domingo, 23 de noviembre de 2014

LOS VARIOS “PRINCIPIOS” EN EL HOMBRE

LA CLAVE DE LA TEOSOFÍA

EXPOSICIÓN CLARA EN FORMA DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS DE LA ÉTICA, CIENCIA Y FILOSOFÍA
PARA CUYO ESTUDIO HA SIDO FUNDADA LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

Dedicada por H. P. B.
a todos sus discípulos
para que aprendan y puedan enseñar a su vez.

(Parte 29)

DE LOS VARIOS “PRINCIPIOS” EN EL HOMBRE
Mucho he oído acerca de esa constitución del hombre “interno”, como vosotros la llamáis, pero nunca pude entenderla.

Es “confusa”, sin duda, y muy difícil, como decís, el entenderla correctamente y saber distinguir entre los diferentes aspectos llamados por nosotros los “principios” del Ego real. Y lo es tanto más cuanto que existe una diferencia notable entre las varias escuelas Orientales respecto a la enumeración de esos principios, aun cuando en el fondo la base de la doctrina es idéntica.
¿Os referís acaso, como ejemplo, a los Vedantinos? ¿No reducen éstos los siete “principios” de que habláis a cinco solamente?

Así lo hacen; pero, sin querer discutir este punto con un vedantino instruido, puedo decir, sin embargo, como opinión mía particular, que tienen un motivo claro y evidente para hacerlo así. Para ellos, lo que se llama el hombre, es únicamente ese conjunto espiritual que consiste en varios aspectos mentales, no mereciendo el cuerpo físico, según
ellos, sino el más profundo desprecio y siendo una pura ilusión. Y no es la Vedanta la única filosofía que lo aprecia de este modo. Lao–Tse, en su Tao–te–King, sólo menciona cinco principios, porque, del mismo modo que los vedantinos, deja de incluir dos principios, que son el espíritu (alma) y el cuerpo físico, al que llama “el cadáver”. Hay también la Escuela Taraka Rajá Yoga. Su doctrina, en efecto, sólo reconoce tres “principios”; pero, en realidad,
su Sthulopadi o cuerpo físico, en estado de vela consciente; su Sukshmopadhi, el mismo cuerpo en Svapna o estado de ensueño, y su Karanopadhi, “cuerpo causal” o lo que pasa de una encarnación a otra, son todos duales en sus aspectos, y de este modo forman seis.
Agregad a éstos Âtma, el principio divino impersonal o el elemento inmortal en el hombre, indistinguible del Espíritu Universal, y tendréis los mismos siete principios (Véase Doctrina Secreta, Vol. I, para una explicación más clara.). Bien hacen en atenerse a su división; nosotros conservamos la nuestra.
Según eso, parece que es casi la misma división establecida por los místicos cristianos, o sea: cuerpo, alma y espíritu.

Exactamente la misma. Fácilmente podríamos hacer del cuerpo el vehículo del “doble vital “; de este último, el vehículo de la Vida o Pranâ; de Kâma–Rûpa, o alma (animal) el de la inteligencia superior e inferior, y hacer seis principios, coronándolos todos el espíritu uno inmortal. En Ocultismo cada cambio calificativo en el estado de nuestra conciencia da al hombre un nuevo aspecto, y si prevalece y llega a formar parte del Ego viviente y activo,
debe recibir (y recibe) un nombre especial para distinguir entre el hombre en ese estado particular y ese mismo hombre cuando se halla en un estado distinto.
Esto es precisamente lo difícil de entender.
Me parece, al contrario, muy fácil una vez comprendida la idea esencial, es decir que obra el hombre en un plano u otro de conciencia, en estricta conformidad con su condición mental y espiritual. Pero tal es el materialismo de nuestra época, que cuanto más nos explicamos, menos capaz de entendernos parece la gente. Dividid al Ser terrestre llamado hombre en tres aspectos principales, porque a no ser que lo consideréis como un simple animal, no podréis menos que hacerlo así, considerad su cuerpo objetivo; luego, el principio reflexivo que está en él (que sólo es algo más elevado que el elemento instintivo en el animal) o alma vital consciente; y, por último, aquello que lo coloca tan
Inconmensurablemente por encima del animal, es decir, el alma que razona o “espíritu”. Si tomamos esos tres grupos o entidades representativas, y las subdividimos conforme enseña la Doctrina Secreta, ¿qué resulta?
Ante todo, el espíritu (en el sentido de lo Absoluto, y por consiguiente, el todo indivisible) o Âtma. Como éste no puede ser localizado ni limitado en filosofía, siendo simplemente aquello que es en la Eternidad, y que no puede estar ausente del punto geométrico o matemático más pequeño del Universo de la materia o substancia, no debiera
en manera alguna llamarse principio “humano”. Es todo lo más, en Metafísica, aquel punto que la Mónada humana y su vehículo, el hombre, ocupan en el espacio durante el período de cada vida. Ahora bien; este punto es tan imaginario como el hombre mismo, y es en realidad una ilusión, un maya; mas, para nosotros, así como para los demás Egos personales, somos una realidad durante ese momento de ilusión llamada vida, por lo que hemos de tenernos en cuenta a nosotros mismos, en nuestra imaginación por lo menos. Con objeto de hacerlo más concebible para la inteligencia que intenta por primera vez el estudio del Ocultismo y la solución del abecé del misterio del hombre, el Ocultismo llama a ese séptimo principio la síntesis del sexto, y le da por vehículo el alma espiritual, Buddhi. Pues bien; este último encierra un misterio que jamás es revelado a nadie, excepto a los chelas ligados irrevocablemente por juramento, o a lo más a aquellos en quienes se puede confiar sin temor alguno. Es claro que si pudiera decirse habría menos confusión; pero como esto está directamente relacionado con el poder de la proyección del doble personal, conscientemente y a voluntad; y como este don, del mismo modo que el “anillo de Gijes” resultaría fatal para el hombre en general y pasa el poseedor de esa facultad en particular, se oculta cuidadosamente. Mas volvamos a los “principios”. Esa alma divina, o Buddhi, es el vehículo del Espíritu. Los dos unidos son uno solo, impersonal y sin atributo alguno (en este plano, por supuesto), y hacen dos “principios” espirituales. Si pasamos ahora a considerar el alma humana, Manas o mens, todos convendrán en que la inteligencia del hombre es por lo menos dual, es decir: el hombre de inteligencia superior, difícilmente puede confundirse con el hombre inferior; el hombre muy intelectual y espiritual se halla separado por un abismo del hombre obtuso, torpe y material, quizás de tendencias animales.
Pero ¿por qué no se ha de representar al hombre por dos “principios” o dos aspectos?
Cada hombre lleva en sí esos dos principios, uno más activo que el otro, y sólo en raros casos uno de los dos se ve paralizado por completo, por decirlo así, en su crecimiento o desarrollo, por la fuerza y predominio del otro aspecto, en cualquier dirección. Éstos son, pues lo que llamamos los dos principios o aspectos de Manas, el superior y el inferior; el primero, el Manas superior o Ego consciente y reflexivo, gravita hacia el alma espiritual (Buddhi); y el último, o su principio instintivo, es atraído hacia Kama, centro de los deseos animales y de las pasiones en el hombre. Tenemos de este modo demostrados cuatro “principios”, de los cuales los tres últimos son:
1) el “doble” que hemos convenido en llamar alma protea o plástica,
2) el principio de vida, y
3) el cuerpo físico.
Ningún fisiólogo o biólogo, por supuesto, aceptará esos principios, ni los comprenderá tampoco. Y por esto quizás ninguno de ellos comprende hasta ahora las funciones del bazo, el vehículo físico del doble proteo, o las de cierto órgano situado en el lado derecho del hombre, centro de los deseos más arriba mencionados; ni tampoco nada sabe acerca de la glándula pineal, que describe como una glándula que contiene un poco de arena, cuando verdaderamente es el propio centro de la más elevada y divina conciencia en el hombre, su inteligencia omnisciente espiritual, que todo lo abraza. Y esto os demostrará aún más
claramente que ni hemos inventado esos siete principios, ni son tampoco nuevos en el mundo de la filosofía, como podemos probar fácilmente.
Pero ¿qué es lo que se reencarna, según vuestra creencia?
El Ego Espiritual pensante, el principio permanente en el hombre, aquello que es centro de Manas. El hombre individual o divino no es Âtma, ni tampoco Âtmâ–Buddhi, considerado como la Mónada dual, sino Manas; porque Âtman es el Todo Universal y se convierte en el Yo SUPREMO del hombre sólo en conjunción con Buddhi, su vehículo, que lo une a la individualidad (u hombre divino). Buddhi–Manas es lo que llaman los Vedantinos el Cuerpo–Causal (los Principios 5º y 6º unidos), el cual es la conciencia que LO enlaza a cada personalidad en que mora en la Tierra. Por consiguiente, siendo el alma un término genérico, hay en los hombres tres aspectos de alma:
el terrestre o animal;
el alma humana, y
el Alma Espiritual;
y todas éstas, estrictamente hablando, son un alma sola bajo tres aspectos. Ahora bien; del primer aspecto, nada queda después de la muerte; del segundo (nous o Manas), sólo su esencia divina, si quedó sin mancha, sobrevive; mientras que el tercero, además de ser inmortal, se convierte conscientemente en divino, por la asimilación de Manas superior. Pero, para mayor claridad, hemos de decir, ante todo, algunas palabras acerca de la Reencarnación.
Haréis bien, porque esa doctrina es la que vuestros enemigos combaten con mayor energía y empeño.
¿Os referís a los espiritistas? Lo sé, y muchas son las objeciones absurdas, tejidas laboriosamente por ellos, que hallamos en las páginas de la revista Light (Luz). Tan groseros y malévolos son algunos, que nadie los detiene. Últimamente encontró uno de ellos una contradicción, que discute gravemente en una carta dirigida a aquel periódico, en dos puntos sacados de las conferencias de Sinnet: Descubre en las dos frases siguientes esta importante contradicción:
“Los regresos prematuros a la vida terrestre, cuando así ocurre, pueden ser debidos a alguna complicación kármica…”; y “no existe accidente en el supremo acto de dirigir la justicia divina la evolución”. Tan profundo pensador encontraría seguramente una contradicción en la ley de la gravedad si un hombre extendiese la mano para impedir que una piedra, en su caída, le rompiese la cabeza a un niño.


DE LA RECOMPENSA Y CASTIGO ETERNOS, Y DEL NIRVANA

LA CLAVE DE LA TEOSOFÍA

EXPOSICIÓN CLARA EN FORMA DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS DE LA ÉTICA, CIENCIA Y FILOSOFÍA
PARA CUYO ESTUDIO HA SIDO FUNDADA LA SOCIEDAD TEOSÓFICA

Dedicada por H. P. B.
a todos sus discípulos
para que aprendan y puedan enseñar a su vez.

(Parte 28)

DE LA RECOMPENSA Y CASTIGO ETERNOS,
Y DEL NIRVANA
Juzgo que está casi de más preguntaros si creéis en los dogmas cristianos del Paraíso y el Infierno, o en recompensas y castigos futuros, según enseñan las Iglesias Ortodoxas.

Los rechazamos en absoluto, en la forma que los presentan sus catecismos; y menos aún aceptaríamos jamás su eternidad. Pero creemos firmemente en lo que llamamos la Ley de retribución, y en la justicia y sabiduría absolutas que rigen esa ley, o Karma. Por lo tanto, nos negamos terminantemente a compartir la creencia cruel y antifilosófica de la recompensa o castigo eternos. Decimos con Horacio:
Fíjense las reglas que nuestro furor repriman
Y castíguense las culpas con pena proporcionada;
Mas no destruyáis a aquel que merece sólo
Un latigazo por la falta cometida.
Ésta es una regla para todos los hombres, y una regla justa. ¿Hemos de creer que Dios, que según vosotros es la personificación de toda sabiduría, amor y misericordia, tiene en menor grado esos atributos que el hombre mortal?
¿Tenéis algunas razones para rechazar ese dogma?
Nuestro principal motivo se apoya en la reencarnación. Como ya he dicho, no admitimos la idea de la creación de una nueva alma para cada niño recién nacido. Creemos que todo ser humano es el vehículo de un Ego, coetáneo con todos los demás Egos; porque todos los Egos son de la misma esencia y pertenecen a la emanación primera de un Ego Universal infinito. A este último lo llama Platón el Logos (o segundo Dios manifestado); y nosotros, el principio divino, manifestado, que es uno con la inteligencia o alma universal; y no el Dios antropomórfico, extracósmico y personal, en quien tantos deístas creen. No confundáis.
¿Pero por qué, desde el momento en que aceptáis un principio manifestado, no habéis de creer que el alma de cada nuevo ser es creada por aquel Principio así como lo fueron antes todas las almas?
Porque lo que es impersonal mal puede crear, proyectar y pensar a su antojo. Existiendo una Ley universal, inmutable en sus manifestaciones periódicas de radiación y expresión de su propia esencia, al principio de cada nuevo ciclo de vida, no se le puede atribuir la creación de los hombres con el solo objeto de arrepentirse después de unos cuantos años de haberlos creado. Si hemos de creer en algún principio divino, ha de ser en aquel que representa la armonía, la lógica y la justicia absolutas, como es el amor, la sabiduría y la imparcialidad absolutas; y un Dios que crease a cada alma para una vida de breve
duración, sin preocuparse de si había de animar el cuerpo de un hombre rico y feliz, o el de un pobre miserable que sufre, desgraciado desde que nace hasta que muere, sin haber hecho nada para merecer su cruel destino, más bien que un Dios, sería un demonio implacable (Véase más adelante: “De la recompensa y castigo del Ego.”). Ni los mismos filósofos judíos, creyentes en la Biblia Mosaica (esotéricamente, se entiende), jamás concibieron semejante idea. Además creían, tal como nosotros, en la reencarnación.
¿Podéis darme algunos ejemplos en prueba de ello?
Seguramente. Filón Judeo dice (De Somiis, pág. 455): “El aire está lleno de ellas (de almas); las que se hallan más cerca de la Tierra descienden para ser unidas a los cuerpos mortales, παλινσομονζιν ανθιζ, y vuelven a otros cuerpos, deseando vivir en ellos”. Según se ve en el Zohar, el alma defiende ante Dios su libertad: “¡Dios del Universo!”, dice “Soy tan feliz en este mundo y no deseo ir a otro, donde seré una sierva expuesta a toda clase de corrupciones”  (Zohar, vol. II, pág. 9.). La doctrina de la necesidad fatal, la inmutable y eterna Ley, queda afirmada en la respuesta de la Divinidad: “Contra tu voluntad te conviertes en embrión, y contra tu voluntad naces (Mishna, Aboth, vol .IV, pág. 19.). Incomprensible, sería la luz sin la oscuridad que la hace manifiesta por el contraste; el bien no sería el bien, sin el mal, que nos enseña la naturaleza inapreciable del  primero; y la virtud personal ningún mérito tendría a no haber pasado precisamente para las tentaciones. Fuera de la Deidad oculta, nada hay eterno y permanente. Nada de lo que es finito –sea porque tuvo un principio o debe tener un fin– puede quedar estacionado. Ha de progresar o retroceder; y un alma que aspira a la reunión con su espíritu, único que puede conferir la inmortalidad, ha de purificarse a través de las transmigraciones cíclicas, en su camino hacia la única región de gloria y eterno descanso, llamada en el Zohar “El Palacio del Amor”; “Moksha, en la religión Hindú; “El Pleroma de la luz eterna”, entre los Gnósticos, y “Nirvana” entre los Buddhistas. Y todos estos estados no son eternos, sino temporales.
Sin embargo, en esto no se trata de reencarnación.
A un alma que suplica se le concede permanecer en donde se encuentra, debe ser preexistente, y no haber sido creada para aquella ocasión. Sin embargo, aún hay otra prueba mejor en el Zohar. Hablando de los Egos que se reencarnan (las almas racionales), aquellos cuya última personalidad ha de desaparecer por completo, dice: “Todas las almas que no son inocentes en este mundo, en el cielo se han apartado ya del Santo único bendito sea su Nombre; se han precipitado ellas mismas en un abismo, a riesgo de su propia existencia, y han anticipado el momento en que han de volver [una vez más a la tierra]. “El Santo único” significa aquí, esotéricamente, el Âtman o Âtmâ–Buddhi.
Por otra parte, es muy extraño que nos hablen del “Nirvana” como de algo sinónimo del Reino de los Cielos, o Paraíso, ya que, según todos los Orientalistas de fama, el Nirvana es sinónimo de aniquilamiento.

Considerado literalmente, respecto a la personalidad y a la materia diferenciada, sí; pero no de otro modo. Esas ideas acerca de la reencarnación y la trinidad del hombre las sostuvieron muchos de los primeros Padres Cristianos. La confusión originada por los traductores del Nuevo Testamento y de los antiguos tratados filosóficos, acerca del alma y el espíritu, fue la causa que produjo tantas desavenencias y errores. Es también una de las muchas razones por las que Buddha, Plotino y tantos otros iniciados son acusados actualmente de haber aspirado a la extinción total de sus almas la –  “absorción en la
Deidad” o “reunión con el alma universal”– lo que significa, según las ideas modernas, aniquilamiento. El alma personal tiene, por supuesto, que ser desintegrada en sus partículas, antes que pueda fundir para siempre su existencia más pura con el Espíritu inmortal. Pero los traductores de los Hechos, así como de las Epístolas, que presentaron los fundamentos del Reino de los Cielos; y los comentadores modernos del Sutra Buddhista de la fundación del Reino de la Justicia, han alterado tanto el sentido del gran apóstol del Cristianismo como el del gran reformador de la India. Los primeros han desfigurado la palabra psuchicos (ψυχικοζ); así es que ningún lector puede imaginarse que tenga relación alguna con el alma; y por efecto de esa confusión entre el alma y el Espíritu, los que leen la Biblia sólo obtienen en esta materia un sentido falseado. Por otra parte, los intérpretes de Buddha no han sabido comprender el significado y el objeto de los cuatro grados Buddhistas de Dhyâna.
Preguntad a los Pitagóricos si ese espíritu, que da vida y movimiento, y participa de la naturaleza de la luz, puede ser reducido a la no entidad. ¿Puede el espíritu, sensible hasta en los animales que ejercitan la memoria, una de las facultades racionales, morir y volver a la nada?, observan los Ocultistas. En la filosofía Buddhista, la aniquilación sólo significa una dispersión de la materia, en cualquier forma o apariencia de forma que sea, porque todo cuanto posee una forma es temporal y, por lo tanto, realmente una ilusión. Para la eternidad, los más largos períodos del tiempo pueden compararse a un abrir y cerrar de ojos; y así ocurre respecto a la forma. Antes que tengamos tiempo de darnos cuenta de su existencia, ha desaparecido y pasado para siempre, como el resplandor instantáneo del relámpago. Cuando la entidad espiritual rompe para siempre con cada partícula de materia, substancia o forma, y vuelve a ser un hálito espiritual, sólo entonces es cuando penetra en el eterno invariable Nirvana, viviendo tanto tiempo como duró el ciclo de vida: una eternidad verdaderamente. Y entonces aquel hálito, existiendo en espíritu, no es nada porque es todo; como forma, apariencia o figura, es por completo aniquilado; como espíritu absoluto, aún es, porque se ha convertido en la Egoeidad. La frase: “absorbido en la esencia universal”, que se usa cuando se habla del alma como espíritu, significa: unión con. Jamás puede significar aniquilamiento, que implicaría separación eterna.
¿No os exponéis a la acusación de predicar el aniquilamiento, dado el lenguaje que empleáis? Pues acabáis de hablar del alma del hombre que vuelve a sus primeros elementos.
Olvidáis que he tratado de las diferencias existentes entre los varios significados de la palabra “alma” y demostrado la vaguedad con que ha sido traducido hasta ahora el término “espíritu”. Hablamos del alma animal, humana y espiritual, y distinguimos entre ellas. Platón, por ejemplo, llama “alma racional” a lo que nosotros llamamos buddhi, añadiendo el adjetivo “espiritual”; pero a lo que llamamos el Ego que se reencarna, Manas, lo llama espíritu, Nous, etcétera; y aplicamos el término Espíritu, sólo y sin calificación alguna, a Âtma únicamente. Confirma Pitágoras nuestra doctrina arcaica al decir que el Ego (Nous) es eterno con la Deidad; que el alma sola pasa por varios grados para alcanzar la excelencia divina, mientras que thumos vuelve a la tierra, y hasta el phren, el Manas inferior, queda eliminado. Además define Platón el alma (buddhi) como “el movimiento capaz de moverse a sí mismo”. “El alma –añade (Leyes X)– es la más antigua de todas las cosas, y el principio, del movimiento”; llamando así a Âtmâ–Buddhi, “alma”, y a Manas, “espíritu”, lo que no hacemos nosotros.
“El alma fue creada antes que el cuerpo, y éste es posterior y secundario, siendo, según la naturaleza, gobernado por el alma.” “El alma, que rige todas las cosas que se mueven en cada dirección, rige igualmente los cielos. El alma, por lo tanto, gobierna todas las cosas en el cielo y en la tierra, así como en el mar, por sus movimientos, cuyos nombres son: querer, considerar, vigilar, consultar, formar opiniones justas y erróneas, tener alegría, pena, confianza, miedo, odio, amor, junto con todos aquellos movimientos primitivos que están unidos a éstos. Siendo una diosa, siempre tiene a Nous, un dios, por aliado, y ordena todas las cosas correcta y felizmente; pero cuando se une a Annoia (no a Nous), trabaja en todas las cosas en opuesto sentido.”
En este lenguaje, así como en los textos buddhistas, se considera lo negativo como existencia esencial. El aniquilamiento está explicado de un modo semejante. El estado positivo es el ser esencial, pero, no la manifestación como tal. En lenguaje Buddhista, cuando entra el espíritu en el Nirvana, pierde la existencia objetiva, pero conserva el ser subjetivo. Para las inteligencias objetivas, esto es convertirse en absolutamente nada, y para las subjetivas, en NINGUNA COSA, en nada que pueda ser manifestado a los sentidos. Por consiguiente, su Nirvana significa la certidumbre de la inmortalidad individual en espíritu, no en alma, la cual, si bien es “la más antigua de todas las cosas”, es, sin embargo, en unión con todos los demás Dioses, una emanación finita en formas e individualidad, si no en substancia.
No comprendo bien aún la idea, y os agradecería la desarrollaseis por medio de algunos ejemplos.

No cabe duda que es muy difícil de comprender, y especialmente para el que ha sido educado en las ideas ortodoxas comunes de la Iglesia Cristiana. Debo además deciros que, a no ser que hayáis estudiado perfectamente las funciones separadas asignadas a todos los “principios” humanos, y el estado de todos ellos después de la muerte, difícilmente comprenderéis nuestra filosofía Oriental.


sábado, 22 de noviembre de 2014

LA LEY DEL SACRIFICIO

LA  LEY  DEL  SACRIFICIO


El estudio de la ley del Sacrificio sigue, naturalmente, al estudio de la ley kármica; y como observaba un Maestro, es igualmente necesario para el mundo conocer una y otra.

Por un acto de sacrificio espontáneo se manifestó el Logos para emanar el Universo; por el sacrificio alcanza el hombre la perfección.

El indo recordará las primeras palabras del Brihadâranyakopanishad, proclamando que el Alma universal nace del sacrificio; el discípulo de Zoroastro, recordará que Ahura—Mazda produce también de un acto de sacrificio; el cristiano, en fin, recordará el Cordero (símbolo del Logos) inmolado desde el origen del mundo.
Síguese de aquí, que toda religión procedente de la Sabiduría Antigua tiene como enseñanza fundamental el sacrificio, y que en la ley del sacrificio radican algunas de las más profundas verdades del ocultismo.

Tratando de comprender, aunque imperfectamente, cual es la naturaleza del sacrificio del Logos, podeos evitar el general error de considerar el sacrificio como algo esencialmente penoso, ya que por esencia es una efusión espontánea y gozosa de la vida a fin de que otros puedan participar de ella.
No sobreviene el dolor, a menos que en el ser que sacrifica haya desacuerdo entre la naturaleza superior, cuyo gozo consiste en dar, y la inferior  cuya satisfacción es recibir y guardar.
Sólo este desacuerdo introduce el elemento dolor; y en la perfección suprema, en el Logos, no puede haber desacuerdo.
El Único es el acorde perfecto del Ser, síntesis de infinitos acordes melodiosos, donde la vida, la sabiduría y la belleza se funden en la tónica una de la existencia.

Al objeto de manifestarse, se impone el Logos un límite a su vida infinita.
Esto es lo que se llama un sacrificio.

Simbólicamente en el océano de la luz infinita cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en  ninguna, surge una esfera inmensa, llena de luz viva, un Logos; y la superficie de esta esfera es la voluntad que ha de limitarse a sí misma a fin de producir su manifestación; es el velo en que se envuelve a fin que en el interior pueda tener forma el universo.
(Esto es, el poder de auto—limitación por el cual se crean todas las formas.  Su vida aparece  como Espíritu, su Mâyâ como Materia, siendo ambos inseparables mientras dura la manifestación.)
Este universo, por el que se efectúa el sacrificio, no existe aún; su futuro SER yace en la “MENTE” del Logos.
A él debe su concepción y deberá su vida múltiple.

LA DIVERSIDAD NO PUEDE SURGIR EN EL “INDIVISIBLE BRAHMANA”
SINO POR EL SACRIFICIO VOLUNTARIO DEL SER DIVINO
AL IMPONERSE FORMA A FIN DE EMANAR  MIRÍADAS DE ELLAS
DOTADAS CADA UNA DE UNA CHISPA DE SU VIDA Y SUSCEPTIBLE
POR ELLO DE EVOLUCIONAR HASTA SU IMAGEN PERFECTA”.

Se ha dicho:
“El sacrificio primordial de que procede el nacimiento de los seres se llama “Karma”.

Y este paso a la actividad fuera del reposo perfecto, de la existencia en sí, se ha reconocido siempre como sacrificio del Logos.
Este sacrificio se perpetúa a través de la duración del Universo, porque la vida del Logos es el único sostén de cada vida separada.
El mismo circunscribe su vida en cada una de las formas infinitas que engendra, soportando todas las restricciones y limitaciones que implica cada una.

De cualquiera de ellas puede resurgir, no importa en qué momento, el señor infinito, llenando con su gloria el Universo; pero sólo por una sublime paciencia, por una expansión lenta y gradual, puede desa-rrollarse cada forma hasta ser, como Él, un centro independiente de ilimitado poder.
Por esto se encierra en formas, y soporta toda imperfección hasta que su criatura alcanza la perfección y es semejante a Él, y una con Él, conservando intacto el hilo de su memoria individual.

Esta efusión de la vida del Logos en las formas, constituye parte del sacrificio original y entraña la dicha del Padre Eterno al enviar sus hijos al mundo en forma de vidas separadas, a fin de que cada una pueda envolver una identidad imperecedera y acordar su nota en armonía con las demás para entonar el himno eterno de felicidad, inteligencia y vida.
Esto indica la naturaleza esencial del sacrificio, cualesquiera que sean los elementos que se entremezclen en esta noción fundamental.

El sacrificio es la efusión espontánea de la vida divina, a fin de hacer de ella partícipes a los demás seres, de traer otros a la existencia y de mantenerlos hasta que puedan subsistir por sí mismos, y esto es expresión de la alegría divina.

Porque siempre es gozoso el ejercicio de la actividad como expresión de la potencia del operante.
El pájaro goza entonando sus gorjeos, y vibra entusiasmado por su canto.
El pintor se regocija en las creaciones de su obra, en el plasmo de su idea.

La actividad esencial de la vida divina no puede ejercerse sino en don, puesto nada hay que pueda recibir. Si necesita ser activa (y toda vida manifestada es movimiento activo) debe necesariamente efundirse. De aquí que el signo del espíritu sea el don, porque el espíritu es la vida divina activa en todas las formas.

Pero la actividad esencial de la materia consiste, por otra parte, en recibir; y al recibir las influencias vitales se organiza en formas mantenidas por la continuidad de dichas influencias que al cesar las disgregan. Toda la actividad de la materia tiene este carácter receptivo, y sólo por recibir subsiste como forma; por esto siempre toma, sujeta y retiene. La persistencia de la forma depende de su poder de abarque y contención. Así atraerá hacia ella todo cuanto pueda, cediendo de mal grado lo que haya de dejar. Tener y retener es su única alegría, y el dar es muerte para ella.

Fácilmente podemos ahora ver cómo surge la idea de que el sacrificio fue sufrimiento. Mientras la vida divina se deleita en el ejercicio de su actividad con la donación, aun cuando incorporada en una forma no cuida de si esta forma perece por el don y preocupase únicamente de que es una expresión pasajera y un medio de su individual crecimiento. Por el contrario, la forma que siempre escapársele las fuerzas vitales clama angustiada y ejerce su actividad en retener la vida, resistiendo a la corriente de difusión.
El sacrificio disminuye las energías vitales que la forma reclama como suyas, agotándolas totalmente, deja que la forma perezca. En el mundo inferior, éste es el único aspecto cognoscible del sacrificio; y la forma, al verse próxima al suplicio, grita temerosa de su agonía. ¿Qué hay de sorprendente, pues, en que los hombres, cegados por la forma, hayan identificado el sacrificio con la agonizante forma en vez de con la vida libre que se entrega exclamando alegremente: “Heme aquí, ¡OH Dios!, a tu voluntad sometido y por ello gozoso” ¿Qué hay, además de sorprendente en que los hombres, conscientes de sus naturalezas superior e inferior e identificándose sin embargo con ésta más que con aquélla, hayan sentido las angustias de la naturaleza inferior, de la forma, con angustias propias, sintiendo que ellos aceptan el sufrimiento al resignarse a una voluntad más alta, y consideren el sacrificio como la aceptación devota y resignada del dolor? Mientras el hombre, en vez de identificarse con su vida, se confunda con la forma, no podrá eliminar del sacrificio el elemento dolor. Pero el dolor no puede subsistir en un ser perfectamente armonizado, porque la forma es entonces el vehículo perfecto de la vida que con igual complacencia recibe o abandona. El dolor cesa al cesar la lucha, porque el sufrimiento procede de traqueteos, frotaciones y movimientos antagónicos, y cuando la naturaleza opera en perfecta armonía no existen las condiciones de que el dolor dimana.

Siendo así la ley del sacrificio la evolución de la vida en el universo, vemos que cada peldaño de la escala se franquea por el sacrificio. Así la vida se efunde para renacer en una forma más elevada, mientras muere la forma que la contiene. Aquellos cuya mirada se detiene en las formas perecederas no ven en la naturaleza sino un gran osario; pero quienes ven que el alma inmortal escapa para animar formas nuevas y más elevadas, escuchan en todo instante el gozoso himno de la renaciente vida.

En el reino mineral, la Mónada evoluciona por la ruptura de sus formas para la producción y mantenimiento de las plantas. Los minerales se disgregan a fin de que sus materiales puedan reconstruir las formas vegetales. La planta sacas del suelo sus elementos nutritivos, disociándolos y asimilándolos a sus propias substancias. Así las formas minerales perecen a fin de que los vegetales crezcan; y esta ley de sacrificio esculpida en el reino mineral, es la ley de la evolución de toda vida y toda forma. La vida pasa y la Mónada evoluciona para producir el reino vegetal, siendo el perecimiento de las formas inferiores condición indispensable para la aparición y mantenimiento de las superiores.

El proceso se repite en el reino vegetal, cuyas formas quedan a su vez sacrificadas para que puedan producirse y crecer las formas animales. En todas partes, hierbas, semillas y árboles perecen para que el mantenimiento de los cuerpos animales; sus tejidos se disgregan a fin de que el animal pueda asimilarse los materiales que los componen para edificar su cuerpo. De nuevo la ley del sacrificio rige en el mundo y esta vez en el reino vegetal. La vida subsiste y las formas perecen. La Mónada evoluciona para producir el reino animal, y los vegetales se sacrifican a fin de que las formas animales puedan engendrarse y mantenerse.

Hacia aquí la idea del sufrimiento apenas se asocia a la del sacrificio, pues como visto en el curso de nuestro estudio, los cuerpos astrales de las plantas no están suficientemente organizados para las sensaciones agudas de placer o de dolor. Pero cuando consideramos la ley del sacrificio en el reino animal, no podemos por menos de reconocer que el dolor se asocia a la ruptura de las formas. Puede decirse que la suma de dolor ocasionado cuando, en “el estado de naturaleza”, un animal hace a otro presa suya, es comparativamente insignificante en cada caso particular, habiendo, sin embargo, dolor; y en verdad se puede decir también, que en el papel que desempeña ayudando a la evolución de los animales, acrecienta el hombre considerablemente ese dolor vigorizando los instintos depredatorios de los animales carnívoros en vez de debilitarlos. Sin embargo, no es él quien ha infundido estos instintos en el animal, aunque los haya puesto a su propio servicio para sus propósitos; y en innumerables variedades de animales carniceros en cuya evolución no ha ejercido el hombre influencia directa, las formas se sacrifican para el mantenimiento de otras como en el reino mineral y vegetal. La lucha por la existencia siguió su curso desde mucho antes que el hombre apareciese sobre la escena y acelerase la evolución de la vida y de las formas, mientras el dolor inherente a la destrucción de las formas comenzaba su larga tarea; hacer sentir a la Mónada evolutiva el carácter transitorio de todas las formas que perecen y la vida que subsiste.

La naturaleza inferior del hombre ha evolucionado según la misma ley de sacrificio que rige en los bajos reinos. Pero con la efusión de la vida divina que da la Mónada humana, sobreviene un cambio en la manera de operar la ley del sacrificio como ley de vida. En el hombre, es preciso desenvolver la voluntad, la energía automotora, la iniciativa. El impulso que fuerza en los reinos inferiores el curso de la elevación, no puede emplearse aquí sin paralizar el crecimiento de ese poder nuevo y esencial.
No se pide al mineral, ni a la planta ni al animal la aceptación de la ley del sacrificio como ley de vida escogida voluntariamente. Se le impone desde el exterior e impele a su desarrollo por necesidad ineludible.
Pero el hombre debe tener la libertad de escoger, indispensable para su desarrollo de una inteligencia dotada de conciencia y discernimiento. Entonces surge el siguiente problema: “¿Cómo esta criatura libre en escoger, ha de aprender, sin embargo, a escoger la ley de sacrificio, cuando se halla aún en estado de organismo sensible, temiendo al dolor, que es inevitable en la ruptura de las formas?

La experiencia de muchas eternidades, analizada por una criatura de inteligencia continuamente creciente, habría podido, sin duda, llevar al hombre a descubrir que el sacrificio es la ley fundamental de la vida. Pero en esto, como en tantas otras cosas, no quedó sin ayuda y abandonado a sus propios esfuerzos. Los divinos Instructores estaban allí, al lado del hombre, en su infancia. Proclamaron con autoridad la ley del sacrificio, y en forma rudimentaria fue incorporada a las religiones en que se sirvieron educar a la naciente inteligencia de los hombres. Inútil era exigir de aquellas almas infantiles un abandono espontáneo de los objetos que les parecían más apetecibles; objetos cuya posesión garantizaba su existencia formal. Había que conducirlos por un camino destinado a elevarlos seguramente, pero por grados, hasta las alturas sublimes del sacrificio voluntario. A tal fin se les enseñó que no eran unidades aisladas, sino que como parte de un conjunto mayor, su vida estaba ligada a otras vidas así inferiores como superiores; pero su vida física estaba mantenida por las vidas inferiores, por la tierra y por las plantas, cuyo consumo  constituía para la naturaleza un crédito que tenían que saldar. Viviendo del sacrifico de los demás seres, necesitaban sacrificar en cambio algo que pudiera mantener otras vidas. Nutridos, debían nutrir. Y puesto que cosechaban los frutos producidos por la actividad de las entidades astrales presentes en la naturaleza física, tenían que compensar con ofrendas adecuadas, las fuerzas gastadas en su provecho. De aquí todos los sacrificios ofrecidos e esas fuerzas, como les llama la ciencia, o según la constante enseñanza de las religiones, a esas inteligencias directoras de la naturaleza física. El fuego disgrega rápidamente  la materia física y densa y restituye al éter las partículas etéreas de la ofrenda consumida. Las partículas astrales quedan, pues, fácilmente libertadas para que se las asimilen las entidades astrales encargadas de sostener la fertilidad de la tierra y asegurar el crecimiento de las plantas. Así se mantiene el movimiento cíclico de la producción y el hombre aprende que está constantemente incurso en deuda con la naturaleza y que debe constantemente satisfacerla. El sentimiento de la obligación queda así implantado y nutrido por el espíritu y el pensamiento humano recibe el estigma del deber hacia todo, hacia la naturaleza nutridota. Este sentimiento de obligación aliase estrechamente con la idea de que el cumplimiento del sacrificio es necesario al bienestar del hombre; y el deseo de prosperidad continua le lleva  pagar su deuda. No es todavía sino un alma infantil, que aprende las primeras lecciones, y esta lección de interdependencia de las vidas, de la vida de cada ser dependiente del sacrificio de los demás, tiene capital importancia para su desarrollo. No puede todavía experimentar la divina dicha de dar; es preciso que antes venza la repugnancia de la forma a dejar todo lo que la alimenta. El sacrificio se identifica, pues, en el hombre primitivo, con el abandono de una cosa estimada; abandono provocado por el sentimiento de la obligación, por una parte, y por otra, por el deseo de continua prosperidad.

La lección siguiente traslada la recompensa del sacrificio a una región más allá del mundo físico. Primeramente el sacrificio de los bienes materiales debe asegurar el bienestar material; luego el sacrificio de esos mismos bienes materiales ha de proporcionar dicha en el cielo más allá de la muerte. La recompensa ofrecida al sacrifico es naturaleza más elevada, y el hombre aprende que un bien relativamente permanente puede adquirirse por el sacrificio de un bien relativamente transitorio: lección importante que conduce al discernimiento. La sujeción de la forma a los objetos físicos se trueca en apego a las dichas celestes. En todas las religiones exotéricas vemos empleados por los sabios este procedimiento de educación. Demasiados sabios para esperar de las almas jóvenes el heroísmo sin recompensa, se contentan con sublime paciencia a animar dulcemente en la espinosa vía de la naturaleza inferior a los niños indisciplinados confiados a su custodia.

Gradualmente los hombres se ven inducidos a subyugar su cuerpo, a dominar su inercia por el cumplimiento metódico de cotidianos ritos religiosos, de carácter frecuentemente áspero; y sus actividades se reglamentan y canalizan en direcciones útiles.
Se ven impelidos a vencer la forma y a mantenerla sumisa a la vida, y el cuerpo adquiere el hábito de prestarse a obras caritativas y benévolas, obedeciendo a las exigencias de la voluntad aun cuando esta no se halle estimulada todavía sino por el deseo de recompensa en el cielo.
Podemos ver entre los indios, persas y chinos, como los hombres aprenden a reconocer sus múltiples obligaciones, a ofrecer por el cuerpo su sacrificio de obediencia y de veneración hacia los antepasados, los padres y los ancianos; a ser caritativos con delicadeza y buenos con todo el mundo.
Poco a poco los hombres se ven obligados a desenvolver en el más alto grado el heroísmo y la abnegación, como atestiguan los mártires que entregan con gozo sus cuerpos a las torturas del potro antes que apostatar de sus creencias y traicionar su fe. Esperan, en verdad, una “corona de gloria” en el cielo en recompensa del sacrificio de su forma física; pero ¿no es ya bastante haber vencido el apego a la forma física y haber hecho el mundo invisible de tan modo real que se le puede tomar por el visible?

La siguiente etapa se franquea cuando el sentimiento del deber está claramente establecido; cuando el sacrifico de lo inferior a los superior se considera como bueno en sí, independientemente de todo estímulo de recompensa en otro mundo; cuando se reconoce la obligación de la parte hacia el todo; y en fin, cuando el hombre siente que la forma que existe para el servicio de los demás, debe en completa justicia a servir a su vez sin derecho alguno de recompensa.

El hombre comienza entonces a comprender la ley de sacrificio como ley de la vida y a asociarse voluntariamente con ella. Comienza igualmente a distinguirse él mismo con su pensamiento de la forma que habita, para identificarse con la vida evolucionante. Esto le lleva por grados a experimentar cierta indiferencia por todas las actividades de la forma, menos por las consistentes en deberes que cumplir, y acaba por considerarlas a todas como simples instrumentos para la utilización de energías vitales debidas al mundo y no como acciones cuyo móvil sea el logro de un resultado. El hombre se eleva así hasta el punto antes ya señalado en este estudio, punto en donde cesa de engendrar el Karma que le sujeta a los tres mundos, y en donde se unce a la rueda de la existencia porque es preciso que gire, pero no a causa de los objetos deseables que su revolución le pueda procurar.

Más el pleno reconocimiento de la ley del sacrificio eleva al hombre más allá del plano mental donde el deber se considera como deber, como “lo que debe hacerse porque es debido”; y le transporta al plano más elevado de Buddhi, donde se siente la unidad de todos los “yos” y todas las energía se despliegan en provecho de todos y no de un yo separado. Únicamente en este plano se siente la ley de sacrifico como delicioso privilegio, en vez de reconocerse sólo por la inteligencia como verdadera y justa. En el plano búdico el hombre ve claramente que la vida es una, que el Logos deriva perpetuamente en libre efusión de amor, y que la existencia aislada no puede ser sino mezquina y pobre, sin hablar de la ingratitud que apareja. Allí, el corazón se lanza completamente hacia el Logos en potente impulso de amor y de adoración, y se entrega en gozosa renuncia a fin de ser una de las vías por donde su vida descienda e irradie sobre el mundo para ser portador de su Luz, un mensajero de su compasión, un operario de su reino, como única vida digna de vivirse para acelerar la evolución humana, servir a la Buena Ley, y aliviar un poco la carga del Seño mismo.

Únicamente en este plano puede obrar el hombre como uno de los Salvadores del mundo, porque allí es uno con los “yos” de todos. Identificado con la humanidad una, su fuerza, su amor y su vida pueden dirigirse hacia cualquiera de los “yos” separados o hacia todos. Se ha convertido en fuerza espiritual y acrecienta la energía espiritual disponible en el sistema del mundo al añadir su propia vida.

Las fuerzas que antes empleara en los mundos físico, astral y mental en busca de satisfacciones para su yo separado, se reúnen para un acto de sacrificio, y transformas así en energía espiritual, se difunden por todo el mundo como oleada de vida espiritual. Esta transformación se efectúa según el motivo que determina el plano en el cual se descarga la energía.

Si el hombre tiene por motivo el logro de objetos físicos, la energía descargada opera sólo en el plano físico; si desea objetos astrales, descarga la energía en el plano astral; y si busca goces mentales, su energía funciona en el plano mental. Pero si se sacrifica para ser un canal de vida del Logos, descarga la energía en el plano espiritual, y esta energía opera en todos los lugares con potencia y sutilidad de fuerza espiritual. Para un hombre semejante, la acción y la inacción vienen a ser lo mismo. Ocupa con gozo el lugar que se le ofrece, porque el Logos es idéntico en todo lugar y en toda acción. Puede dirigirse hacia toda forma y en toda acción. Puede dirigirse hacia toda forma y obrar en todo sentido porque no conoce ni escoge ni diferencia.

Por el sacrificio se ha hecho su vida una con la del Logos y ve a Dios en todo y todo en Dios. ¿Qué le importan los lugares o la forma, si el mismo es la vida consciente? “Nada tiene, y posee todas las cosas”; nada pide y el universo entra en él. Su vida es dichosa, porque es uno con su Señor bienaventurado; al utilizar la forma para el servicio sin sujetarse a ella, “pone fin al dolor”

Los que comienzan a comprender las maravillosas posibilidades ofrecidas al que se asocia voluntariamente a la ley del sacrificio, experimentarán sin duda el deseo de comenzar esta asociación voluntaria antes de poder elevarse a las alturas cuya vaga descripción acabamos de hacer. Como toda verdad espiritual profunda, el sacrifico es eminentemente práctico en su aplicación a la vida cotidiana, y quien comprende su belleza puede efectuarlo sin vacilar.

Una vez tomada la resolución de comenzar la práctica del sacrificio, el hombre debe señalar con un acto de sacrificio el comienzo de cada jornada.
Antes de que comience la labor del día, él mismo será la ofrenda hecha a Aquél a quien consagro su vida.
Así que despierte, su primer pensamiento será la consagración de toda su fuerza a su Señor.
Luego ofrecerá en servicio todos los pensamientos, palabras y acciones de la vida diaria, efectuándolo no por el fruto que reporte, ni como un deber, sino por ser en aquel instante la mejor manera de servir a Dios.
Todo lo que ocurra lo aceptará como expresión de su voluntad. Gozo, pena, inquietud, éxito, derrota, toda cosa debe bien recibirla como indicadora del camino de su servicio.

Recibe con gozo las cosas que le llegan y las ofrece en sacrificio; las que se van, las pierde con gozo; puesto que se van, es que el Señor las necesita.
Todas las potencias de que el ser dispone se consagran con gozo al servicio; cuando le faltan, acepta la privación con ecuanimidad dichosa; puesto que han dejado de ser disponibles; no tendrá ya que emplearlas.
Igualmente el sufrimiento inevitable, fruto de un pasado no redimido aún, puede transformarse por la aceptación en sacrificio voluntario.
El hombre que voluntariamente acepta este sufrimiento puede ofrecerlo en don, y transformarlo así en fuerza espiritual.

Cada vida humana depara ocasiones innúmeras de realizar la ley del sacrificio y cada vida se convierte en una potencia a medida que las ocasiones surgen y se utilizan. Sin ninguna expansión de su conciencia en estado de vigilia, el hombre puede llegar a ser un trabajador en los planos espirituales, porque descarga en ellos energía que desde allí se esparcen profusamente en los mundos inferiores.

Su renunciamiento aquí abajo, en su conciencia inferior, aprisionada en el cuerpo, despierta responsivos estremecimientos de vida en el aspecto búdico de la Mónada, que es su verdadero Yo y acelera la época en que esta Mónada será el Ego espiritual que, por su propia iniciativa, gobierne y rija todos los vehículos, empleándolos a voluntad según la obra que quiera cumplir.
Ningún otro método asegura un progreso tan rápido ni tan pronta manifestación de todas las potencias latentes en la Mónada, como la comprensión y práctica de la ley del sacrificio. Por esto ha sido llamada por un Maestro “La Ley de la Evolución del Hombre”.

Tiene, en verdad, aspectos más profundos y más místicos que todos los que se han estudiado aquí; pero estos se revelarán, sin palabras, al corazón tranquilo y amante cuya vida es por completo una ofrenda y sacrificio. Pertenece al orden de cosas que nos sino oídas en la calma interior; una de estas enseñanzas que sólo la “Voz del Silencio” puede exponer. Entre estas enseñanzas también se encuentran las profundísimas verdades que tienen raíz en la Ley del Sacrificio.




(Tomado del libro: La Sabiduría Antigua)