lo menos duradero. La vida debería nacer siempre a partir de este contexto.
Según la ciencia médica, durante las primeras semanas después del nacimiento, el cerebro del niño sigue desarrollándose. Los expertos aseguran que durante este periodo el contacto físico es uno de los factores cruciales para su correcto desarrollo. Esta consideración muestra la importancia del afecto físico que requiere nuestro cuerpo durante su desarrollo.
Tras el nacimiento, uno de los primeros actos de la madre es amamantar al bebe, cuyo acto reflejo es la succión. La leche suele ser considerada un símbolo de compasión. Sin esta, al niño le costará mucho sobrevivir. Gracias a la lactancia se establece un vínculo de proximidad entre la madre y el niño. Si tal vinculo no se da, el niño rechazara el pecho de la madre y si esta siente aversión por su hijo, la leche no fluirá de su pecho. Así pues, la leche fluye a consecuencia del amor. Esto significa que el primer acto de nuestra vida, succionar la leche materna, es un símbolo de afecto. Cuando visito una iglesia y contemplo la imagen de María acunando a Jesús en su regazo, siempre recuerdo este aspecto tan crucial en nuestras vidas; personalmente lo considero un símbolo de amor y afecto.
Se ha demostrado que aquellos niños que crecen en hogares en los que se respira amor y afecto tienen un desarrollo físico mas sano y son mejores estudiantes. Por el contrario, aquellos que no disfrutan de afecto tienen más dificultades en su desarrollo físico y mental, e incluso cuando crecen, tienen serias dificultades para manifestar afecto, lo cual es realmente doloroso.
Reflexionemos ahora acerca del último instante de nuestra vida, la muerte. Incluso en este instante, si la persona moribunda se siente arropada por sus amigos, aunque no pueda beneficiarse de ellos, experimentará una sensación de paz mental. Por consiguiente, a lo largo de nuestra vida, desde el primer instante hasta la muerte, el afecto humano juega un papel decisivo.
Una disposición afectuosa no sólo favorece la paz y el sosiego mentales, sino que también repercute positivamente en nuestro cuerpo. Por el contrario, el odio, los celos y temores afectan nuestra paz mental, provocando una reacción física adversa. Incluso nuestro cuerpo precisa paz mental, cualquier tipo de agitación le es siempre perjudicial.'
Por consiguiente, aunque haya personas que sostengan lo contrario, soy de la opinión de que, si bien la agresividad forma parte de nuestra naturaleza, el factor dominante de la vida es el afecto humano, razón por la que es posible reforzar la bondad innata de nuestra naturaleza humana.
La importancia de la compasión puede justificarse con argumentos lógico-racionales. Si ayudamos a otra persona y nos preocupamos por ella, saldremos beneficiados. Sin embargo, si perjudicamos a los demás, tarde o temprano tendremos problemas. A menudo suelo bromear diciendo que si lo que deseamos es ser egoístas, es mejor serlo sabiamente que estúpidamente. La inteligencia puede ayudarnos a amoldar nuestra actitud al respecto. Si la utilizamos correctamente, podemos alcanzar el pleno conocimiento de cómo satisfacer nuestro interés personal llevando una vida compasiva. En este sentido podría argüirse que ser compasivo es, en última instancia, ser egoísta.
En este contexto, no creo que el egoísmo esté fuera de lugar. El amor a uno mismo es crucial. Si no nos amamos a nosotros mismos, ¿cómo podemos amar a los demás? Hay personas que al hablar de la compasión consideran que ésta supone un total desprecio por los intereses propios. Nada más lejos de la realidad. De hecho, el auténtico amor debe, en primer lugar, dirigirse hacia uno mismo.
La palabra «yo» tiene dos sentidos. Uno de ellos es el negativo, el que genera problemas, aquel que no tiene en cuenta a los demás. El otro, basado en la determinación, la voluntad y la confianza en sí mismo, es el auténtico sentido del «yo», el realmente necesario para afrontar con absoluta confianza cualquier tarea o reto en la vida.
De igual modo, también hay dos tipos de deseo. El odio es invariablemente un deseo negativo que destruye la armonía. ¿Cómo reducir el odio? El odio suele preceder a la ira. Ésta a su vez surge a consecuencia de una emoción reactiva y gradualmente se convierte en un sentimiento de odio. En este caso, la aproximación más hábil consiste en saber que el odio es negativo. A menudo la gente cree que el odio es un sentimiento natural que es mejor expresar, pero se equivoca. Quizá debido al pasado alberguemos resentimientos que pueden desaparecer expresando nuestro odio. No niego que sea posible, sin embargo es siempre mejor analizar la causa de dicho odio y así, gradualmente, año tras año, irá disminuyendo. Desde mi experiencia, considero más factible partir de la consideración de que el odio es negativo y, por tanto, es mejor no sentirlo. Esta postura en sí misma marcará la diferencia.
Debemos tratar de percibir el objeto de nuestro odio desde otra perspectiva. Cualquier persona o circunstancia que pueda generar en nosotros odio es básicamente relativa; verlo desde un solo ángulo despertará nuestra ira, pero si lo contemplamos desde otra perspectiva es posible que descubramos aspectos positivos. Por ejemplo, nosotros perdimos nuestro país y nos convertimos en refugiados. Si analizamos nuestra situación desde este ángulo, deberíamos sentir frustración y tristeza, sin embargo, el mismo acontecimiento ha generado oportunidades de conocer gente con distintas tradiciones religiosas. Desarrollar una forma más flexible de contemplar las cosas nos ayuda a cultivar una actitud mental serena y equilibrada. Este es un posible método para reducir el odio.
Supongamos, por ejemplo, que enfermamos. Cuanto más pensemos en nuestra enfermedad, nuestra frustración será peor. En este caso, resulta de gran ayuda comparar nuestra situación con alguien que, padeciendo la misma enfermedad, se siente mucho peor que nosotros, o pensar que habría ocurrido si hubiéramos contraído una enfermedad más grave. De esta forma, podemos consolarnos al comprobar que nuestra situación podría haber sido mucho peor. De nuevo, la estrategia es aprender a relativizar cualquier tipo de situación. Si comparamos, siempre hallaremos una circunstancia peor a la nuestra, lo que inmediatamente reducirá nuestra frustración.
Ocurre exactamente lo mismo cuando tenemos que enfrentarnos a ciertas dificultades. Si las contemplamos de cerca pueden resultar muy complicadas, pero si las analizamos desde una perspectiva más amplia, no parecen tan graves. A través de estos métodos y desarrollando un amplio punto de vista podemos reducir nuestra frustración ante cualquier tipo de problemas. Para conseguirlo se requiere un constante esfuerzo, pero si logramos ponerlo en práctica, el sentimiento de odio que todos llevamos dentro disminuirá, Entretanto, debemos fortalecer nuestra compasión e incrementar el potencial de bondad que todos albergamos. Gracias a la combinación de estos dos elementos una persona puede transformar su negatividad y ser una persona buena. Este es, pues, el camino que debemos seguir para conseguir dicha transformación.
Por otra parte, si profesamos una religión, nuestra fe puede ser de gran utilidad para potenciar estas cualidades. Los Evangelios, por ejemplo, nos enseñan a poner la otra mejilla, muestra inequívoca de la práctica de la tolerancia. Para mí, el principal mensaje de los Evangelios es el amor a nuestros semejantes y la razón por la que debemos potenciar este amor es precisamente porque amamos a Dios. Esta clase de enseñanza religiosa es muy útil para aumentar y potenciar nuestras buenas cualidades. La aproximación budista presenta un método muy claro. En primer lugar tratamos de considerar por igual a todos los seres sensibles, A continuación consideramos que la vida de cualquier ser es tan valiosa como la nuestra y, a partir de aquí, desarrollamos nuestro interés por los demás.
Que ocurre en el caso de alguien que no profesa ninguna fe religiosa? Sigamos o no un credo religioso, la cuestión que nos ocupa está relacionada con los derechos del individuo. En este sentido, es posible, e incluso a veces más sencillo, no tener que recurrir a la religión. No obstante, aunque no se profese religión alguna, el valor de las buenas cualidades humanas jamás debe ser abandonado. En tanto que seres humanos y miembros de una sociedad, necesitamos de la compasión humana para ser felices. Dado que todos deseamos alcanzar la felicidad, tener una familia y unos amigos felices, debemos potenciar y desarrollar la compasión y el afecto. Es muy importante reconocer que hay dos niveles de espiritualidad: uno guiado por la fe religiosa y el otro totalmente independiente de esta. Potenciando el segundo nivel simplemente tratamos de ser personas con buen corazón. Deberíamos recordar también que cultivar una actitud compasiva conduce indefectiblemente a la no-violencia. La no-violencia no es un término diplomático, es la compasión en acción. Si nuestro corazón alberga odio, nuestras acciones serán violentas, pero si tenemos compasión, serán no-violentas.
Como he dicho anteriormente, mientras el hombre habite la Tierra siempre habrá desavenencias y conflictos. Si para evitar dichas diferencias hacemos uso de la violencia, nuestra vida cotidiana se verá tejida diariamente por esta y el resultado será terrible. A decir verdad, es imposible dirimir las diferencias a través de la violencia. La violencia solo conduce al aumento del resentimiento y la insatisfacción.
La no-violencia significa dialogo, es decir utilizar el lenguaje para comunicarse. Dialogar significa comprometerse: escuchar otros puntos de vista y respetar los derechos de los demás con un espíritu de reconciliación. A través del dialogo no hay ganadores ni vencedores. En la actualidad, en la medida que el mundo va reduciéndose paulatinamente, los conceptos «nosotros» y «vosotros» resultan obsoletos. Si nuestros intereses fueran independientes del resto de los demás, cabria la posibilidad de que alguien se alzara como ganador en detrimento del perdedor, pero dado que todos dependemos los unos de los otros, nuestros intereses y los de los demás están interrelacionados. Así pues, Como se puede lograr una victoria absoluta? Es del todo imposible. Tenemos que compartir nuestros intereses en un 50 por ciento o, de no ser posible, en un 60 y un 40 por ciento. Si no somos ecuánimes, la reconciliación jamás será posible.
La realidad del mundo actual crea la necesidad de pensar en estos términos. Esta es la base de mi propia consideración, la aproximación del término medio. Los tibetanos jamás lograremos la victoria porque, nos guste o no, el futuro del Tíbet depende en gran medida de China. Sin embargo, apelando al espíritu de la reconciliación, abogo por compartir intereses para potenciar el autentico progreso. Comprometerse es la única vía. A través de medios no-violentos podemos compartir puntos de vista, sentimientos y derechos que nos ayudaran a resolver el problema.
A veces he calificado al siglo XX de sanguinario, el siglo de la guerra. Durante esta centuria ha habido más conflictos, derramamiento de sangre y más armas que nunca antes en la historia. Desde el presente y teniendo en cuenta las experiencias que todos hemos sufrido en este siglo, así como todo cuanto hemos aprendido de ellas, deberíamos lograr que el próximo siglo fuera el siglo del dialogo. El principio de la no-violencia debería ser practicado en todo el mundo. No puede lograrse simplemente a través de la meditación. La no-violencia significa trabajo y esfuerzo, mucho más esfuerzo todavía.
Gracias.

(Conferencia pronunciada por el Dalai Lama en el Free Trade Hall, Manchester, el 19 de julio de 1996. )

miércoles, 17 de septiembre de 2014

LOS ANALES AKASHICOS (2ra Parte)

LOS ANALES AKASHICOS
(2ra Parte)

Mi librito continuaba argumentando con bastante lógica, que:
siendo Dios todopoderoso, debe poseer el maravilloso poder de visión que hemos supuesto a nuestro observador; y que siendo además omnipresente, tiene que encontrarse en todas las estaciones que hemos mencionado, así como en todos los puntos intermedios, y no sucesiva, sino simultáneamente. Admitiendo, pues, tales premisas, se deduce por modo inevitable que todo lo que ha sucedido desde el principio mismo del mundo, debe necesariamente estar sucediendo en cada momento a los ojos de Dios, no como una simple memoria, sino como hecho que se realiza. Todo esto es bastante materialista, y está en el plano de la ciencia puramente física, y por tanto, debemos tener la seguridad de que no es el modo como actúa la memoria del Logos; sin embargo como he dicho antes, no carece de utilidad, porque nos hace vislumbrar algunas posibilidades que de otro modo no se nos ocurrirían.
Pero aun cuando de un modo vago podemos comprender la idea de que todo el pasado puede estar simultánea y activamente presente en una conciencia lo bastante elevada para ello, nos hallamos frente a una dificultad mucho mayor cuando tratamos de entender de qué modo puede estar el porvenir comprendido en esta conciencia (Desde el momento en que el Logos ha objetivado en su conciencia la totalidad del sistema, no hay posibilidad de que exista un futuro en El mismo, puesto que lo tiene todo presente. La objetivación física gradual de su concepción, en nada afecta a ésta, por cuanto el Maya de los diferentes planos de una manifestación más objetivada no tiene realidad alguna para EL).

Si pudiéramos creer en la doctrina mahometana del kismet o en la teoría calvinista de la predestinación, el concepto sería hasta fácil; pero sabiendo, como sabemos, que ninguna de las dos es verdad, tenemos que buscar alguna otra hipótesis más aceptable (El autor apunta aquí el mismo dilema: ¿Existe el Libre Albedrio? en donde, por modo incontrovertible, se expone lo fatal de la perenne manifestación de totalidad del Todo Infinito de los Números, como corolario de la Inmutabilidad de la Ideación Absoluta, en donde el Todo se encuentra, simultáneamente, en potencia y en acto. El autor trata de salvar la dificultad del dualismo que se presenta entre dos verdades - la verdad de la no existencia del futuro en la conciencia del Logos, y la verdad del Libre Albedrio que niega la predestinación implicada por la otra verdad - con el argumento de la previsión todopoderosa de una sabiduría omnisciente, argumento que, a nuestro modo de ver, es una espada de dos filos que deja la cuestión en pie. Entendemos que los dos factores antagónicos, «fatalidad» y «libre albedrio», son tan verdad el uno como el otro, y este mismo antagonismo los denuncia como el par de opuestos de la Ley de Justicia que rige la evolución: fatalidad en el fenómeno, libre albedrio en el nóumeno, fenómeno y nóumeno tan intrincadamente enlazados, que llegan a ser indistingibles para la intelectualidad pura, la cual únicamente admite el primero, por ser el segundo sólo perceptible al sexto sentido, el sentido del intelecto espiritual, del cual sólo se posee aquí abajo un reflejo y aun éste, por desgracia, muy poco generalizado. Esto explica por qué distinguimos con tanta claridad el fatalismo, que es la característica del fenómeno, y por qué se nos escapa la explicación racional de la característica del nóumeno, o sea el libre albedrio, cuya existencia efectiva es tan evidente al sentido interno, como lo es la fatalidad para el sentido vulgar).

Puede haber todavía mucha gente que niegue la posibilidad de la previsión, pero semejante negativa demuestra simplemente su ignorancia de las pruebas que existen sobre el asunto. Un gran número de casos auténticos no permiten dudar del hecho, pero muchos de ellos son de tal naturaleza que hacen muy difícil encontrar una explicación racional, Es evidente que el Ego posee cierta dosis de la facultad de previsión, y si los sucesos previstos fueran siempre de gran importancia, podría suponerse que un estímulo extraordinario le permitía cada vez hacer una impresión clara de lo que veía sobre su personalidad inferior. Esta es, sin duda alguna, la explicación de muchos de los casos en los que se ha previsto la muerte o graves desastres; pero se conoce un gran número de ejemplos en que tal explicación no resulta adecuada, puesto que los sucesos previstos son con frecuencia excesivamente triviales y sin importancia.

 Una historia de segunda vista, bien conocida en Escocia, ilustrará lo que acabo de decir. Un hombre que no creía en lo oculto, fue avisado por un montañés vidente de la próxima muerte de un vecino suyo. La profecía fue comunicada con mucha riqueza de detalles, incluyendo una descripción completa de los funerales, con los nombres de los portadores de las cintas del paño mortuorio, y de otras personas que estarían presentes. Parece que el oyente se rió de toda la historia, olvidándola en seguida; pero la muerte de su vecino, en el tiempo predicho, le recordó el aviso, y determinó falsificar la predicción, por lo menos en parte, siendo él uno de los portadores de las cintas. Pudo conseguir que las cosas se arreglaran a su gusto; pero en el momento en que el entierro se iba a poner en marcha, le llamaron para un asunto de poca importancia, que sólo le retuvo uno o dos minutos. Al volver a toda prisa a ocupar su puesto, vio con sorpresa que la procesión se había cumplido exactamente, porque los cuatro portadores de las cintas eran los que habían sido indicados en la visión.

Ahora bien; éste fue un asunto insignificante, sin importancia para nadie, definidamente predicho meses antes; pero aun cuando se ha tratado de alterar en algún detalle, el intento ha fracasado por completo.

Ciertamente que esto se parece mucho a la predestinación, hasta en los más pequeños pormenores, y sólo examinando esta cuestión desde planos superiores, es cómo podremos encontrar el modo de escapar a esta teoría. Por supuesto, como he dicho antes acerca de otro aspecto del asunto, la explicación completa se nos escapa todavía, y es evidente que seguirá sucediendo lo mismo hasta que nuestro conocimiento sea infinitamente superior a lo que es ahora; y lo más a que podemos aspirar al presente, es a indicar la senda en la cual puede hallarse alguna explicación.

No hay duda alguna de que así como lo que está sucediendo actualmente es el resultado de causas generales en el pasado, así también lo que suceda en el porvenir será el resultado de causas ya en actividad.

Aun aquí abajo podemos calcular que si se ejecutan ciertos actos, se seguirán determinados resultados; pero nuestro cálculo está sujeto a ser desbaratado por la injerencia de factores que no se habían tenido en cuenta.

Pero si elevamos nuestra conciencia al plano devachánico, podremos ver mucho más lejos en los resultados de nuestras acciones.
                                                       Podemos seguir, por ejemplo, el efecto de una palabra casual, no sólo en la persona a quien haya sido dirigida, sino también, mediante ella, en muchas otras personas al extenderse la influencia en círculos cada vez mayores, hasta que parece que afecta al país entero; y una sola vislumbre de semejante visión es mucho más eficaz que cualquier número de preceptos morales, para imprimir en nosotros la necesidad de una extrema circunspección en pensamientos, palabras y hechos.

No sólo podemos, desde este plano, ver de un modo tan completo el resultado de cada acto, sino que también podemos ver dónde y de qué modo intervienen los efectos de otros actos, aparentemente sin relación alguna con aquel, y lo modifican.

En efecto; puede decirse que el resultado de todas las causas en acción en la actualidad, son claramente visibles; que el porvenir, tal como sería si no se originasen causas completamente nuevas, hallase abierto ante nuestra mirada.

Hombre común
Hombre desarrollado
Nuevas causas, por supuesto, se originan, porque la voluntad del hombre es libre; pero en el caso de la gente vulgar, puede calcularse de antemano el uso que hará de su libertad con gran exactitud. El hombre común tiene tan poca voluntad verdadera, que depende en gran parte de las circunstancias; su karma anterior le coloca en determinado medio ambiente, cuya influencia sobre él es de tal modo el factor más principal en la historia de su vida, que su carrera futura pudiera predecirse casi con certeza matemática.
Respecto al hombre desarrollado, el caso es distinto; para él, también los principales hechos de su vida están determinados por su karma pasado, pero el modo con que él permitirá que le afecten, y cómo los tratará y hasta triunfará de ellos, es todo cosa suya, y no pueden predecirse en el plano devachánico sino como probabilidades.


Pero puede preguntarse:
¿Cómo es posible, en medio de esta perturbadora confusión de anales del pasado y previsiones del porvenir, encontrar determinado cuadro cuando se necesita?

Desde luego es un hecho que el clarividente no experto no puede generalmente hacerlo sin un lazo especial que lo ponga en relación con el asunto requerido. La psicometría es un ejemplo en este punto, y es muy probable que nuestra memoria ordinaria sea realmente sólo otra presentación de la misma idea. Parece como si hubiera una especie de lazo magnético o afinidad entre cualquier partícula de materia y los anales que contienen su historia; una afinidad que le permite obrar como una especie de conductor entre esos anales y las facultades de cualquiera que pueda leerlos.

Por ejemplo: una vez traje yo de Stonehenge un pedacito de piedra, no mayor que la cabeza de un alfiler, y al ponerlo en un sobre y dárselo a una psicómetra que no tenía idea alguna de lo que era, ésta empezó inmediatamente a describir aquellas ruinas maravillosas y el desierto país que las rodea, y luego prosiguió describiendo de modo vívido lo que evidentemente eran escenas de su historia primitiva, demostrando que aquel diminuto fragmento había sido suficiente para ponerla en comunicación con los anales relacionados con el lugar de donde procedía.

Las escenas por las que pasamos en el transcurso de nuestra vida, parece que obran del mismo modo sobre las células de nuestro cerebro, como sucedió con la historia de Stonehenge sobre aquella partícula de piedra; establecen una relación con aquellas células, por cuyo medio nuestra mente se pone en relación con aquella parte particular de los anales, y así nos «acordamos» de lo que hemos visto. Hasta el clarividente experto necesita algún lazo para poder encontrar los anales de un suceso para él ignorado.

Si, por ejemplo, desease observar el desembarco de Julio César en las costas de Inglaterra, tiene varias maneras de intentarlo. Si acaso hubiese visitado la escena del suceso, el modo más sencillo sería evocar la imagen del lugar, y luego recorrer sus anales hasta llegar al período deseado. Si no hubiese visto el sitio, podía recorrer el tiempo pasado hasta la fecha del suceso, y luego buscar en el canal una flota de barcos romanos, o podía examinar los anales de la vida romana por aquella época, en donde no tendría dificultad en encontrar una figura tan prominente como la de César, o en seguirle la pista una vez que lo hubiera encontrado en sus guerras de las Galias, hasta que puso el pie en Bretaña. La gente pregunta a menudo acerca del aspecto de estos anales, si aparecen cerca o lejos de la vista, si las figuras de ellos son grandes o pequeñas, si los cuadros se suceden unos a otros como en un panorama, o se confunden uno con otro como vistas disolventes, etc.

Sólo puede contestarse que su apariencia varía hasta cierto punto con arreglo a las condiciones en que se les ve.
En el plano astral, la reflexión es casi siempre un simple cuadro, aunque a veces las figuras que se ven están dotadas de movimiento; en este caso, en vez de una mera ráfaga, ha tenido lugar una reflexión más larga y perfecta.
En el plano devachánico tienen dos aspectos muy diferentes.
- Cuando el visitante de este plano no está pensando en modo alguno acerca de ellos, los anales constituyen simplemente el fondo de lo que quiera que esté pasando, lo mismo que la reflexión en un espejo colocado en el extremo de una habitación, puede formar un fondo a la vista de la gente que en ella esté. Debe siempre tenerse presente que en estas condiciones son meras reflexiones de la incesante actividad de una gran Conciencia de un plano más elevado, y tienen mucho la apariencia de una sucesión sin fin, tal y como vemos en las películas de cine. No se funden unos con otros como las vistas disolventes, ni es una serie de cuadros que se suceden, sino que la acción de las figuras reflejadas continúa constantemente, como si uno estuviera observando a los actores en un escenario lejano.

- Pero si el investigador fija su atención especialmente en una escena dada, o desea evocarla ante sí, se verifica inmediatamente un cambio extraordinario; pues siendo éste el plano del pensamiento, el pensar en una cosa es ponerla instantáneamente en presencia de uno. Por ejemplo: si un hombre quiere ver los anales del suceso a que nos hemos referido antes - el desembarco de Julio César -, se encuentra en el mismo momento, no mirando un cuadro, sino en la orilla del mar en medio de los legionarios, desarrollándose la escena en torno suyo exactamente bajo todos aspectos, como si hubiese estado allí presente corporalmente aquella mañana de otoño del año 55 antes de Cristo.
Dado que lo que ve es una reflexión, los actores están, por supuesto, completamente inconscientes de su persona, así como tampoco ningún esfuerzo de su parte puede cambiar el curso de la escena en lo más mínimo, excepto solamente que puede dirigir la rapidez con que el drama se despliega antes sus ojos; puede hacer que los sucesos de todo un año pasen ante él en el transcurso de una hora, o puede en cualquier momento detener totalmente el movimiento, y mantener cualquier escena particular en la inmovilidad de un cuadro por el tiempo que quiera.
Y no sólo observa lo que hubiese visto si hubiese estado allí presente, sino mucho más. Oye y comprende todo lo que la gente dice, y penetra todos sus pensamientos y motivos; y una de las posibilidades más interesantes de las muchas de que dispone el que haya aprendido a leer los anales, es el estudio del pensamiento de las edades del remoto pasado, el pensamiento de los hombres de las cavernas y de los moradores de los lagos, así como el que regía la poderosa civilización de los Atlantes, de Egipto o de Caldea.


De qué manera se abren ante tal estudiante las perspectivas del pasado - no sólo la historia de todos los grandes hechos del hombre, sino también del proceso de la naturaleza, de la vida caótica extraña de las primeras rondas -, sólo podemos indicarlo aquí ligeramente; pero el lector comprenderá fácilmente que campo ilimitado se abre aquí para el investigador paciente. En un caso especial puede haber para el lector de estos anales un lazo de simpatía aun más estrecho con el pasado.

Si en el curso de estas investigaciones tiene que observar algunas escenas, en las cuales él mismo ha intervenido en vidas anteriores, puede examinarlas de dos modos:
1. puede mirarlas del modo usual como un espectador (aunque siempre, téngase presente, cuya penetración y simpatías son perfectas),
2. o puede nuevamente identificarse con aquella personalidad suya, muerta hace tanto tiempo; puede retornar por el momento a aquella vida del pasado, y experimentar otra vez absolutamente los mismos pensamientos y emociones; las alegrías y los dolores de un pasado prehistórico.

No puede concebirse aventura alguna más extraña y vívida que algunas de esas por las cuales puede pasar de este modo; sin embargo, en medio de todo el proceso, no debe nunca perder la conciencia de su individualidad: debe conservar el poder de tornar a voluntad a su presente personalidad.

La exacta lectura de los anales, ya sean del propio pasado de uno o del de otros, no debe, sin embargo, suponerse como un hecho factible para nadie, sin una educación cuidadosa previa.

Como ya se ha dicho, aunque en el plano astral pueden obtenerse reflexiones ocasionales, es necesario el poder de usar el sentido devachánico antes de que se lleguen a obtener lecturas en que se pueda confiar.

A la verdad, para reducir a su mínima expresión la posibilidad del error, este sentido tiene que estar por completo dominado por el investigador en el estado de vigilia en el cuerpo físico; y para adquirir esta facultad, se requieren años de labor incesante y de la más rígida propia disciplina.

Mucha gente parece que cree que tan pronto ha firmado su solicitud e ingresado en la Sociedad Teosófica, va a recordar por lo menos tres o cuatro de sus vidas pasadas; verdaderamente, hay algunos que pronto empiezan a imaginarse recuerdos. Actualmente hay, según creo, cuatro personas perfectamente seguras de que en su última encarnación fueron: María, reina de los escoceses (el porqué María Estuardo es tan frecuentemente elegida, no está muy claro, considerando el carácter que la historia le atribuye; pero tal es el hecho); dos que fueron Cleopatra (otro antepasado no muy deseable ciertamente); y varios que fueron ¡Julio César!. Por supuesto, tan extravagantes pretensiones hacen recaer simplemente el descrédito sobre aquellos que son tan necios que no vacilan en expresarlas; pero, por desgracia, una parte de este descrédito es posible que se refleje, por injusto que sea, sobre la Sociedad a que pertenecen; de suerte que un hombre que siente bullir en sí la convicción de que ha sido Homero o Shakespeare, haría bien en reflexionar y aplicar pruebas de sentido común en el plano físico, antes de dar la noticia al mundo.

Es mucha verdad que algunas personas han tenido en sueños vislumbres de escenas de vidas pasadas; pero naturalmente éstas son, por lo general, fragmentarias y de poca confianza. Yo mismo he tenido en mi juventud una experiencia de esta naturaleza. Entre mis sueños observé que había uno que se repetía constantemente: un sueño de una casa con un pórtico que daba a una hermosísima bahía no lejos de una colina, en cuya cima se elevaba un bello edificio. Yo conocía aquella casa perfectamente, y estaba tan familiarizado con la disposición de sus habitaciones y con la vista que se percibía desde su puerta, como lo estaba con las de mi propia casa en la vida presente. En aquel tiempo no sabía nada acerca de la reencarnación, de manera que sólo me parecía una simple coincidencia el que este sueño se repitiese tan a menudo; y sólo después de algún tiempo de haber ingresado en la Sociedad Teosófica fue cuando, enseñándome uno, que sabía, escenas de mis pasadas encarnaciones, descubrí que este sueño persistente había sido en realidad un recuerdo parcial, y que la casa que tan bien conocía, era una en que yo había nacido hacía más de dos mil años.

Pero aun cuando conocen varios casos en los que una escena que se recuerda bien, ha pasado así de una vida a otra, es necesario un desarrollo considerable de las facultades ocultas, antes de que el investigador pueda seguir definitivamente una línea de encarnaciones, ya sean suyas o de otros. Esto se hace claro si tenemos presentes las condiciones del problema que hay que resolver. Para seguir a una persona desde esta vida a la que le ha precedido, es necesario, en primer término, rastrear su vida presente hacia atrás hasta su nacimiento, y luego seguir en sentido contrario las etapas del descenso del ego a la encarnación. Esto nos llevaría, por supuesto, eventualmente al estado del ego en su propio plano: el nivel Arupa del Devachán; así se verá que, para ejecutar tal tarea de modo eficaz, el investigador debe poder usar del sentido correspondiente a aquel elevado nivel en estado de vigilia en su cuerpo físico; en otras palabras: su conciencia tiene que reconcentrarse en el mismo ego que se reencarna, y no ya en la personalidad inferior. En este caso, al ser despertada, la memoria del ego, sus pasadas encarnaciones se le aparecerán como un libro abierto, y podría, si quisiera, examinar el estado de otro ego en aquel nivel, y seguir su vida pasada en los planos devachánico y astral que a aquel conducían, hasta llegar a la última muerte física de este ego, y por medio de ésta a su vida anterior.

No hay más que este modo por medio del cual la cadena de vidas puede seguirse con seguridad absoluta, y por consiguiente podemos desde luego considerar como impostores conscientes o inconscientes a los que se anuncian que pueden averiguar las encarnaciones pasadas de cualquiera, a tantos chelines por cabeza.

Por demás está decir que el ocultista verdadero no hace nada público, y que jamás en ninguna circunstancia, acepta dinero por exhibir sus poderes. Seguramente que el estudiante que desee obtener el poder de seguir una línea de encarnaciones, puede verificarlo, aprendiendo con un maestro competente lo que hay que hacer.

Ha habido algunos que persistentemente han asegurado que sólo era necesario que un hombre fuese bueno, abnegado y fraternal, para que toda la sabiduría de las edades afluyese a él; pero un poco de sentido común mostrará en seguida lo absurdo de semejante asunto. Por bueno que sea un chico, si quiere aprender a multiplicar, tiene que dedicarse a ello; y exactamente sucede lo mismo con la capacidad de emplear las facultades espirituales. Las facultades en sí se manifestarán, indudablemente, a medida que el hombre evoluciona; pero sólo puede aprender a usar de ellas con confianza y sacar el mejor partido posible, por medio de un trabajo duro y de un esfuerzo perseverante.

Considérese el caso de los que desean ayudar a otros, mientras se hallan en el plano astral durante el sueño; es evidente que mientras más conocimientos posean aquí, más valiosos serán sus servicios en aquel plano superior. Por ejemplo, el conocimiento de idiomas les sería útil, pues aun cuando en el plano devachánico se puede comprender directamente por la transmisión del pensamiento cualquiera que sea el idioma, no sucede lo mismo en el plano astral, y el pensamiento tiene que ser formulado definidamente en palabras para ser comprendido. Si, por lo tanto, se desea ayudar a un hombre en aquel plano, se debe tener algún lenguaje en común, por medio del cual se pueda comunicar con él, y por consiguiente, mientras más idiomas se conocen, más se puede extender el radio de acción.

En una palabra: no existen quizá ninguna clase de conocimiento que no sea utilizable en la obra del ocultista. Sería conveniente para todos los estudiantes el no olvidar que el Ocultismo es la apoteosis del sentido común; que las visiones que se les presentan no son necesariamente un cuadro de los Anales Akáshicos, ni cada experiencia una revelación de lo alto. Es mucho mejor errar por el lado del saludable escepticismo que por el de la excesiva credulidad, siendo una regla admirable no andar buscando explicaciones ocultas a cualquier cosa cuando una evidente física fuese bastante.

Nuestro deber es tratar de conservar siempre nuestro equilibrio, y no perder el dominio propio, considerando las cosas que puedan sucedernos con razón sana y buen sentido; de este modo seremos mejores teosofístas, ocultistas más sabios y auxiliares más eficaces que lo que hemos sido antes.

(Tomado del libro: El Aura Humana y los Anales Akashicos)