martes, 25 de agosto de 2015

CLARIVIDENCIA, (Parte 8)

CLARIVIDENCIA
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(Parte 8)

Clarividencia semi-intencional
Bajo este título, algo curioso, agrupo los casos de todas las personas que definidamente se proponen ver algo, pero sin tener idea de lo que será y sin dominio alguno sobre la vista, una vez que han principiado a ver -psíquicos que se colocan en condiciones receptivas y luego esperan sencillamente a que pase algo-. Muchos médiums en trance caen bajo esta denominación; se hipnotizan a sí mismos de algún modo, o son hipnotizados por un «espíritu protector», y luego describen las escenas o personas que se ponen al alcance de su visión. Algunas veces, sin embargo, hallándose en este estado, ven lo que sucede a distancia, y de este modo entran en la denominación de «clarividentes en el espacio».
Pero la clase más numerosa y más generalizada de estos clarividentes semi-intencionales, la constituyen los diversos «miradores por cristales», los que, como describe Andrew Lang,
«miran dentro de una bola de cristal, en un espejo, en una burbuja de tinta (Egipto e India),
en una gota de sangre (entre los maoríes de Nueva Zelanda),
en una vasija de agua (pieles rojas),
en un estanque (romanos y africanos),
en agua en una vasija de cristal (en Fez), y en casi toda superficie pulimentada» (Sueños y fantasmas).
Dos páginas más adelante, Lang nos presenta un buen ejemplo de la clase de visión que más generalmente se obtiene por estos métodos.
«Yo había dado una bola de cristal –dice- a una tal señorita Baillie, que no tuvo éxito. Ésta la prestó a la señorita Leslie, la cual vio un antiguo sofá de color rojo, largo y cuadrado, cubierto de muselina, que había visto en otra casa de campo que había visitado. El hermano de la señorita Baillie, un joven atleta, se rió de estos experimentos, se llevó la bola a su estudio y volvió muy pálido y turbado. Dijo que había visto una visión, alguien a quien conocía, bajo una lámpara, que en aquella misma semana sabría si lo que había visto era verdadero o falso. Esto sucedía a las cinco y media de la tarde de un domingo.
El martes siguiente, el señor Baillie se hallaba en un baile, a unas cuarenta millas de su casa, y se encontró con una tal señorita Preston.
-El domingo pasado -le dijo-, a eso de las cinco y media, se hallaba usted sentada bajo una lámpara de pantalla, con un vestido que nunca le he visto, una blusa azul con lazos en los hombros, llenando una taza de té para un hombre vestido de sarga azul, con la espalda vuelta hacia mí, de suerte que no pude vede más que las guías del bigote.
-Es indudable que las persianas debieron estar levantadas -dijo la señorita Preston.
-Yo estaba en Dulby -replicó Baillie.
Y, efectivamente, era verdad.»
Este es un caso perfectamente típico de la visión por cristales: el cuadro exacto en todos sus detalles, como veis, y, sin embargo, absolutamente sin importancia, y sin tener significado alguno aparente para nadie, excepto que sirvió para probar a Baillie que realmente había algo de verdad en la visión por cristales. Quizá lo más general sea que las visiones tiendan al aspecto romántico: hombres con vestidos extraños o vistas hermosas y por lo general desconocidas.
Ahora bien: ¿cuál es el fundamento de esta clase de clarividencia? Como he indicado antes, pertenece generalmente al tipo de la «corriente astral», y el cristal o cualquier otro objeto actúa simplemente como foco para el poder de la voluntad del que mira, como un punto de partida conveniente para un tubo astral. Hay algunos que pueden influir en lo que ven con su voluntad, esto es, que tienen el poder de dirigir como quieren su telescopio; pero la mayor parte no pasan de formar un tubo fortuito y ver lo que quiera que se presenta al otro extremo.
Algunas veces puede ser una escena relativamente próxima, como en el caso que acabamos de referir; en otras, una vista oriental lejana; en otras puede ser una reflexión de algún fragmento de anales akáshicos, y entonces el cuadro contendrá figuras con vestidos antiguos, y el fenómeno pertenecerá a nuestra gran división de «clarividencia en el tiempo». Se dice que algunas veces se ven visiones del porvenir en los cristales: otro desarrollo a que nos referimos más adelante.
He visto a un clarividente usar, en lugar de la ordinaria superficie brillante, una negra y mate, producida por una cantidad de polvos de carbón en una salsera. En verdad, no parece que tenga gran importancia lo que se use como foco, excepto que el cristal puro tiene una ventaja indudable sobre otras sustancias, en cuanto su arreglo peculiar de esencia elemental lo hace especialmente estimulante de las facultades psíquicas.

Parece probable, sin embargo, que en los casos en que se emplea un objeto brillante, tal como un punto de luz, o la gota de sangre usada por los maoríes, se trate de un ejemplo de auto hipnosis. El experimento es muchas veces precedido o acompañado por ceremonias e invocaciones mágicas, de suerte que es muy probable que la visión que se obtenga pueda ser realmente algunas veces la de una entidad extraña, y así el fenómeno puede ser, después de todo, un caso de posesión temporal y en modo alguno de clarividencia.

Clarividencia no intencional
Bajo este título podemos agrupar todos aquellos casos en que las visiones de algún suceso que se esté verificando a distancia, se ven inesperadamente y sin ninguna clase de preparación.
Hay personas que son aptas para tales visiones, mientras que hay muchas otras a quienes semejante cosa sólo les pasa una vez en la vida.
Las visiones son de todas clases, así como de todos grados de perfección, y aparentemente son     producidas por varias causas. Algunas veces la razón de la visión es patente, y el asunto de la misma de gran importancia; otras veces no se descubre razón alguna, y los sucesos que se muestran parecen de la naturaleza más trivial. Algunas veces estos vislumbres de la facultad suprafísica vienen como visiones en estado de vigilia, y otras se manifiestan durante el sueño, como sueños vívidos o a menudo repetidos. En este último caso la vista empleada es usualmente de la clase asignada a nuestra cuarta subdivisión de clarividencia en el espacio; pues el durmiente ve muchas veces en su cuerpo astral a un punto estrechamente relacionado con sus intereses o afecciones, y simplemente observa lo que tiene lugar allí; en el primer caso parece probable que lo que se pone a contribución es el tipo de clarividencia, por medio de la corriente astral; pero entonces la corriente o tubo es formada de un modo por completo inconsciente, y es casi siempre el resultado automático de un pensamiento o emoción fuerte, proyectado de un extremo o del otro, bien sea desde el vidente o desde la persona que se ve.
El plan más sencillo será el de exponer algunos ejemplos de las diferentes clases, intercalando las explicaciones que sean necesarias. Stead ha reunido una serie numerosa y variada de casos recientes y auténticos en su Real Ghost Stories, y elegiré algunos de mis ejemplos entre ellos, condensándolos algunas veces para ganar espacio.
Hay casos en que es patente para cualquier estudiante de teosofía, que el ejemplo excepcional de clarividencia fue especialmente producido por uno de la asociación que hemos llamado de «auxiliares invisibles», a fin de que pudiese ser auxiliado alguno que lo necesitase mucho. A esta clase, indudablemente, pertenece la historia referida por el capitán Yount, del valle de Napa, en California, al doctor Bushnell, quien lo repite en su Nature and the Supernatural:
Hace cosa de seis o siete años, en una noche de mitad del invierno, tuvo un sueño en que vio lo que parecía una partida de emigrantes, detenidos por las nieves de las montañas, y pereciendo rápidamente de frío y hambre. Observó el aspecto mismo del lugar señalado por el enorme corte perpendicular de una colina de rocas; vio a los hombres cortando lo que parecía copas de árboles que sobresalían de profundos abismos de nieve; distinguió las facciones mismas de las personas, así como el sufrimiento particular de cada uno.
Se despertó profundamente impresionado por la claridad y aparente realidad del sueño. Por fin se durmió y volvió a soñar exactamente lo que la primera vez. A la mañana siguiente no podía apartarlo de su imaginación. Encontrándose, poco después, con un antiguo camarada de caza, le refirió la historia, quedando aun más impresionado ante él reconocimiento, sin vacilación, por su amigo, de la escena del sueño. Este camarada había atravesado la sierra por el paso del valle Carson, y declaró que cierto lugar del paso correspondía exactamente a esta descripción. Ante esto el antisofístico patriarca se decidió. Reunió inmediatamente una partida de hombres, con mulas y mantas y todas las provisiones necesarias. Los vecinos se reían de su credulidad.
-No importa -decía-, puedo hacer esto y lo hago, pues en verdad creo que los hechos son tales como en mi sueño.
Los hombres fueron enviados a las montañas a una distancia de ciento cincuenta millas, directamente al paso del valle Carson, y allí encontraron la partida exactamente en el estado del sueño, rescatando a las que aún permanecían con vida.»
Puesto que no se dice si el capitán Yount acostumbraba tener visiones, parece claro que algún auxiliar, observando el estado desesperado de la partida de emigrantes, llevó a la persona, impresionable y adecuada por otros conceptos, que más cerca estaba (que sucedió ser el capitán) al lugar en cuestión, en cuerpo astral, y le despertó lo suficiente para fijar firmemente la escena en su memoria. El auxiliar es posible que construyera una «corriente astral» para el capitán; pero lo más probable es que fuera lo primero. De todos modos, el motivo, y sobre todo el método de la obra, son bastante claros en este caso.
Algunas veces la «corriente astral» puede ponerse en actividad por un fuerte pensamiento emocional al otro extremo de la línea, y esto puede suceder aun cuando el pensador no tenga semejante intención. En la historia, un tanto sorprendente, que voy a citar, es evidente que el lazo fue formado por el frecuente pensamiento del doctor en la señorita Broughton; sin embargo, era evidente que no tenía ningún deseo especial de ver lo que ella estaba haciendo en aquel momento. Que era el tipo de clarividencia de la «corriente astral» el empleado se demuestra por la fijeza del punto de vista de ella, que se observará no es el punto de vista del doctor, transferido simpáticamente (como pudo haber sido), puesto que ella ve su espalda sin reconocerle. Este relato se encuentra en los Proceedings oi the Psychical Research Society (vol. II, pág. 160):
«La señorita Broughton se despertó una noche en 1844 y llamó a su marido, diciéndole que algo terrible había pasado en Francia. Él le rogó que se volviese a dormir y no le importunase. Ella le aseguró que no dormía cuando vio lo que insistía en referirle; esto es lo que vio, en una palabra:
Primeramente, el accidente de un carruaje -que ella no vio por sí misma, sino el resultado-, un coche roto, una multitud reunida, una persona levantada con cuidado y llevada a la casa más próxima; luego una figura acostada en una cama, en quien luego reconoció al duque de Orleans. Gradualmente se reunían amigos alrededor de la cama, entre ellos varios individuos de la familia real, la reina, luego el rey, todos silenciosos, observando con pena al duque evidentemente moribundo. Un hombre (podía ver su espalda, pero no sabía quién era), que era un doctor, estaba inclinado sobre el duque tomándole el pulso, con su reloj en la otra mano y luego todo se desvaneció y no vio más.
Tan pronto como fue de día, escribió en su diario todo lo que había visto. Sucedía esto antes de los días del telégrafo eléctrico, y dos o más días pasaron antes de que el Times anunciara "La muerte del Duque de Orleans" Al visitar a París algún tiempo después, vio y reconoció el lugar del accidente y recibió la explicación de su visión. El doctor que atendía al moribundo duque era un antiguo amigo suyo, y en aquellos momentos su imaginación había estado constantemente ocupada con ella y su familia.»

Este es un ejemplo común en el que grandes afecciones forman la necesaria corriente; probablemente transcurre, en estos casos, entre ambas partes, una corriente firme de pensamiento mutuo, y alguna necesidad repentina o peligro inminente, de parte de uno de ellos, dota temporalmente a esta corriente del poder polarizador que se requiere para crear el telescopio astral. Citaremos un ejemplo, que ilustra estos casos, de la misma fuente: Proceedings (vol. 1, pág. 30):
«El 18 de septiembre de 1848, en el sitio de Mooltan, el mayor general R. C. B., entonces ayudante de su regimiento, fue gravísimamente herido, y suponiéndose moribundo, pidió a un oficial que le sacase la sortija del dedo y se la mandara a su esposa, que entonces se encontraba a una distancia de más de ciento cincuenta millas, en Ferozepore.
"En la noche del 9 de setiembre de 1848 -escribe su esposa- me hallaba acostada en la cama, entre vela y sueño, cuando claramente vi a mi marido conducido por el campo de batalla y gravemente herido, y oí su voz que decía:
-Sacadme esta sortija y enviadla a mi esposa.
Todo el siguiente día no pude desechar de mi mente la visión ni la voz.
A su debido tiempo supe por el general R. que había sido peligrosamente herido en el asalto de Mooltan. Sobrevivió, sin embargo, y vive aún. Algún tiempo después del sitio, supe por el general L., el oficial que ayudó a transportar a mi marido fuera del campo de batalla, que efectivamente le había hecho el encargo de la sortija, tal cual lo oí en Ferozepore en aquel mismo instante.»

Luego hay una clase muy numerosa de visiones clarividentes casuales, que no tienen causa conocida, que aparentemente carecen de todo significado y no tienen relación alguna reconocible con sucesos conocidos por el vidente. A esta clase pertenece gran parte de los panoramas que ven muchos en el momento de dormirse. Cito un relato muy interesante y realista de una experiencia de esta clase, de W. T. Stead, en su Real Ghost Stories:
«Me acosté en la cama, pero no pode dormirme. Cerré los ojos y esperé que viniera el sueño; sin embargo, en lugar de éste llegó una sucesión de cuadros clarividentes curiosamente vívidos. No había luz en la habitación, la cual estaba perfectamente a oscuras; yo también tenía los ojos cerrados. Pero a pesar de la oscuridad, tuve repentinamente conciencia de estar mirando una escena de hermosura singular. Era como si viese una miniatura viviente del tamaño de un cuadro de una linterna mágica. En este momento puedo recordar la escena como si la viese de nuevo. Era un trozo de costa. La luna brillaba sobre las aguas, cuyas olas morían lentamente en la playa. Precisamente enfrente de mí se extendía un muelle dentro del agua. A cada lado del muelle levantábase sobre el nivel del mar rocas irregulares. En la playa había varias casas cuadradas y toscas, que no se parecían a nada de lo que había visto de arquitectura. Nadie se movía, pero la luna estaba allí, y el mar, y el resplandor de la luna sobre sus agitadas aguas, tal como si estuviera mirando la escena real.
Era tan bello, que recuerdo haber pensado que si continuase, tan interesado me hallaba en mirar, que no me dormiría nunca. Yo estaba completamente despierto y, al mismo tiempo que veía la escena, oía claramente el ruido de la lluvia sobre los cristales de la ventana. Luego, repentinamente, sin objeto ni razón alguna aparentes, la escena cambió.
Desapareció el mar iluminado por la luna, y en su lugar me encontré mirando en el interior de un salón de lectura. Parecía como si por el día hubiese servido de escuela y se destinase por la noche a salón de lectura. Recuerdo haber visto un lector que tenía una curiosa semejanza con Tim Harrington, aunque no era él, quien con una revista o libro en la mano se reía. No era un cuadro, era la realidad.
La escena era exactamente como si estuviera mirando por unos gemelos de teatro; veía el juego de los músculos, el brillo de los ojos, todos los movimientos de las personas desconocidas del lugar, no menos desconocido, que estaba mirando. Veía todo sin abrir los ojos, ni éstos tenían relación alguna con la visión. Estas cosas se ven como si fuera con otro sentido que está más bien dentro de la cabeza que no en los ojos.
Esto fue una experiencia muy pobre y vulgar, pero me permitió comprender cómo ven los clarividentes mejor que todo género de explicaciones.
Los cuadros no tenían razón alguna de ser; no habían sido sugeridos por nada que hubiese leído ni de que hubiese hablado; se presentaron simplemente como si hubiese estado mirando por un cristal lo que estaba pasando en alguna parte del mundo. Tuve tiempo de echar una ojeada, y pasó, y no he vuelto a tener experiencia alguna de esta clase.» Stead considera esto como una «experiencia pobre y vulgar», y puede quizá serlo, comparada con posibilidades mayores; sin embargo, conozco muchos estudiantes que se considerarían muy afortunados con poder referir una experiencia personal semejante.
Por pequeña que en sí sea, proporciona desde luego al vidente la clave de toda la cosa, y la clarividencia sería una realidad viviente para cualquier hombre que viera otro tanto, de un modo que no hubiera podido realizarse sin este contacto con el mundo invisible.
Estos cuadros eran demasiado claros para ser meras reflexiones del pensamiento de otros; y, por otra parte, la descripción demuestra, sin género de duda, que eran vistas contempladas a través de un telescopio astral; de suerte que o bien Stead puso en actividad inconscientemente una corriente, o (mucho más probable) alguna amable entidad astral la puso en movimiento por él, proporcionándole, para entretener un rato de fastidiosa espera, cualquier cuadro que estuviese a mano al otro extremo del tubo.


CLARIVIDENCIA, (Parte 7)

CLARIVIDENCIA
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(Parte 7)

Viajando en el Mayavirûpa
Esta es, sencillamente, una forma más elevada, y, por decido así, más gloriosa de esta última clase de clarividencia.
El vehículo que se emplea no es ya el cuerpo astral, sino un sustituto fabricado para el caso con la sustancia del cuerpo mental del vidente; vehículo que, por lo tanto, pertenece al plano mental y que encierra en sí todas las potencialidades del maravilloso sentido devachánico, que es la síntesis de todos los sentidos, tan trascendente en su acción y, sin embargo, tan imposible de describir. El hombre que funciona en tal vehículo deja tras sí su cuerpo astral igualmente que el físico, y si desea mostrarse en el plano astral por alguna circunstancia, no acude para ello a su propio cuerpo astral, sino que por medio de un acto propio se construye uno para el momento.
La inmensa ventaja que se obtiene con la adquisición de este poder es la facultad de entrar en toda la gloria y hermosura de la región superior de la dicha, y la posesión, aun cuando se actúe en el plano astral, de un sentido mucho más comprensivo, que le abre perspectivas de conocimientos maravillosos y prácticamente hace imposible el error.
Este vuelo superior, sin embargo, se halla al alcance sólo del hombre ejercitado, puesto que la construcción del mayavirûpa necesita, la primera vez, de la ayuda de un Maestro competente.

Antes de abandonar el asunto de la clarividencia completa e intencional, será conveniente que dediquemos unas cuantas palabras a contestar una o dos preguntas respecto de sus limitaciones, que constantemente se les ocurren a los estudiantes. ¿Es posible, se nos pregunta a menudo, que el vidente encuentre cualquier persona con quien desee comunicarse en cualquier parte del mundo, ya se halle entre los vivos, ya entre los muertos?
La contestación debe ser condicionalmente afirmativa. Sí, es posible encontrar cualquier persona, si el experimentador puede, de algún modo, ponerse en relación con esa persona. Sería inútil sumergirse vagamente en el espacio para encontrar una persona completamente extraña entre los millones que nos rodean, sin ninguna clase de clave; pero, por otra parte, bastaría ordinariamente para el éxito una ligera clave.
Si el clarividente sabe algo acerca de la persona que busca, no tendrá dificultad en encontrarla, pues cada hombre tiene lo que pudiera llamarse una cuerda musical propia, una cuerda que es su expresión como un todo, resultante, quizá, de una especie de término medio de los grados de vibración de todos sus diferentes vehículos en sus planos respectivos. Si el operador sabe cómo distinguir esta cuerda y tocarla atraerá por vibración simpática, la atención de las personas de un modo instantáneo y dónde quiera que esté, despertando en él una respuesta inmediata.
Que el hombre pertenezca a los vivos o que haya muerto recientemente, no hace diferencia alguna, y la clarividencia de la quinta clase puede encontrarlo desde luego aun entre los incontables millones del estado devachánico, aunque en este caso el hombre estaría inconsciente de que se hallaba bajo observación. Naturalmente, un vidente, cuya conciencia no pasase más allá del plano astral-y que, por tanto, emplease uno de los métodos anteriores de videncia-, no podría en modo alguno encontrar una persona en el plano devachánico; sin embargo, aun así podría al menos decir que la persona que buscaba estaba en aquel plano, por el mero hecho de que el toque de la cuerda hasta en el nivel astral no producía respuesta alguna.
Si el hombre que se buscase fuese desconocido del investigador, este último necesitaría de algo que tuviese relación con él y que le sirviese de clave: una fotografía una carta escrita por él, una prenda suya que estuviese impregnada de su magnetismo personal; cualquiera de estas cosas sería suficiente en manos de un vidente práctico.
De nuevo repito, que no por esto debe suponerse que los discípulos que han sido enseñados a emplear este arte, están en libertad de establecer una especie de oficina de inteligencia astral, por medio de la cual puedan obtenerse comunicaciones con parientes perdidos o ausentes. Un mensaje del lado de acá, de esta naturaleza, podría o no ser llevado, según las circunstancias; pero pudiera no traerse ninguna respuesta porque resultaría ser de los llamados fenómenos, algo que en el plano físico podría probarse ser un acto de magia.
Otra pregunta que se hace a menudo, es si en la acción de la vista psíquica hay alguna limitación por la distancia. La contestación parece que debe ser que no hay más limite que el de los planos respectivos: Debe tenerse presente que los planos astral y devachánico de nuestra tierra son tan definidamente suyos como lo es su atmósfera, aun cuando se extienden mucho más (aun considerándolos bajo el aspecto de nuestro espacio, de tres dimensiones) que el aire físico. Por consiguiente, ni el paso a otros planetas ni la vista detallada de los mismos, sería posible para cualquier sistema de clarividencia relacionado con estos planos. Es muy posible y fácil por lo que respecta a nuestra propia cadena de mundos para el hombre que puede elevar su conciencia al plano búdico; pero esto está fuera de nuestro presente asunto.
Sin embargo, puede obtenerse mucha información adicional acerca de otros planetas por medio de las facultades clarividentes que hemos descrito. Es posible hacer que la vista sea muchísimo más clara fuera de los constantes disturbios de la atmósfera terrestre, y no es muy difícil aprender a emplear una facultad aumentadora de inmensa potencia, de suerte que, aun por medio de la clarividencia ordinario, podrían obtenerse conocimientos astronómico s sumamente interesantes. En cuanto a lo que se refiere a esta tierra y a sus alrededores inmediatos, prácticamente no hay limitación.


CLARIVIDENCIA, (Parte 6)

CLARIVIDENCIA
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(Parte 6)

Por medio de la proyección de una forma de pensamiento
La habilidad de emplear este método de clarividencia implica un desarrollo algo más avanzado que el anterior, pues necesita cierto dominio en el plano mental.
Todos los estudiantes de teosofía saben que el pensamiento toma forma, en todo caso, en su propio plano, y en la mayor parte de los casos también en el plano astral; pero puede que no sea tan conocido que si un hombre piensa fuertemente en sí mismo como estando presente en un sitio dado, la forma que este pensamiento toma será una semejanza del pensador, que aparecerá en el sitio en cuestión.
Esencialmente esta forma debe componerse de la materia del plano mental, pero en muchísimos casos atraerá también alrededor de sí materia del plano astral, y de este modo se aproximará mucho más a la visibilidad. Ha habido, efectivamente, muchos casos en que ha sido vista por la persona pensada -muy probablemente por medio de la influencia magnética inconsciente que emana del pensador original-. Sin embargo, ninguna parte de la conciencia del pensador pasaría dentro de esta forma de pensamiento. Una vez que ha sido lanzada, se convierte, normalmente, en una entidad aparte; seguramente no del todo sin relación con su hacedor, pero sí prácticamente en lo que se refiera a recibir alguna impresión por su medio.
El tercer tipo de clarividencia consiste, pues, en el poder de mantener tanta relación y dominio como sean necesarios, sobre una forma de pensamiento acabada de crear, para que sea posible recibir impresiones por su medio.
En este caso las impresiones que esta forma recibiera serían transmitidas al pensador -no a lo largo de una línea telegráfica astral, como antes, sino por vibración simpática-. En el caso perfecto de clarividencia de esta clase, es casi como si el vidente proyectase una parte de su conciencia dentro de la forma de pensamiento, y la usase como una especie de avanzada desde la cual fuese posible la observación.
Ve casi tan bien como si él mismo estuviese en el lugar de su forma de pensamiento.
Las figuras que mire, le aparecerán como de tamaño natural y muy cerca, en lugar de diminutas y a distancia, como en el caso anterior; y le será posible cambiar su punto de vista si lo desea.
La clariaudiencia está quizá menos frecuentemente asociada con este tipo de clarividencia que con la anterior; pero en su lugar se posee hasta cierto punto una especie de percepción mental de los pensamientos y acciones de las personas que se ven.
Dado que la conciencia del hombre sigue en el cuerpo físico puede (aun cuando esté ejercitando esta facultad) oír y hablar, en tanto pueda hacerlo sin distraer su atención. En el momento en que falte intensidad a su pensamiento, toda la visión se desvanece y tendrá que construir una nueva forma de pensamiento para poder continuar su intento. Los ejemplos en que esta clase de vista se posee con alguna perfección por gente no ejercitada son, naturalmente, más raros que en el caso del tipo anterior, a causa del dominio mental que se requiere y de las fuerzas de naturaleza más fina que se emplean.

Viajando en el cuerpo astral
En este punto entramos en una variedad completamente nueva de la clarividencia, en la cual la conciencia del vidente no permanece en el cuerpo físico ni está muy relacionada con éste, sino que definidamente es transferida a la escena que se examina.
Aun cuando es indudable que envuelve peligros mayores para el vidente inexperto que cualquiera de los métodos antes descritos, es, sin embargo, la forma más satisfactoria de clarividencia que puede presentársele, pues la variedad inmensamente superior que trataremos bajo la denominación quinta no es asequible sino para estudiantes especialmente ejercitados.
En este caso, el cuerpo del hombre, o bien está dormido, o en estado de trance, y por tanto sus órganos no están en estado de funcionar mientras dura la visión; de suerte que la descripción de lo que se ve y toda pregunta respecto de los demás particulares tienen que suspenderse hasta que el viajero vuelve a este plano. Por otra parte, la vista es mucho más completa y perfecta; el hombre oye tan bien como ve todo lo que pasa a su alrededor, y puede moverse a voluntad dentro de los amplísimos límites del plano astral. Puede ver y estudiar con comodidad todos los demás habitantes de este plano, de suerte que el gran mundo de los espíritus de la naturaleza (del cual sólo es una pequeñísima parte la tierra tradicional de las hadas) hállase abierto ante él y hasta el de algunos de los Devas inferiores.
Tiene también la inmensa ventaja de poder tomar parte, por decirlo así, en las escenas que se presentan a su vista, de conversar a voluntad con estas diversas entidades astrales, de las cuales puede recibir tantos informes curiosos e interesantes.
Si además de esto puede aprender la manera de materializarse (cosa que no le será muy difícil una vez que ha adquirido el modo) podrá tomar parte en los sucesos físicos o en las conversaciones que pasan a distancia, y mostrarse a voluntad a sus amigos ausentes.
Tiene también, además, la facultad de poder buscar lo que necesita. En los casos anteriores, para todos los objetos prácticos, sólo podía encontrar una persona o un lugar cuando los conocía, o cuando se le ponía en relación con ellos, tocando algo relacionado físicamente con los mismos, como en la psicometría. Es verdad que en el tercer método es posible cierto movimiento, pero el proceso es muy fastidioso, excepto para distancias muy cortas.

Con el uso del cuerpo astral, un hombre puede ir a todos lados libremente y con rapidez, y puede, por ejemplo, encontrar cualquier punto que se señale en un mapa, sin haber tenido conocimiento previo del lugar ni objeto alguno para establecer relación con él. Puede también elevarse a cualquier altura en el aire, de suerte que pueda contemplar a vista de pájaro el país que está examinando, de manera que pueda observar su extensión, el contorno de sus costas o su carácter general. A la verdad, por todos conceptos, sus poderes y su libertad son muchísimo mayores cuando emplea este método, que usando cualquiera de los anteriores.

Un buen ejemplo de la completa posesión de este poder se nos muestra, bajo la autoridad del escritor alemán Jung Stilling, por la señora GroWe en The Night Side of Nature. Se refiere la historia de un vidente que residía en los alrededores de Filadelfia, en los Estados Unidos:
«Sus costumbres eran morigeradas y hablaba poco; era grave, benévolo y piadoso, y no se sabía nada en contra de su carácter, excepto que tenía la reputación de poseer algunos secretos que no eran considerados completamente legales. Se contaban de él muchas historias extraordinarias, y entre ellas la siguiente:
"La esposa del capitán de un barco (cuyo marido se hallaba en un viaje a Europa y a África), llena de ansiedad por su suerte, fue inducida a dirigirse a esta persona. Habiendo oído él su relato, le rogó que le dispensase un momento, que necesitaba para traerle las noticias que deseaba. El hombre pasó entonces a una habitación interior y ella le esperó; pero como su ausencia se prolongase más de lo que ella esperaba, empezó a impacientarse, creyendo que la había olvidado, y acercándose silenciosamente a la puerta, miró por alguna hendidura, y con sorpresa suya le vio tendido en un sofá, tan inmóvil como si estuviera muerto. Ella, por supuesto, no creyó prudente despertarle, sino que esperó a que volviera; entonces el hombre le dijo que su esposo no había podido escribirle por tales y cuales razones, pero que se encontraba en aquel momento en un café en Londres, y que muy pronto emprendería el viaje de regreso."
Efectivamente, pronto volvió, y su esposa supo por él que las causas de su desusado silencio habían sido precisamente las que el hombre le había dicho, por lo que sintió gran deseo de asegurarse de la verdad de las demás noticias. En esto fue satisfecha, porque tan pronto como el capitán vio al mago, dijo que le había visto en Londres en un café, y que le había dicho que su esposa estaba muy inquieta por su causa, y que entonces él le había referido cómo no había podido escribir, añadiendo que estaba en vísperas de salir para América. Entonces perdió de vista al desconocido entre la multitud y no volvió a saber de él.»
Por supuesto, no tenemos los medios de saber qué pruebas tenía Jung Stilling de la verdad de esta historia, aunque él declara que está perfectamente satisfecho de la autoridad que le garantiza la verdad del relato. El vidente, como quiera que sea, debió haber desarrollado esta facultad por sí mismo o la había aprendido en alguna escuela distinta de la que nosotros tomamos la mayor parte de nuestros informes teosóficos, pues en nuestro caso existen reglas bien entendidas que prohíben expresamente al discípulo presentar manifestación alguna de un poder que puede probarse de un modo definido y completo, y constituir así lo que se llama «un fenómeno». Que estas reglas son admirablemente sabias, es cosa conocida por todos los que están enterados de la historia de nuestra Sociedad, por los desastrosos resultados que siempre siguieron a las menores infracciones de tales reglas.
He presentado algunos casos, en mi pequeño tratado Protectores invisibles, muy semejantes al referido. Stead, en Real Ghost Stories, presenta el ejemplo de una señora que me es muy conocida, y que frecuentemente se aparece de este modo a sus amigos a distancia; y Andrew Lang, en su Sueños y fantasmas, hace el relato de cómo el señor Cleave, que se hallaba entonces en Portsmouth, se apareció intencionalmente en dos ocasiones a una señorita en Londres, y la alarmó considerablemente. En resumen, existe una gran abundancia de pruebas para todo el que quiera estudiar el asunto seriamente.
Cuando a la proximidad de la muerte los principios (constituyentes del hombre) se aflojan, estas visitas astrales intencionales parece que a menudo se hacen posibles para gentes que en otras ocasiones no han podido hacer tal proeza. De esta clase hay aún más ejemplos que de la obra. Expondré uno de ellos, bastante interesante, referido por Andrew Lang en Sueños y fantasmas, ejemplo del cual él mismo dice: «pocas historias tienen tan buen testimonio a su favor como ésta:
María, esposa de John Goffe de Rochester, padecía una larga enfermedad, y se trasladó a la casa de su padre en West-Malling, a unas nueve millas de la suya.
El día antes de su muerte sintió grandes e impacientes deseos de ver a sus dos hijos, que había dejado en su casa al cuidado de una nodriza. Estaba demasiado enferma para poder ser trasladada, y entre la una y las dos de la mañana cayó en una especie de trance. La viuda de un tal Tumer, que la cuidaba aquella noche, dice que sus ojos estaban abiertos y fijos, y caída la mandíbula. La señora Turner le puso la mano en la boca, pero no pudo percibir aliento alguno. Creyó que le había dado un ataque, y empezó a dudar de si estaría muerta o viva.
A la mañana siguiente la moribunda contó a su madre que había estado en su casa con sus hijos, diciéndole: "Anoche, mientras dormía, estuve con ellos".
La nodriza en Rochester, llamada viuda de Alejandro, afirma que un poco antes de las dos de aquella mañana, vio la aparición de la referida María Goffe salir de la habitación próxima (donde la niña mayor dormía sola), quedando la puerta abierta y acercarse a su cama, en la que también estaba la otra niña, permaneciendo junto a ésta cosa de un cuarto de hora. La nodriza dice además que ella estaba perfectamente despierta, y que era de día, por ser uno de los días más largos del año. Se sentó en la cama y miró fijamente la aparición. En este momento oyó que daban las dos en el reloj, y un poco después dijo: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ¿quién eres tú?". Entonces la aparición echó a andar y se marchó; se vistió apresuradamente y la siguió; pero no pudo averiguar lo que había sido de ella.»

Aparentemente la nodriza se atemorizó más por su desaparición que con su presencia, pues después de esto tuvo miedo de permanecer en la casa, y pasó todo el tiempo hasta las seis de la mañana paseando arriba y abajo por fuera. Cuando los vecinos se despertaron, les refirió lo que le había sucedido, y ellos, por supuesto, le dijeron que había soñado todo aquello; ella, naturalmente, rechazaba con calor tal idea; pero no pudo conseguir que la creyeran hasta que se supo el otro aspecto de la historia en West-Malling, y entonces la gente principió a admitir que realmente podía haber algo de verdad en lo que refería.
Otra circunstancia notable de esta historia es que la madre tuvo necesidad de pasar del estado de sueño ordinario al más profundo del estado de trance antes de poder visitar conscientemente a sus hijas; sin embargo, véase ejemplos análogos aquí y allí entre los muchos de esta especie que se encuentran en la literatura que al asunto se refiere.
El hombre que posee por completo este tipo de clarividencia, tiene a su disposición muchas y grandes ventajas, aun además de las que ya se han mencionado. No sólo puede visitar sin trabajo ni gasto alguno todos los lugares bellos y famosos del mundo, sino que si se trata de un hombre erudito, ¡calcúlese lo que será para él el tener libre entrada en todas las bibliotecas del mundo! ¿Qué será para el hombre científico el ver funcionando ante sus propios ojos muchos procedimientos de la química oculta de la naturaleza; para el filósofo el serle reveladas tantas cosas más que antes sobre los grandes misterios de la vida y de la muerte? Para él todos los que han marchado de este plano, ya no están muertos, sino vivos y a su alcance durante mucho tiempo; para él han cesado de ser cosas de fe muchos conceptos de la religión que se han cambiado en conocimientos propios. Sobre todo, puede unirse al ejército de auxiliares invisibles, y ser realmente útil en gran escala. Indudablemente, la clarividencia, aún limitada el plano astral, es un gran don para el estudiante.


Ciertamente tiene también sus peligros, en especial para los no ejercitados; peligros por ciertas entidades de varias clases, que pueden aterrorizar o hacer daño a aquellos que pierden el valor para hacerles frente; peligros de decepciones de todas clases, de comprender mal e interpretar erróneamente lo que ven, siendo el mayor de todos el infatuarse y creer imposible equivocarse. Pero un poco de sentido común y un poco de experiencia bastarán para guardar a un hombre de este último riesgo. .