sábado, 2 de marzo de 2019

LOS ESPIRITUS DE LA NATURALEZA. (diagrama)


LOS ESPIRITUS DE LA NATURALEZA. (Parte II)


LOS ESPIRITUS DE LA NATURALEZA

 UNA EVOLUCION APARTE

(Parte II)

SOLAPACIONES.- El trámite de la oleada de vida de uno a otro reino no se efectúa en rigurosa continui­dad, sino que se nota mucha latitud en la variedad, y así quedan no pocos huecos o solapaciones entre los reinos. Esto se ve más claramente en nuestra lí­nea de evolución, porque la vida que llega a los ni­veles superiores del reino vegetal no pasa nunca a los inferiores del animal, sino que por el contrario, entra en éste por etapas bastante adelantadas. Así, por ejemplo, la vida que anima un robusto árbol fo­restal no descenderá jamás a animar un enjambre de mosquitos, ni siquiera una familia de roedores o de rumiantes. Estas formas animales están ani­madas por la porción de oleada de vida que salió del reino vegetal en el nivel de la dalia o del dien­te de león. En todo caso se ha de recorrer la escala evoluti­va; pero parece como si la parte delantera de un reino fuese paralela a la zaguera del reino inmedia­tamente superior, de suerte que el tránsito de uno a otro se puede efectuar por distintos niveles según los casos.
La corriente de vida que entra en el rei­no humano esquiva por completo las etapas infe­riores del reino animal; esto, es que la vida que ha de alcanzar el reino humano nunca se manifiesta en forma de insectos ni reptiles. Antiguamente en­tró en el reino animal por el nivel de los enormes saurios antediluvianos; pero ahora pasa directa­mente de las superiores formas vegetales a la de los mamíferos.
De la propia suerte, cuando se indivi­dualizan los más adelantados animales domésticos, no han de humanizarse necesariamente por vez primera en la forma de primitivos salvajes.
El siguiente diagrama muestra en ordenación si­nóptica algunas de estas líneas evolutivas, aunque en modo alguno las contiene todas, pues sin duda hay otras no observadas todavía, con multitud de maneras de pasar de una a otra por distintos nive­les. Así es que el diagrama se contrae a un amplio bosquejo del plan. Según se infiere del diagrama, en la última eta­pa convergen todas las líneas de evolución, o por lo menos para nuestra ensombrecida vista no hay distinción entre la gloria de los altísimos seres, aun­que acaso si fuese mayor nuestro conocimiento po­dríamos completar el diagrama.
De todos modos, sabemos que así como el reino humano está el grandioso reino de los ángeles o devas, y que la en­trada en este reino es una de las siete puertas que se abren ante los pasos del Adepto. Este mismo reino de los devas es la etapa superior de la evolución de los espíritus de la naturale­za, aunque en esto vemos otro ejemplo de los sal­tos o solapaciones a que antes aludimos, porque el Adepto entra en el reino dévico por la cuarta eta­pa, sin pasar por las tres inferiores, mientras que el espíritu de la naturaleza entra en el reino dévico por la primera etapa, o sea la de los devas inferiores.
Al entrar en el reino dévico recibe el espíritu de la naturaleza la divina chispa de la tercera oleada de vida y logra así la individualidad, como la logra el animal cuando entra en el reino humano. Ade­más, de la propia suerte que el animal sólo puede individualizarse poniéndose en contacto con el hombre, análogamente el espíritu de la naturaleza, para lograr la individualización, ha de ponerse en contacto con el ángel, servirle de ayudante y traba­jar para complacerle, hasta que aprenda a trabajar como los ángeles. En rigor, los más adelantados espíritus de la naturaleza no son seres humanos etéreos o astrales, porque todavía no están individualizados, pero son algo más que un animal etéreo o astral, pues su grado de inteligencia es muy superior al de los animales, y en muchos puntos igual al del común de la humanidad. Por otra parte, los espíritus de la naturaleza de orden ínfimo tienen limitadísima in­teligencia, por el estilo de la de los pájaros-moscas, mariposas o abejas a que tanto se parecen. Según se ve en el diagrama, los espíritus de la naturaleza abarcan un amplio segmento del arco de evolución, incluyendo etapas correlativas con todas las de los reinos vegetales, animal y humano, hasta casi en la que hoy está nuestra raza. Algunos tipos inferiores de espíritus de la natu­raleza no tienen nada de estéticos; pero también ocurre lo mismo con las especies inferiores de rep­tiles de insectos. Hay tribus de espíritus de la naturaleza, no desarrollados todavía, de gustos grose­ros, y por lo tanto, su aspecto está en correspon­dencia con su etapa de evolución. Las informes masas con enormes y rojas fauces que viven en las nauseabundas emanaciones eté­reas de la sangre y del pescado podrido, son tan horribles a la vista como a la sensación de toda per­sona de mente pura. Igualmente repulsivas son las entidades rojinegras, semejantes a crustáceos rapa­ces, que planean sobre los lupanares, y los mons­truos parecidos al octopus que apetecen regodear­se en los vapores alcohólicos de las orgías y festines del beodo. Sin embargo, por muy repugnantes que sean estas arpías, no son dañinas de por sí ni se pondrán en contacto con el hombre, a menos que se degrade al nivel de ellas esclavizándose a sus ba­jas pasiones. Tan sólo los espíritus de la naturaleza de estas especies inferiores y repulsivas se acercan voluntariamente al hombre vulgar. Otras de la misma cla­se, pero algo menos materiales, se gozan en bañar­se en las groseras vibraciones levantadas por la có­lera, avaricia, crueldad, envidia, celos y odio.
Quie­nes cedan a estos innobles sentimientos, se expo­nen a estar constantemente rodeados por las corro­ñosas coluvies del mundo astral, que unos a otros se atropellan con tétricas ansias de antesaborear un arrebato pasional, y en su ceguera hacen cuanto pueden para provocarlo o intensificarlo. Apenas cabe creer que tan horrosas entidades pertenezcan al mismo reino que los simpáticos y jubilosos espí­ritus de la naturaleza que vamos a describir.

jueves, 28 de febrero de 2019

LOS ESPIRITUS DE LA NATURALEZA. (Parte I)


LOS ESPIRITUS DE LA NATURALEZA

 UNA EVOLUCION APARTE

(Parte I)

Aunque con ciertas restricciones, ejercen gran­de influencia los espíritus de la naturaleza a quie­nes debemos considerar como los habitantes autóc­tonos de la tierra, expulsados de diversas partes de ella por la invasión del hombre, análogamente a lo ocurrido con los animales salvajes. De la propia suerte que éstos, los espíritus de la naturaleza, evi­tan por completo las ciudades populosas y todo lugar en que se reúnen muchedumbres humanas, por lo que allí apenas se nota su influencia.
Pero en los tranquilos parajes rurales, en bosques y campos, en las montañas y en alta mar, es­tán siempre presentes los espíritus de la naturaleza, su influencia es poderosa y omnipenetrante, de la propia manera que el perfume de la violeta embal­sama el ambiente aunque se oculte entre la hierba.
Los espíritus de la naturaleza constituyen una evolución aparte, completamente distinta hoy por hoy de la evolución humana.
Todos estamos fami­liarizados con la trayectoria de la segunda Oleada de Vida a través de los tres reinos elementales has­ta llegar al mineral, del que asciende por el vegetal y el animal para alcanzar la individualidad en el ni­vel humano. También sabemos que una vez logra­da esta individualización, el progreso de la huma­nidad nos lleva gradualmente a las etapas del Sen­dero y después en progresión ascendente al Adep­to y a las gloriosas posibilidades de un más allá. Esta es nuestra línea de desenvolvimiento, pero no hemos de incurrir en el error de creer que es la única.
Aun en este nuestro mundo, la vida divina fluye impelentemente por diversas corrientes, de las cuales la nuestra es tan sólo una, y en modo al­guno la más importante en orden. Comprendere­mos esto mejor, recordando que la humanidad en su manifestación física ocupa solamente una pe­queña parte de la superficie terrestre, mientras que hay entidades situadas en el correspondiente nivel de otras líneas de evolución, que no sólo pueblan la tierra más densamente que el hombre, sino que además moran en la dilatadísima planicie del mar y los campos del aire.
                                                                       
LÍNEAS DE EVOLUCIÓN.- En la presente etapa, vemos que las diversas corrientes a que hemos aludido fluyen paralelamente, aunque por lo pronto de to­do punto distintas. Por ejemplo, los espíritus de la naturaleza no han sido ni serán nunca individuos de una humanidad como la nuestra; y sin embargo, la vida que en ellos mora dimana del mismo Logos solar de que dimana la nuestra y a El volverá como la nuestra.
Hasta llegar al nivel mineral, las corrientes pueden considerarse paralelas; pero tan pronto como al trasponer el punto de conversión suben por el arco ascendente, aparece la divergen­cia.
La etapa mineral es, por supuesto, aquella en que la vida está más profundamente sumida en la materia física; pero si bien algunas corrientes retie­nen formas físicas en las diversas etapas ulteriores de su desenvolvimiento, haciéndolas según adelan­tan más a propósito para la manifestación de su vi­da interna, hay otras corrientes que desde luego desechan la materia densa y durante el resto de su desenvolvimiento en este mundo usan cuerpos constituidos exclusivamente por materia etérea. Así una de dichas corrientes o colectividad de entidades, luego de pasar por la etapa mineral, no se transporta al reino vegetal, sino que toma vehí­culos de materia etérea para morar en el interior de la corteza terrestre y en el seno de las compac­tas rocas. Muchos estudiantes no aciertan a comprender como es posible que haya seres vivientes que mo­ren en el seno de las rocas o en el interior de la cor­teza terrestre. Sin embargo, los seres dotados de ve­hículos etéreos no tropiezan con la más leve dificul­tad para moverse, ver y oír en la masa de la roca, porque la materia física sólida es su natural am­biente y su peculiar habitación, la única a que están acostumbrados y en la que se encuentran como en su propia casa. No es fácil formar exacto concepto de estos vagos seres inferiores que actúan en amorfos vehículos etéreos; pero poco a poco van evolu­cionando hasta llegar a una etapa en que si bien habitan todavía en el seno de las rocas compactas, se acercan más a la superficie de la tierra, en vez de enmadrigarse en lo más hondo de la corteza; y los más evolucionados de entre ellos son capaces de mostrarse eventualmente al aire libre durante un corto tiempo. A estos seres se les ha visto y más frecuentemen­te oído en las cavernas y minas. La literatura me­dieval les dio el nombre de gnomos.
En las condi­ciones ordinarias no es visible a los ojos físicos la etérea materia de sus cuerpos, por lo que cuando se muestran visiblemente es porque o se han reves­tido de un velo de materia física, o quien los ve ha excitado su perceptibilidad sensoria hasta el punto de afectarle las ondas vibratorias de los éteres su­periores y ver así lo que normalmente no percibe.
No es rara ni difícil de lograr la temporánea ex­citación de la facultad visual que se necesita para percibir a los espíritus de la naturaleza; y por otra parte, la materialización es cosa fácil para seres situados muy cerca de los límites de la visibilidad. Así es que se les podría ver con mayor frecuencia de la que se ve, a no ser por su arraigada repugnan­cia a la vecindad de los hombres.
En la siguiente etapa de su evolución se convier­ten en hadas, que suelen morar como nosotros en la superficie de la tierra, aunque todavía con cuer­po etéreo.
Después de esta etapa pasan a ser espí­ritus aéreos en el reino de los devas o ángeles, se­gún explicaremos más adelante. La oleada de vida en el reino mineral no sólo se manifiesta por medio de las rocas que constituyen la corteza terrestre, sino también por medio de las aguas oceánicas; y así como las rocas dejan pasar a través de ellas las inferiores formas etéreas, todavía des­conocidas para el hombre, que moran en el inte­rior del globo terráqueo, asimismo las aguas dan paso a otras inferiores formas etéreas que tienen su morada en las profundidades del mar.
En este caso, también la siguiente etapa de evolución nos ofrece formas más definidas, aunque todavía eté­reas, que moran entre dos aguas y muy raras veces se muestran en la superficie.
La tercera etapa (co­rrespondiente a la de las hadas en los espíritus te­rrestres) nos da la enorme hueste de espíritus acuáticos que con su juguetona vida pueblan las dilata­das llanuras del océano. Las entidades que siguen estas líneas de evolu­ción, toman cuerpos de materia exclusivamente etérea y no entran en los reinos vegetal, animal y humano; pero hay otros espíritus de la naturaleza que antes de su diversión pasan por los reinos ve­getal y animal.
Así en el océano hay una corriente de vida cuyas nómadas, al salir del reino mineral, entran en el vegetal en forma de algas, y luego pa­san por los corales, esponjas y los enormes cefaló­podos de entre dos aguas, para después emparen­tar con los peces y convertirse más tarde en espíri­tus acuáticos. Estas entidades conservan el denso vehículo físi­co hasta muy alto nivel; y de la propia manera ob­servamos que las hadas terrestres no sólo proceden de las filas de los gnomos, sino también de las ca­pas inferiores del reino animal, pues hay una línea de evolución que roza ligeramente el reino vegetal en forma de hongos, y después pasa por las bacte­rias y animálculos de diversas especies a los insec­tos y reptiles, para ascender al hermoso orden zoo­lógico de las aves, de donde al cabo de muchas en­carnaciones ornitológicas entra en la todavía más bella comunidad de las hadas. Hay otra línea de evolución que proviene del rei­no vegetal, donde asume la forma de hierbas y gramíneas, y después toma en el reino animal la de hormigas y abejas, hasta convertirse por fin en se­res etéreos que, análogos a las abejas, zumban y re­volotean en torno de plantas y flores, en la produc­ción de cuyas numerosas variedades influyen notablemente hasta el punto de servir de auxilio sus funciones para la especialización y cultivo de los ve­getales.
Sin embargo, conviene distinguirlos cuidadosamente para evitar confusiones. Los diminutos se­res que cuidan de las flores, pueden dividirse en dos grandes clases con numerosas variedades en ambas. La primera clase son los elementos propia­mente dichos, porque no obstante su belleza, son tan sólo formas mentales y en modo alguno seres vivientes. Más bien cupiera decir que son criaturas de vida temporánea, pues si bien activísimos y muy atareados durante su corta vida, no reencarnan ni evolucionan, y una vez terminada su obra se desin­tegran y disuelven en la atmósfera circundante, lo mismo que les sucede a nuestras formas mentales. Son formas mentales de los ángeles o devas encar­gados de la evolución del reino vegetal. Cuando a uno de estos devas se le ocurre una nueva idea relacionada con alguna de las especies de plantas confiadas a su cuidado, emite una forma mental con el determinado propósito de realizar dicha idea. Generalmente la forma de su pensa­miento es un modelo etéreo de la planta en cues­tión, o bien una diminuta criatura que ronda por la planta mientras se forman los capullos y va gra­dualmente dándoles la configuración y colores que el deva ideó para la flor. Pero tan luego como la planta adquiere su com­pleto crecimiento o se explaya la flor, termina la ta­rea del elemental, quien, según hemos dicho, se desvanece entonces extinguido ya su poder, por­que la única alma que lo animaba era la voluntad de realizar la tarea terminada. Sin embargo, se ven en torno de las flores otros diminutos seres, verdaderos espíritus de la natura­leza, de los que hay muchas variedades. Una de las más comunes tiene forma parecida a la de los pája­ros-moscas y se les suele ver zumbando en rededor de las flores a modo de abejas.
Estas menudas y hermosas criaturas no serán nunca humanas por­ que no siguen nuestra línea de evolución. La vida que los anima ha pasado por hierbas y gramíneas tales como la cebada y el trigo en el reino vegetal y por las hormigas y abejas en el reino animal, hasta alcanzar la etapa de diminutos espíritus de la natu­raleza, que más tarde se convertirán en las hermo­sas hadas de cuerpos etéreos, que viven en la su­perficie de la tierra.
Posteriormente serán salaman­dras o espíritus del fuego, y luego se convertirán en sílfides o espíritus del aire, con cuerpos astrales en vez de etéreos, para pasar por último al reino de los devas.

DAMODAR MAVALANKAR


jueves, 13 de diciembre de 2018

DAMODAR: LOS ESCRITOS DE UN CHELA INDO


DAMODAR: LOS ESCRITOS 
DE UN CHELA INDO

Selecciones de las Notas Bibliográficas acerca de Damodar K. Mavalankar, tomadas de la obra Damodar: “The Writings of a Hindu Chela”, publicadas por The Theosophy Co, Los Angeles, California.

Las últimas palabras escritas por Damodar K. Mavalankar, que han sido  publicadas  son las siguientes:

''Tomé bhat (arroz) en la mañana y proseguí solo desde Kabi, enviando de vuelta mis cosas a Darjiling, con los coolíes".
Fueron escritas en un pequeño diario de bolsillo enviado a sus amigos cuando emprendió la última etapa desde Darjiling, en la India Británica, en  su  peregrinaje hacia las tierras más allá de las gigantescas cumbres de Kanchanjunga, que se elevan a veintiocho mil pies hacia el azulado firmamento.
Nos enteramos por la obra del Coronel H. S. Olcott, Old Diary Leaves (Hojas de un Viejo Diario), Vol. III, págs. 265-6, que:
"Desde que él se reunió con H.P.B. y conmigo, en Bombay, se entregó con ininterrumpida  energía e infatigable celo a la causa de la  humanidad. Un corazón más noble no latió nunca en un pecho humano y su partida fue  uno de los más duros  golpes  que  hemos  recibido. Como ya  dijimos,  él  había  quebrantado  su  salud física en el incesante trabajo que cumplía en la Sociedad, y cuando dejó Adyar había ya comenzado a expectorar sangre y a mostrar signos de un rápido decaimiento. Sin embargo, emprendió la ardua jornada a través del Himalaya con firme decisión,  indiferente  al  mordiente  frío ,  a las ventiscas, a la carencia de refugio y alimento, firmemente determinado a llegar hasta el Gurú que había visto por primera vez en su juventud cuando  yacía enfermo, a quien no veía desde hacía mucho, que había vuelto a encontrar  cuando ingresó a la Sociedad Teosófica, y a quien, a medida que se fueron desarrollando sus facultades espirituales, pudo buscar en el suksma sarira (cuerpo sutil. Eds.). Lo que le llevó a ser tan devotamente adicto y firmemente leal a H.P.B. fue el conocimiento de que su Gurú era uno de los Adeptos fundadores de nuestro  Movimiento, el asociado íntimo de "Upasika",  como él llamó subsecuentemente a  H.P.B. Yo (el Coronel Olcott), obtuve detalles de gran interés acerca de él. Damodar no quiso conservar más vestimenta que la ropa de asceta que llevaba puesta, ni la más mínima  porción de   arroz,  harina, granos y otras provisiones secas  que  le  habían dado sus amigos.  Lo  más  que  le  permitió al jefe de los  coolíes  fue  dejarle cocinar una docena de chapaties, o tortas sin levadura. La última vez que le vieron los coolíes fue cuando avanzaba trabajosamente con el rostro vuelto hacia la frontera tibetana y desaparecía tras una vuelta del camino".

Damodar K. Mavalankar ha de haber sido anteriormente "chela", o discípulo de uno de los  grande  Mahatmas  orientales,  o  Maestros de Sabiduría, y es de presumir que ésta  no sea la primera encarnación en la cual él holló el Sendero de la Iluminación.
La señora H.P. Blavatsky dijo acerca de él:
"Damodar estaba pronto desde su último nacimiento para entrar en el más elevado Sendero, y lo  sospechaba.  Había estado esperando el anhelado  permiso para ir al Tibet antes de la expiración de los siete años ... " (The Theosophist, agosto, 1932, págs. 623-4).

La importancia de esto en el Movimiento Teosófico radica en el hecho de que  Damodar fue un elevado ejemplo de la vida  teosófica. Casi únicamente él, entre cientos de otros sinceros aspirantes, fue considerado poseedor de las condiciones necesarias para emprender el camino hacia las montañas del Tíbet, donde moraban los fundadores de la  Sociedad Teosófica, los Mahatmas Koot Hoomi y Morya.
Esos miembros de la Gran Logia de Adeptos, uno de ellos un brahmán de Kashmir, el otro un Rajput, fueron quienes decidieron iniciar el Movimiento Teosófico en un período crítico, cuando en Occidente la arena del reloj de la vida espiritual había ya descendido mucho, y cuando aun el mismo antiguo hogar Aryavarta mostraba signos de degeneración y de desintegración.
Damodar pertenecía a  una  familia  rica  de la casta  brahmán  Karhada  Maharashtra.  Poco se conoce de sus primeros años, pero  se  sabe que desde los siete sintió vehemente deseo de entregarse a una vida de devoción, y en una ocasión en que se encontraba enfermo tuvo la visión de su futuro instructor, el Maestro Koot Hoomi, quien le aseguró que no moriría, que viviría para cumplir un trabajo  muy  necesario en el mundo. En H. P.  Blavatsky  él  encontró una persona que estaba en estrecho contacto

 
 con el Maestro en quien el confiaba,  y  también más antigua en el chelado y de  mucha más experiencia que él.
Damodar ingresó a la Sociedad Teosófica casi  a  los seis  meses  después  de  la  llegada de H.P. Blavatsky a la India, en  febrero  de  1879, y pronto estuvo  en  condiciones de  ayudarla  en su trabajo de editar la revista “The Theosophist”, iniciada en  octubre  del  mismo  año.  De acuerdo a las costumbres brahmánicas tuvo que pedir autorización a su padre para residir en la Sede Central de la Sociedad y adoptar  los modos de vida de  un  sannyasin,  uno  que abandona las ataduras y atracciones mundanas, para entregarse a la vida espiritual. Esto le fue permitido, pero él hizo algo más abandonando su casta, asunto que no era de  poca importancia.
El Maestro Morya, refiriéndose a las dificultades que tenían ciertos teósofos  indos, escribió en “The Mahatma Letters to A. P. Sinnett”  (Cartas de los Mahatmas a A. P.  Sinnett), página 462:
"A menos que un hombre esté preparado para ser un teósofo en todo, es decir, para proceder como procedió D. Mavalankar, abandonar del todo su casta, sus viejas supersticiones y demostrar ser un verdadero reformador permanecerá simplemente como miembro de la Sociedad, sin esperanza alguna de tener relación con nosotros".
De acuerdo a la costumbre inda, él había sido comprometido en matrimonio en su niñez, naturalmente que sin su consentimiento, y había llegado el momento en que se esperaba asumiera las responsabilidades de la vida matrimonial. Esto hubiera obstaculizado seriamente la realización de sus esperanzas de prepararse bajo la dirección de su Maestro, en el Tíbet. Su padre, un hombre de sentimientos generosos, simpatizaba con las aspiraciones de Damodar y consintió que abandonara las obligaciones maritales, un procedimiento reconocido en la India como perfectamente  honorable en el caso de un sannyasin.  Damodar  asignó a su familia su parte del derecho a las propiedades ancestrales, en el entendido de que debería proveerse a las necesidades de su esposa. Ella consintió en todo y se alojó en la residencia de su suegro. Cuando Damodar con H.P. Blavatsky y el Coronel Olcott fue formalmente recibido en la comunidad buddhista, durante su gira por Ceylán en 1880, sus ortodoxos parientes indos se sintieron hondamente perturbados y le exigieron que retomara a su casta. Como él rehusó, ellos abandonaron la Sociedad Teosófica y se  volvieron  sus  abiertos enemigos.
Durante el viaje Damodar estuvo muy ocupado en sus obligaciones como ayudante de  Secretario de Actas, correspondiendo con las nuevas Ramas y en otras actividades que fueron creándose y al mismo tiempo proseguía su desarrollo oculto ayudado por los Maestros, como lo dice en sus escritos publicados con el título de A Hindu Chela's Diary ( Diario de un Chela Indo) en las cuatro cartas que  escribió a W.Q. Judge fechadas el 24 de enero de 1880 y  14,  21 y 23 de junio de 1881. Las pocas experiencias ocultas que se le permitió mencionar en esas cartas son sumamente interesantes pues arrojan una vívida luz acerca de los métodos por los cuales un chela aceptado  puede  recibir   instrucción   personal y beneficios espirituales de sus Maestros,  aun cuando esté trabajando arduamente en las obligaciones corrientes de la vida diaria.
Se notará en la  carta  dirigida  a  W. Q. Judge en 1880, que ya habían sido previstas valiosas oportunidades para que el joven aspirante pudiera capacitarse. El ya se encontraba realizando la intensiva disciplina espiritual, obligatoria para los chelas de su grado que deben vivir en el mundo exterior. Observaba ya algunas reglas simples acerca de la dieta y de la meditación, y probó su  sinceridad y amor por la humanidad trabajando infatigablemente por la Teosofía. Renunció al puesto público que tenía y a otros intereses más para trabajar sin interrupción, desde la  mañana  hasta la noche, en pro de la Causa en su carácter oficial y en muchas otras actividades, especialmente ayudando a  H.P. Blavatsky a editar The Theosophist, lo cual se hacía con muchas dificultades. Escribió críticas literarias, "cartas abiertas" a los corresponsales, largos y profundos comentarios e informes acerca de actividades. Durante algún  tiempo  y  antes  de partir para el Tibet, ocupó el puesto importante de administrador. Dijo el Maestro Koot Hoomi, que Damodar era "indispensable en la Sede Central" y que debido a su labor desapegada y a su completa devoción estaba recibiendo la ayuda de Ellos, "por silenciosa  que ella fuera". No debe olvidarse que Damodar tenía un cuerpo físico muy frágil y que sufría una crónica mala salud, pero que nunca cejó por eso en su trabajo. El espíritu de inegoísta devoción que le inspiraba culminó en un rápido desarrollo psíquico y espiritual. Su intelecto se había desarrollado intensamente, como puede notarse por sus escritos. Los poderes ocultos comenzaron a  revelarse  de  manera  natural  y sin forzarlos, como debe ser en todos los casos de acuerdo a las enseñanzas. Pronto estuvo en condición de transmitir mensajes astrales en servicio de su  Maestro y de  emprender viajes astrales a voluntad cuando sus obligaciones lo requerían. A veces recibía instrucciones para curar enfermos, y en tales ocasiones se le "cargaba" del magnetismo necesario para esta clase de trabajo. Algunas de las comunicaciones de los Mahatmas, publicadas en The Mahatma Letters to A. P.Sinnett, fueron transmitidas por intermedio de Damodar.
El, como también H.P. Blavatsky, tenía un aura "magnética" en congénita simpatía con las de los Maestros, la que podía usar como foco de energía para transmisiones astrales. Citamos, en parte, dos descripciones de sus actividades en los planos internos, en noviembre de 1883 durante su viaje con Olcott y otros por el norte de la India, cuando sus poderes ocultos se estaban desarrollando rápidamente.  De acuerdo  al  Coronel  Olcott:

"Damodar me dio otra prueba de los poderes que había adquirido de  trasladarse a distancias en su "doble" astral. El fue a Adyar a entrevistarse  con H.P.B., y allí oyó la voz de un  Maestro enviando un mensaje para mí, y pidió a H.P.B. que me telegrafiara el contenido del mensaje para dejarme satisfecho de la realidad de estas cosas. Al relatarme los hechos, dictó el mensaje que había escuchado y todos los presentes en mi habitación  firmaron  un  certificado atestiguando lo sucedido. A la mañana siguiente me fue entregado por el cartero el esperado telegrama de H.P.B., siendo esta la costumbre en la India para la entrega de mensajes "diferidos". El telegrama corroboró el mensaje dictado y atestiguado de Damodar y los testigos presentes firmaron en el reverso del despacho". (Old Diary Leaves, Vol. 111, págs. 29-30).
He aquí otro caso que relata el Coronel Olcott:
"Al poner su cuerpo en sueño como de costumbre, Damodar se dirigió de inmediato a la casa del Maestro en los Himalayas, encontrándose al llegar que el Maestro  se  había  ausentado, también en su cuerpo astral, y por el  poder  de  atracción que ejerce el Maestro sobre su discípulo, Damodar se  sintió  arrastrado  por una fuerza tan poderosa e  instantánea, como si se hubiera aventurado en  la  profunda e impetuosa corriente de un río y hubiera perdido pie. El  próximo minuto él se encontró en Adyar, en presencia de su Maestro y de H. P.  B.".  ( Obra  citada pág. 31).

El Coronel Olcott describe otra visita astral de Damodar a,  H.P.B., ocurrida cerca de una semana más tarde en el tren que se dirigía a Lahore. Poco tiempo después, cuando Damodar y Olcott se encontraban en Lahore, los dos tuvieron el privilegio de encontrarse y conversar con el Mahatma Koot Hoomi en su cuerpo físico. Se acercaba el momento en que terminaría el período probatorio de Damodar, considerablemente abreviado por su rápido adelanto, y se le permitiría comenzar su entrenamiento en el Tíbet. El 25 de noviembre de 1883, poco después de su encuentro con el Mahatma en Lahore y cuando Damodar y Olcott se encontraban descansando unos pocos días en Jammu, en Cachemira, como huéspedes del Maharaja, los Maestros llamaron a  Damodar a uno de sus retiros (ashramas)  que  no se encontraba muy alejado en la selva. Damodar partió de inmediato sin siquiera avisar a Olcott, quien se alarmó por su desaparición hasta que H.P.B. le telegrafió desde Adyar que el Maestro le había dicho que Damodar retornaría. Retornó antes de tres días completamente cambiado. Un hombre "aparentemente  robusto, endurecido, de porte intrépido y enérgico; casi nos era imposible creer que era el mismo hombre". Así escribió Olcott acerca de él.
La experiencia de Damodar en el ashrama de su Maestro fue evidentemente una preparación para su viaje al Tibet. H.P. Blavatsky y el Coronel Olcott sentían el mayor respeto y afecto por él, y la elevada estimación en que le tenían los  Maestros está descrita en una carta de  Olcott a Miss Francesca Arundale, del 9 de febrero de 1885. En ella dice que Damodar partía para el Tíbet y que el Maestro había arreglado de forma que si H.P. Blavatsky, que estaba muy enferma, fallecía antes de que Damodar retornara para tomar su lugar como eslabón entre los Maestros y  la Sociedad Teosófica, Olcott tendría que llenar el vacío por un tiempo. William Q. Judge correspondía frecuentemente con Damodar de quien tenía una muy elevada opinión.

El 31 de marzo de 1885, H. P. B. se embarcó para Europa con la misión de escribir, en relativa tranquilidad, su gran obra “La Doctrina Secreta”. Damodar dejó Adyar el 23 de febrero, iniciando la primera etapa de su  largo viaje. En su camino se detuvo en Calcuta, Benarés, Darjiling y Sikkim. En Benarés tuvo largas conversaciones con la mujer asceta que llamaban Maji (En “A Hindu Chela's Diary” (Diario de Viaje de un  Chela) Damodar narra su  encuentro  con  Maji  y  su entrevista en el ashrama de los Maestros.- Eds ) Tuvo que esperar en Benarés durante unos quince días  hasta que recibió orden de emprender la marcha de inmediato hacia Sikkim, donde le esperaría  un  distinguido personaje bajo cuya protección había de viajar hasta la "Tierra  Prohibida". El 23 de abril de  1885,  comenzaron  el  peligroso cruce de los Himalayas.
En ocasiones, durante la estadía de H. P. Blavatsky en Würzburg en 1885-6, los Maestros y algunos de sus chelas la visitaban en sus vehículos astrales. La condesa Wachtmeister, una  extraordinaria  clarividente también los vio. 
El  4-6   de  enero  de 1886  escribió H.P. Blavatsky a A. P. Sinnett:
"Vi a Damodar anoche. . .¡Feliz  Damodar! Fue hacia la Tierra de la Bienaventuranza, al Tíbet, y debe ahora estar muy lejos, en las regiones de nuestros Maestros".

C. J. Ryan.


Las Razas Humanas, CUARTA CONFERENCIA, Parte IV


Las Razas Humanas
     CUARTA CONFERENCIA     

Parte IV

Tomado del libro: “La Genealogia del Hombre.”
De Annie Besant

Cuando el Manu hubo formado el tipo de Su Raza, la condujo hacia el Asia Central, y allí se estableció por un largo periodo de tiempo, y allí se fijo la residencia de la Raza, de donde debían surgir sus diversos brotes. Entonces tuvo lugar la primera gran emigración, hace de ello quizás unos 850.000 años. La primera subraza llamada a menudo la Aria, aunque este nombre abarca a toda la quinta Raza- fue conducida hacia el sur, a través del gran cinturón de los Himalayas, y se estableció en la India del norte, en Aryavarta. A su cabeza estaban los "siete Rishis"; Marichi, Atri, Pulastya, Pulaha (Kavi?), Angiras (Kratn?, Kardama), y Daksha -variando estos nombres en los distintos catálogos- los cuales habían durante largo tiempo dirigido su evolución. En el Manusmriti vemos estos nombres tales como acabamos de darlos, excepto que Daksha es llamado Prachetas. Con estos se hallaban además otros tres, completando así los "diez Rishis", Vashishtha, Bhrigu y Narada. Estos Rishis condujeron a la primera subraza hacia la India, dividida ya en cuatro castas por el Manu, habiendo los Pitris Barhishad -como hemos visto al estudiar la evolución física prestado su concurso para la formación del tipo del cuerpo sutil para cada casta. No disponemos de tiempo aquí para trazar la dilatada historia de esta gran subraza; por otra parte, ella nos es más o menos familiar a todos. Bajo la dirección de sus Reyes divinos peleo contra los pueblos que ocupaban las tierras de donde procedía; contra los Titanes que quedaban de la tercera Raza, y contra los Daityas y Rakshasas de la cuarta. ¿Quién no conoce la historia de Ramachandra peleando contra los Rakshasas bajo las órdenes de su gran Rey Ravana, y extendiendo su imperio desde los Himalayas hasta el mar del sur? Debe bastarnos el recordar que estos Arios recibieron directamente el Zodiaco de manos de los Hijos de voluntad y de yoga, quienes vivieron entre ellos como Instructores -de "Las Serpientes que volvieron a descender, que hicieron la paz con la quinta, y que la enseñaron e instruyeron" (Stanzas, D. S., II, 24.),
se nos dice- que trajeron consigo del Asia Central el lenguaje senzar, la "lengua sacerdotal secreta", el verdadero "lenguaje de los Dioses", del cual se derivo el sánscrito, la lengua del misterio de los Iniciados todavía, y que de entre ellos surgieron los veinticuatro Buddhas, todavía reverenciados entre los Jainas como los veinticuatro Tirthamkaras.
La segunda subraza de la quinta Raza, la Ario-Semítica, emigro desde el Asia Central hacia el occidente; pobló el Afghanistan, paso a lo largo del Oxus, y, cruzando el Eufrates, penetro en la Arabia y la Siria. Esta subraza, deteniéndose a lo largo de esta marcha, arianizó un gran número de tribus turanias y akkadias, y los grandes Imperios de Asiria y Babilonia surgieron como resultado de sus energías. Como ya se ha dicho, los fenicios, los últimos egipcios y los antiguos griegos procedieron de su unión con la séptima subraza Atlante. "Las últimas siete dinastías de que se habla en los anales egipcios y caldeos", dice H. P. B., pertenecen a la quinta Raza (D. S., II, 447). Algunos brotes de esta Raza se dirigieron hacia el oriente, y mezclándose con la subraza mongola que habitaba a lo largo del litoral de la China, dio nacimiento a los chinos de las costas, así como a la familia que actualmente se sienta en el Trono del Dragón de China.
La tercera subraza, la Irania, se dirigió, siguiendo las huellas de la segunda, y guiada por Zarathustra, hacia el norte y oriente, pero en su mayor parte se estableció en el Afghanistan y Persia, viviendo el gran Profeta en este último paso. Algunos de sus brotes llegaron hasta la Arabia, y luego penetraron en Egipto, mezclándose allí con los egipcios atlantes.
Estas dos últimas subrazas atrajeron a la población de la cuarta Raza al culto de Surya, el Sol, a cuyos sacerdotes se les daba el nombre de Magas. Estos Magas pretendían proceder de Shakudvipa, o Shvetadvipa, la Isla Blanca, y esta pretensión estaba bastante bien fundada, teniendo en cuenta su remoto origen, pues toda verdadera doctrina procedió de los Moradores de esta Tierra Bendita, ya sea que este nombre se emplease para significar la Imperecedera Tierra Sagrada, o en sustitución del de Ciudad Santa, Shamballah, situada en el Desierto de Gobi. Dirigidos por los Instructores de la segunda subraza, estos Imperios abrazaron el Sabeísmo, el culto de los Seres que gobiernan las esferas celestes, los "Ángeles de las Estrellas", y el culto caldeo rayo a las mayores alturas de sabiduría y pureza, pues los Magos, caldeos eran astrónomos y astrólogos que estaban profundamente versados en la ciencia de los cuerpos celestes, y ellos eran quienes dirigían el Estado por medio de instrucciones basadas en el estudio de las estrellas. En los tiempos de la tercera subraza, dirigida por sus Instructores, a cuya cabeza se hallaba el primer Zarathushtra -cuyo nombre paso desde uno a otro Instructor hasta el numero de catorce- fue prohibido el culto de los Ángeles de las Estrellas a consecuencia de los abusos que se cometían, y se dio al Fuego como al único símbolo permisible de la Deidad. Los sabios de Persia, llamados también frecuentemente Magos, eran más partidarios de la química que de la astronomía, y esto era debido en parte a la gran importancia que la primera tiene por lo que a la agricultura se refiere, a la cual la subraza Irania se dedicaba preferentemente. Esta preferencia por la química les condujo a un gran desarrollo de la alquimia, y muchas huellas de su poder pueden encontrarse en Egipto con respecto a la misma.
La cuarta subraza, la Celtica, emigró, dirigida por Orfeo, hacia occidente, pasando mas allá de los limites de sus predecesoras. Primero pobló la Grecia con los últimos griegos; luego se esparció por Italia y hacia el norte de Francia, y más todavía hacia el norte, penetro en las antiguas tierras Atlantes de Irlanda y Escocia, poblando, además, la más joven tierra de Inglaterra. Es interesante observar de qué modo la familiar simbología del Dragón y de la Serpiente, como nombres aplicados a los Iniciados elevados, aparecen entre todos estos pueblos tan estrechamente relacionados. Los Hierofantes de Babilonia y Egipto, los druidas, los fenicios, todos son hijos del Dragón o Serpientes. Este símbolo procedió de los Atlantes, y hasta de los Lemures, y así paso sucesivamente a la quinta Raza.
En México, y esparcido por América se presenta a cada paso como uno de los símbolos universales perteneciente a los primitivos Instructores de la humanidad.
La quinta subraza,  la  Teutónica,  emigro  también  hacia  occidente,  poblando  toda  la  Europa  Central,  y actualmente se está esparciendo por el mundo. Ha poblado la mayor parte de la América del Norte, expulsando al antiguo tronco Atlante. Se ha posesionado de Australia y de Nueva Zelanda, los restos de la todavía más antigua Lemuria, y las pobres reliquias de esta decadente Raza se van extinguiendo ante ella. Alta pasea su orgullosa cabeza sobre las comarcas del globo, destinada a constituir un vasto Imperio, y a dirigir los destinos de la civilización. Sin embargo, también fenecerá a medida que se vayan sucediendo las edades, y Krauncha seguirá a Plaksha, Shalmali y Kusha. Entonces debe alzarse Shaka como continente de la sexta Raza Raíz, surgiendo del punto en donde se halla actualmente la América del Norte, pues la mayor parte de esta tierra había sido previamente cuarteada por los terremotos y fuegos volcánicos. Shaka fenecerá a su vez sumergido por las olas, como lo fue Kusha; y Pushkara, el séptimo continente, surgirá y florecerá, siendo su centro cerca del punto en donde ahora se halla enclavada la América del Sur. Entonces llegará el fin de nuestro globo, la conclusión de su larga y extraordinaria historia, sumergiéndose en un sueño tranquilo, después de su dilatado día de labor y vigilia. Pues los mundos fenecen; una Ronda se sucede a otra Ronda, una Cadena sigue a otra Cadena; pero el Espíritu eterno que ahora se reviste de cuerpos humanos, el, el solo persiste, y el persiste eternamente.